¿La prehistoria del ADN
Los genes ya se conocían desde 1866, cuando el monje
austriaco Gregor Mendel publicó los resultados de sus investigaciones
con chícharos, en los que postulaba la existencia de unidades
individuales de la herencia a las que llamó, precisamente,
“genes”.
A partir de entonces, y hasta 1953, los avances en la genética
habían sido hechos por medio de cuidadosas cruzas, usando animales,
plantas y microorganismos. Se necesitaron casi 80 años para
que, en 1944, el médico canadiense Oswald Avery comprobara
que los genes no están hechos de proteínas, como muchos
pensaban, sino de una sustancia que el bioquímico alemán
Friedrich Miescher había descubierto en 1869. Esta sustancia
se hallaba en el núcleo celular, tenía propiedades ácidas
y entre sus componentes estaba un azúcar llamado “desoxirribosa”;
por todo esto, se la conocía como ácido desoxirribonucleico.
Posteriormente se supo que se trataba de una molécula gigantesca,
o macromolécula, formada por cientos de miles de átomos
(también las proteínas y algunos otros tipos de azúcares
son moléculas gigantes).

A partir del descubrimiento de Avery, la pregunta más interesante
que podía hacerse un bioquímico era: ¿cómo
está construida la molécula del ADN? Después
de todo, tenía que ser una molécula muy especial, pues
tiene dos propiedades únicas. En primer lugar, es capaz de
almacenar la información genética para formar un organismo
completo, ya sea una bacteria, un hombre, un pino o una ballena azul.
En segundo, la propiedad más sorprendente, pues es quizá
lo más fundamental para la vida: el ADN puede reproducirse,
fabricar copias de sí mismo. Hasta ese momento, no se conocía
ninguna molécula, por complicada que fuera, que pudiera cumplir
con estos requisitos.
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