El que a mal árbol se arrima
Sospecho que los gurús del new age que hoy apelan a la mecánica cuántica para justificar sus doctrinas tomaron de Capra lo que saben (es un decir) de esta parte de la física. He aquí el clásico argumento new age: la física cuántica ha demostrado que la mente crea la realidad, por lo tanto tú puedes crear tu propia realidad conscientemente. De ahí deduce Deepak Chopra, principal exponente de la “medicina cuántica”, que estar enfermo es una decisión, y por lo tanto estar sano también (Chopra va más lejos: en su opinión, podemos dejar de envejecer por nuestra propia voluntad. Ya veremos en unos años si Chopra predica con el ejemplo.) Y J. Z. Knight, la médium que aparece en la película ¿Y tú qué @#√!∗ sabes?, concluye triunfalmente que tú puedes liberarte de la depresión y la mediocridad y ser feliz con sólo decidirlo. Así de fácil. El psicólogo Jeffrey Satinover, otro personaje de la película, dice: “el materialismo priva a la gente de responsabilidad, la física cuántica te la devuelve íntegra”. ¿Por qué no me lo habían dicho antes?
El mensaje de Chopra y las doctrinas de Knight son muy alentadores, de eso no cabe duda. En un mundo peligroso donde cada vez ejercemos menos control sobre nuestras vidas es un alivio poder pensar que en el fondo, al nivel atómico y molecular, sí llevamos las riendas bien sujetas. Que el mensaje y las doctrinas estén fundamentados en la ciencia o no es lo de menos. De hecho, por lo general es mejor no confiarle a la ciencia nuestro bienestar espiritual. Éste requiere fundamentos firmes y duraderos y nada hay más cambiante que la ciencia. Cuando las religiones tratan de justificarse científicamente el resultado suele ser catastrófico. Basta ver el torbellino de pasiones que provocan en Estados Unidos quienes para justificar sus creencias religiosas necesitan que sea falsa la teoría de la evolución por selección natural, una de las más sólidas y menos controvertidas entre los científicos. Si tu mensaje es convincente, déjalo convencer por sus propios medios. Pedir prestada la credibilidad de la ciencia puede ser contraproducente, sobre todo si no conoces bien la ciencia a la que te acoges. Veamos.
La cuántica no es como la pintan
Knight y sus amigos hacen énfasis en el papel del observador como ser consciente en la mecánica cuántica. Según ellos, la amplia gama de estados en que puede encontrarse un objeto cuántico nos da a las personas un montón de posibilidades. Más aún, según ellos la observación consciente selecciona sólo una de esas posibilidades, de modo que nosotros, como observadores conscientes de nuestra propia vida, podemos elegir cuál de nuestras posibilidades se ha de realizar. Pero hoy en día el consenso entre los científicos (y el consenso en ciencia es todo; lo que no es consenso es simple opinión y no cuenta) es que:
1) los objetos de dimensiones macroscópicas, por ejemplo las personas y sus cerebros, no se encuentran nunca en superposiciones de estados como la del dado que describí antes porque
2) la “observación” que selecciona sólo uno de los estados posibles no es una observación consciente. Basta que sea una interacción del dado con un aparato de medición, o ni siquiera: el más leve roce con una molécula de aire o con una partícula de luz descarriada hará que el dado se precipite a uno solo de sus estados posibles, independientemente de cualquier observador consciente. Un objeto macroscópico —por ejemplo, un dado— no puede encontrarse en esos estados esquizofrénicos porque no se puede aislar de interacciones con su entorno. Y
3) por más que nuestra conciencia pudiera desencadenar la selección de uno solo de los estados posibles de nuestra vida, es un precepto fundamental de la mecánica cuántica que esa “selección” opera al azar, de manera fundamentalmente incontrolable, de modo que nuestra mente sólo podría decidir seleccionar y también en qué momento seleccionar, pero nunca qué seleccionar. Esto no lo hubiera negado ni el mismísimo Wigner.

Resumiendo: aunque los fundadores de la mecánica cuántica hicieron mucha alharaca con el “observador”, hoy la mayoría de los físicos concuerdan en que el observador es simplemente el resto del universo y la “observación” ocurre en cuanto cualquier parte del resto del universo interactúa con nuestro famoso dado. La mecánica cuántica no necesita la conciencia. Ni modo.
