imprimir
Invisibilidad a la vista

Daniel Martín Reina

Las insólitas propiedades ópticas de los metamateriales permitirán fabricar objetos que no absorben ni reflejan la luz. Tales objetos, y su contenido, serían invisibles para todo fin práctico.

Los seguidores de Harry Potter la conocen muy bien: la capa de invisibilidad fue un regalo de Navidad que recibió el joven aprendiz de mago en su primera aventura y que había pertenecido a su padre. A muchos nos gustaría tener una capa como la de Harry Potter o conocer la fórmula secreta que descubrió el protagonista

de El hombre invisible. El problema es que la invisibilidad todavía es un don que pertenece a la fantasía y a la ciencia-ficción. ¿Todavía? ¿Acaso podríamos acceder a ella en el mundo real?

Hasta hace bien poco, los científicos habían descartado esta posibilidad, principalmente porque no se había observado nada parecido en la naturaleza. Pero puede que la realidad vuelva a superar a la ficción. Recientemente, un grupo de investigadores desarrolló un material que esquiva la luz. Este descubrimiento podría ser el primer paso para conseguir la invisibilidad.

Luz y visión

Empédocles, filósofo griego que vivió en el siglo V a. C., consideraba que la luz era algo que emitía el ojo, aunque no sabía muy bien qué. Luego se dio cuenta de que ese “algo” permitiría ver de noche tan bien como de día. Al final tuvo que desechar su hipótesis, con lo que hizo bueno aquello de que “es de sabios cambiar de opinión”.

Con el paso de los siglos hemos aprendido que la luz proviene del Sol y otros cuerpos luminosos, y que al entrar en el ojo produce la visión. La mayoría de los objetos cotidianos no emiten luz. Los vemos porque la luz se refleja en ellos y llega a nuestros ojos. La reflexión permite que veamos las cosas sin que éstas desprendan luz por sí mismas.

Pero no toda la luz que llega a un objeto se refleja. Una parte puede penetrar en él, y al hacerlo se desvía: es lo que se llama refracción. Este fenómeno es más difícil de apreciar en la mayoría de los sólidos, pues el enorme número de átomos de su interior forma una rígida estructura que hace de muro, impidiendo que la luz penetre en el objeto. Decimos que éste es opaco. En cambio, en muchos líquidos y gases los átomos están más espaciados y se mueven con mayor libertad, de forma que la luz sí puede pasar entre ellos. Estas sustancias son transparentes, como el agua y el aire. (También hay algunos sólidos transparentes, como los cristales).

En un medio transparente se puede comprobar claramente el fenómeno de la refracción. Por ejemplo, cuando introducimos lentamente un popote en un vaso de agua y observamos que el trozo sumergido parece doblarse. En realidad al popote no le ha pasado nada, son los rayos de luz los que se desvían al pasar del agua al aire —se refractan— y nos hacen creer que el popote está torcido.


Superlentes

Cuando una onda encuentra un obstáculo del tamaño de su longitud de onda se produce un fenómeno de interferencia llamado difracción. En el caso de la luz, la difracción provoca una mancha difusa que limita la calidad de las imágenes de los microscopios y otros instrumentos ópticos. Por muy potente que sea el microscopio que utilices, llegará un momento en el que no podrás examinar con mayor detalle los objetos, pues sus imágenes se superpondrán unas con otras. Ése es el llamado límite de difracción: la distancia más pequeña a la que se puede observar dos puntos en una imagen. Este límite depende de la longitud de onda de la luz que utilicemos; en el caso de la luz visible, sería insuficiente para ver, por ejemplo, un virus o una molécula de ADN.

Los físicos saben que para superar el límite de difracción habría que atrapar las llamadas ondas evanescentes que se crean en la superficie de los objetos. Estas ondas transportan los detalles del objeto para escalas muy pequeñas, menores incluso que su longitud de onda. El problema es que decaen rápidamente en cuanto se alejan de la superficie —se desvanecen, de ahí su nombre— y las lentes normales no pueden captarlas.

En el año 2000, el físico inglés John Pendry propuso un tipo de lente que sería capaz de superar la barrera de la difracción. Para ello sólo tenía que cumplir una condición: que su índice de refracción fuese negativo. Una lente de este tipo sí podría atrapar las ondas evanescentes, obteniendo así hasta el más mínimo detalle de un objeto. El resultado sería una imagen con una resolución jamás conseguida hasta ahora.

