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Del abuso a la adicción

Benjamín Ruiz Loyola

Cuando escuchamos hablar de adicciones posiblemente pensemos en drogas como la cocaína, la heroína, la marihuana, el alcohol o el tabaco y pocas veces las asociemos con medicamentos.

Los aficionados a la popular serie de televisión Doctor House saben que su protagonista es un médico que padece un dolor crónico ?derivado de una lesión en una pierna? y es adicto a un analgésico, el vicodín, que es un opiáceo llamado hidrocodona. Los esfuerzos de los colegas de House para que éste renuncie al analgésico son repetidos e infructuosos.

En la vida real, lamentablemente, el uso abusivo de medicamentos es un problema que está creciendo. La Junta Internacional de Fiscalización de Estupefacientes, que pertenece a la Organización de las Naciones Unidas, advirtió en su informe de 2007 que en el mundo “los casos fatales de sobredosis de medicamentos de venta con receta están aumentando”. Y señaló también que “los medicamentos que contienen estupefacientes o sustancias sicotrópicas, o ambos, son incluso la droga preferida en muchos casos y no se consumen en sustitución de otras sustancias”.

En nuestro país los datos más recientes disponibles son los de la Encuesta Nacional de Adicciones (ENA) de 2002. Según esta encuesta, el número de personas que había usado drogas médicas de manera abusiva al menos una vez alcanzaba un total de 845 561: de los cuales 399 847 eran hombres y 445 714 mujeres de entre 12 y 65 años de edad. Estas cifras son equiparables a las reportadas para el consumo de cocaína: habían consumido cocaína 857 766 personas, es decir, una diferencia de sólo 12 205 personas.

El problema del abuso de sustancias farmacológicas es complejo y aunque los motivos que dan origen a este fenómeno son múltiples, todos llevan a las mismas consecuencias desafortunadas. Casi todos los medicamentos son productos que no son dañinos si se les administra bajo un estricto control médico, en el que el doctor prescribe las dosis necesarias para que incluso sus efectos secundarios sean los mínimos posibles.

Hay medicamentos que al igual que las drogas provocan alteraciones de distintas clases: placer, euforia, somnolencia, vigor, tranquilidad, calma, bienestar… pero también debilitan física y mentalmente, causan trastornos en el funcionamiento normal de distintos órganos y sistemas del cuerpo, y su abuso puede poner en riesgo tanto la calidad de la vida como la vida misma.

Quienes se inyectan heroína, fuman tabaco o beben alcohol de manera rutinaria conocen los graves peligros a los que se exponen, sin embargo es muy posible que los adictos a un medicamento no sepan de las graves consecuencias del abuso. Los analgésicos, anestésicos, estimulantes, sedantes y ansiolíticos son medicamentos cuyo consumo excesivo puede conducir a una adicción tan peligrosa como la de las drogas y el alcohol.

Informes periodísticos sobre algunos resultados preliminares de la Encuesta Nacional de Adicciones 2008, que se dieron a conocer en septiembre pasado, dan cuenta de que el número de consumidores de drogas en México, al menos por una vez en su vida, aumentó de 2002 a 2008 de 3.5 millones a 4.5 millones, es decir, 28%. Los resultados finales de esta encuesta aún no se hacen públicos.


Los nuevos antigripales

La efedrina y la seudoefedrina son sustancias naturales que se obtienen de una planta llamada Ephedra vulgaris. Se han empleado principalmente como antigripales por su acción broncodilatadora y antihistamínica. No obstante que su valor terapéutico es enorme, han sido retirados del mercado de los antigripales de mostrador y solamente se les encuentra en medicamentos controlados por receta. El motivo es que la efedrina y la seudoefedrina son precursores para la síntesis de metanfetamina, un estimulante ilegal sumamente poderoso que causa adicción con mucha facilidad. La seudoefedrina y la efedrina se han sustituido en los medicamentos antigripales por otros con menor actividad terapéutica pero sin los problemas del desvío de su uso.

Analgésicos

Entre los medicamentos de los que más se abusa están los analgésicos, pues ayudan a calmar el dolor. Los primeros analgésicos accesibles a todos, que surgieron al final del siglo XIX, fueron las famosas aspirinas o tabletas de ácido acetilsalicílico. Su aparición revolucionó el uso de los medicamentos; éstos se comenzaron a obtener con mayor facilidad sin depender de que el farmacéutico los preparara en la rebotica. Al principio la aspirina se administraba bajo orden y supervisión del médico, pero con el tiempo se comenzó a vender sin receta y estuvo al alcance de cualquiera que sintiera que la necesitaba.

Uno de los problemas que ha suscitado el fácil acceso a analgésicos es que nos los autorrecetamos cuando sentimos dolor. Pero el dolor es la manera que tiene el cuerpo de avisarnos que algo anda mal en nuestro organismo, si nos quitamos el dolor de cabeza con un analgésico y éste no se debe a algo circunstancial como el cansancio o el estrés, puede ocurrir que la causa sea más grave; por ejemplo, un tumor del que no nos hayamos enterado por no ir al médico.

El uso indiscriminado de un analgésico puede llevar a que cada vez necesitemos una cantidad mayor para quitarnos la molestia y esto conduce a la tolerancia al medicamento. Si, por ejemplo, para controlar el dolor de cabeza se recomienda una dosis de 500 mg de ácido acetilsalicílico cada ocho horas, hay quienes con el tiempo van requiriendo una dosis mayor en periodos cada vez más cortos. Su cuerpo se ha acostumbrado a la sustancia y requiere cada vez más cantidad de ella para alcanzar el efecto deseado.

Los analgésicos opiáceos incluyen morfina y codeína —derivadas del opio— y por ello sólo deben consumirse por prescripción médica, pues si no pueden provocar una fuerte adicción. La morfina se emplea con frecuencia en procedimientos previos y posteriores a intervenciones quirúrgicas para tratar dolores muy intensos, mientras que la codeína se considera un analgésico medio. Ambas sustancias actúan sobre el sistema nervioso y el cerebro provocando euforia, pero a dosis altas causan depresión respiratoria. Los opiáceos no deben consumirse con otras sustancias depresoras del Sistema Nervioso Central (SNC) como alcohol, antihistamínicos, ansiolíticos (tranquilizantes) o anestésicos.

Junto a los analgésicos vienen los anestésicos. El abuso de la ketamina, por ejemplo, que tiene propiedades hipnóticas y produce alucinaciones y amnesia, puede ocasionar una gran relajación que se convierta en una pérdida del control muscular incluso del aparato respiratorio y matar a quien la consuma sin medida.

Los analgésicos, anestésicos, estimulantes, sedantes y ansiolíticos son medicamentos cuyo consumo excesivo puede conducir a una adicción tan peligrosa como la de las drogas y el alcohol.