La
molécula más bella del mundo
Quizá la característica más impresionante de
la molécula de ADN es su belleza. Se trata de una estructura
simétrica, armoniosa, que impresiona con su mezcla de sencillez
y complejidad. Cuando Crick y Watson la observaron por primera vez,
pensaron, entusiasmados que “una estructura tan bonita tenía,
por fuerza, que existir”.
Pero la belleza de la molécula no se halla sólo en su
forma: también radica en la casi increíble simplicidad
con que se reproduce a sí misma, conservando el orden de sus
bases —la información genética— a lo largo
de millones de generaciones.
Cuando Watson, jugando con sus modelos, se topó con la idea
fallida de la unión entre bases iguales, faltaban sólo
unos pocos ajustes para dar con la estructura correcta. En poco tiempo
se dio cuenta de que también podían formarse otro tipo
de pares unidos por puentes de hidrógeno, esta vez uniendo
una base púrica con una pirimídica: la adenina podía
unirse perfectamente sólo con la timina, y la guanina sólo
con la citosina.
Inmediatamente se lo comunicó a Crick, quien verificó
que con los nuevos pares de bases podía construirse una hélice
estable. También se dieron cuenta de que esta nueva configuración
resolvía el problema del ancho de la molécula (ahora
todos los “escalones” de la escalera de caracol eran del
mismo ancho, formados por una base grande y otra pequeña).
Y por si fuera poco, seguía permitiendo que una cadena sirviera
como molde para construir la otra. Sólo que ahora, en vez de
que el orden de las bases fuera idéntico, las dos cadenas eran
complementarias (véase recuadro).
La
complementariedad de bases |
Las
cuatro bases nitrogenadas que están presentes
en el ADN pueden formar dos pares, unidos por enlaces
químicos débiles llamados “puentes
de hidrógeno” (representados en la figura
como líneas punteadas). De este modo se mantienen
unidas las dos cadenas que forman la doble hélice.

Debido
a su forma, la adenina sólo puede unirse con
la timina, y la citosina con la guanina. Esta especificidad
hace que baste conocer el orden de las bases de una
de las cadenas para poder construir la cadena complementaria
que se unirá a ella.

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Hoy
se sabe que cuando el ADN se duplica dentro de la células,
sus dos cadenas se desenrollan y se separan, y se construyen
dos nuevas cadenas utilizando como moldes las originales.
El resultado son dos nuevas dobles hélices, cada
una formada por una cadena nueva y otra vieja, que contienen
exactamente la misma información genética.

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Pero había algo más importante todavía: la nueva
estructura explicaba, en forma totalmente natural, las extrañas
reglas de Chargaff: ahora estaba claro por qué la cantidad
de adenina en cualquier molécula de ADN tenía
que ser igual a la de timina, y la de guanina a la de citosina. Las
piezas sobrantes del rompecabezas finalmente habían caído
en su lugar.
A partir de ese momento, la ruta fue directa. El modelo de la doble
hélice fue comprobado ampliamente en los años siguientes,
y abrió nuevas y prometedoras vías de investigación.
Nueve años después, en 1962, James Watson, Francis Crick
y Maurice Wilkins recibieron el premio Nobel de fisiología
o medicina por su descubrimiento. Rosalind Franklin había muerto
en 1958.
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| Francis Crick
y James Watson con su modelo del ADN, en el Laboratorio Cavendish. |
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Con base en conocimientos de química y datos físicos
obtenidos por Franklin y Wilkins, Watson y Crick pudieron desentrañar
el más profundo secreto de la biología. El resultado
fue de una simplicidad admirable. Al igual que el físico Fritz
Houtermans, quien en 1929 fue el primero en desentrañar la
cadena de reacciones nucleares que hacen que el Sol brille, Crick
y Watson pudieron enorgullecerse de ser los primeros en deslumbrarse
con la belleza de la doble hélice, situada en el núcleo
mismo de la vida. Desde entonces, y hasta llegar a la actual era de
la genética, la perfección de esta molécula sigue
fascinando a quienes la conocemos. Entender la doble hélice,
puente entre la química y la biología, es admirarla.