Por si fuera poco, hay otro aspecto de la ciencia que se les escapa a los gurús: toda teoría científica es pasajera, ninguna es la última palabra —ni la hermosa mecánica cuántica, la teoría más exacta y mejor establecida de la ciencia. Los físicos saben —y los gurús ignoran— que un día posiblemente tendremos una teoría distinta para describir el comportamiento de la materia en la escala subatómica. Quizá será una teoría muy parecida a la física cuántica, quizá será algo totalmente distinto. En cualquier caso, la teoría cuántica no es palabra de dios. ¿Por qué no se lo comunica a J. Z. Knight el espíritu que según ella le dicta sus creencias? ¿Por qué no le revela ese espíritu la teoría que sustituirá a la cuántica?
No es oro todo lo que reluce
¿Y todos esos científicos que salen en la película?
Nadie ha dicho que los científicos sean infalibles, pero muchas personas lo han dado a entender —y no todas científicos—. Por ejemplo, los comerciantes apelan a la ciencia cuando quieren hacernos creer que sus productos son buenos. “Científicamente comprobado”, dicen los comerciales de algunos shampoos. En ¿Y tú qué @#√!∗ sabes? aparecen científicos cuyas credenciales se revelan al final de la película. Allí salen a relucir doctorados diversos y afiliaciones a universidades, no todas reconocidas. La intención, por supuesto, es que creamos sin cuestionar todo lo que nos han dicho durante el filme, porque, después de todo, lo dijeron unos científicos. Tratar de convencer por nuestras credenciales es una falacia —un argumento tramposo— conocido como argumento de autoridad. Pero quien tiene la autoridad no necesariamente tiene la razón.
Además, la ciencia es una actividad colectiva. Los resultados científicos de buena ley son los que la comunidad de profesionales exigentes ha aceptado luego de someterlos a las pruebas más rigurosas de concordancia con las observaciones y consistencia lógica (véase ¿Cómo ves?, No. 83, “La letra escarlata: fraudes en la ciencia”). La simple opinión, por encumbrado que sea el opinador, no es ciencia. Ni siquiera importa si al paso de los años esa opinión acaba aceptándose. En tanto no forme consenso, una opinión no tiene el sello de la ciencia, hecho que se nos oculta tramposamente en ¿Y tú qué @#√!∗ sabes? Los científicos de la película —además de ser casi todos seguidores de Knight— están expresando puntos de vista personales sin decir que lo son, ni que sus puntos de vista no coinciden con lo que acepta la comunidad científica.
¿Entonces son iconoclastas iluminados? ¿No tendríamos que hacerles caso? Muchos personajes cuyas ideas se aceptan hoy fueron en su tiempo iconoclastas que nadaron contra la corriente, y quizá incluso que fueron escarnecidos por sus contemporáneos. Pero eso no quiere decir que tenga razón todo individuo que nada contra la corriente o que es motivo de burlas. Como señala Carl Sagan en El cerebro de Broca, se rieron de Colón, se rieron de los hermanos Wright… pero también se rieron de Bozo el payaso. Por cada iconoclasta cuyas ideas acaban por aceptarse debe haber miles que cayeron en el olvido merecidamente. La originalidad no basta en la ciencia (y casi aseguraría que tampoco en el arte). También hay que convencer a una comunidad de profesionales muy exigentes. Las ideas que se exponen en la película ¿Y tú qué @#√!∗ sabes? no han convencido a esa comunidad.
Libérate, sé tú mismo, toma las riendas de tu vida
Una amiga mía me regañó por criticar la película. Después de todo, el mensaje del filme —que las personas tenemos muchas posibilidades, que podemos elegirlas en cierta medida, que podemos cambiar— puede ayudar a muchos espectadores que han salido de las funciones llenos de inspiración. Es verdad. Pero yo no acierto a ver por qué una persona cuyo mensaje es legítimo tiene que recurrir al engaño. Le contesté que no tenía nada contra el mensaje, sólo estaba defendiendo a la mecánica cuántica de “acusaciones” falsas.
La buena noticia es que tú y yo sí tenemos muchas posibilidades, sí podemos cambiar nuestra vida (si queremos, yo así me siento bastante bien) y sí somos arquitectos de nuestro propio destino. Mejor aún: para tomar las riendas de tu existencia no necesitas pagarle miles de dólares a ningún iluminado. Lo puedes hacer tú solo, con la inteligencia, la razón y un poco de perseverancia —como decía mi abuelita, y eso que no sabía ni jota de mecánica cuántica. 
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Sergio de Régules es físico y coordinador científico de ¿Cómo ves? Su libro más reciente es ¡Qué científica es la ciencia! (Paidós, 2005). Sergio dice que la culpa no es de la cuántica, sino del que la hace religión.