Hoy sabemos que el planteamiento de Pendry se puede llevar a cabo mediante metamateriales. De hecho, ya se han fabricado las primeras superlentes con una resolución de 40 nanómetros, mejorando notablemente las prestaciones de las lentes convencionales. Y esto es sólo el principio.


 


La refracción negativa

Para describir cómo se desvía la luz al atravesar un material existe una magnitud física llamada índice de refracción, que se define como el cociente entre la velocidad de la luz en el vacío y la velocidad de la luz en ese material. Cuando la luz atraviesa cualquier material transparente choca con millones y millones de átomos que, aunque no consigan detenerla, sí la frenan. Sin embargo, en el vacío puro no existe ni un solo átomo que dificulte su viaje. Por eso la velocidad de la luz en cualquier otro medio siempre será menor que en el vacío, y el índice de refracción de ese medio será positivo y mayor que la unidad. Por ejemplo, el índice de refracción del aire es 1.0003; el del agua, 1.3 y el del diamante, 2.4 (en el vacío, como se deduce de la definición, el índice de refracción es igual a 1). En general, cuanto más denso es un medio, más se frena la luz y mayor es el índice de refracción.

¿Qué ocurriría si el índice de refracción de un material fuese negativo? En condiciones normales, cuando la luz pasa de un medio a otro con distinto índice de refracción, se desvía hacia el lado opuesto de la normal (la línea imaginaria perpendicular a la superficie que separa ambos medios). En cambio, si la luz viajase de un medio con índice de refracción positivo a otro que lo tuviese negativo (o viceversa), se desviaría hacia el mismo lado de la normal por el que llegó. Esta diferencia puede parecer insignificante, pero afectaría considerablemente nuestra visión de las cosas. Si el agua tuviese un índice de refracción negativo, el popote parecería doblarse hacia el exterior, no hacia el fondo del vaso. Y de la misma manera, un pez que estuviese en el fondo de un lago parecería estar flotando ¡por encima de su superficie! La refracción negativa chocaría de lleno con nuestro sentido común.

El físico ruso Victor Veselago vislumbró la posibilidad de hacer materiales con índice de refracción negativo hace más de tres décadas, pero en aquel momento era algo tan extraño y sorprendente que su propuesta cayó en el olvido. Sin embargo, los avances científicos de la última década han resucitado la idea de Veselago, en especial gracias a los llamados metamateriales, unos materiales con propiedades extrañas, nunca vistas en la naturaleza.


Espejismos

Una de las consecuencias más sorprendentes de la refracción de la luz es lo que coloquialmente llamamos espejismos. Quizá hayas notado, al ir por una carretera en pleno verano, que en el asfalto aparecen a lo lejos zonas en las que la luz se refleja igual que si hubiese una superficie líquida, como agua. Pero cuanto más se avanza hacia la zona “mojada”, ésta parece alejarse a l mismo tiempo. Y cuando finalmente logramos alcanzarla, desaparece.

Este efecto se debe a que en días muy calurosos, el aire está más caliente cerca del suelo y se vuelve gradualmente más frío con la altura. (Si hace muchísimo calor incluso se puede apreciar a simple vista cómo sube el aire caliente desde el suelo debido a la diferencia de temperatura). Como la densidad de una sustancia depende de su temperatura, resulta que el aire cercano al asfalto es menos denso que el que está por encima, porque se halla más caliente. Al variar la densidad del aire, también lo hace su índice de refracción. En esta situación, la luz que proviene de los objetos lejanos se refracta de forma continua al atravesar las distintas capas de aire y se curva: un rayo que se aproxime al suelo con poca inclinación no llega a tocarlo nunca, sino que se dobla hacia arriba. Estos rayos llegan al observador, quien ve en el suelo una imagen borrosa del objeto. Pero al mismo tiempo hay otros rayos que también proceden del propio objeto y que llegan directamente al ojo del observador. Éste tiene la impresión de ver a la vez el objeto y, al pie del mismo, una segunda imagen invertida, como si ésta fuese el reflejo de aquélla. Imagínate por un momento que estás en medio del desierto y ves a lo lejos una palmera y su imagen reflejada en el suelo. ¿Quién podría pensar entonces que no es debido a una capa de agua? Claro que al acercarte descubrirías que la refracción de la luz te ha jugado una mala pasada. Lo mismo ocurre en el caso del charco en la carretera: lo que parece agua no es otra cosa que un trozo de cielo “reflejado” hacia el observador.