PARA
EMPEZAR, sugiero al lector que haga una encuesta entre
sus conocidos sobre lo que piensan en relación con el
consumo de alimentos transgénicos. Vaya, para no ir tan
lejos, mejor pregunte primero a sus encuestados ¿qué
es un alimento transgénico?, ¿cuántos de
los alimentos que consume han sido modificados genéticamente?
y ¿qué sabe sobre el efecto de su consumo en la
salud? Acto seguido, proceda a preguntarles cuál es el
origen de esa información. Si
el interrogatorio es escrito, puede ayudar al encuestado en
esta última pregunta dándole opción múltiple
que incluya: a) la experiencia (enfermedad o intoxicación
propia, de un conocido o de un animal); b) una opinión
escuchada en la radio o la televisión; y c) la lectura
de un artículo de algún experto en enfermedades
genéticas (referida, claro, a los genes que comemos,
no a los que tenemos).
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Sin temor
a equivocarme puedo afirmar que poca gente podrá contestar que
todos los alimentos que consumimos han sido modificados genéticamente,
y que estas modificaciones se dieron desde los inicios de la agricultura,
con el fin de hacer que los productos del campo fueran cultivables y
comestibles. Por ejemplo, nadie come teocintle, el ancestro del maíz;
además, a diferencia del teocintle, el maíz no avienta
los granos al suelo y éstos se conservan en la mazorca, por lo
que la planta no puede reproducirse sin la ayuda del hombre, por no
hablar de la adaptación del maíz a determinado clima,
suelo y sobre todo de su resistencia a plagas específicas. Pocos
sabrán también que la diferencia con los llamados transgénicos
es que, con las herramientas de la biología moderna, las modificaciones
genéticas pueden hacerse ahora no sólo con los genes del
maíz sino con genes de cualquier especie. Es decir, que la información
genética que hace que una bacteria mate a un insecto, se le puede
poner al maíz para volverlo resistente al mismo insecto.
Mediante la encuesta también se encontraría que las ideas
negativas que el común de los ciudadanos tiene hoy en día
sobre los alimentos trans-génicos, al menos en lo que a su efecto
en la salud humana se refiere, no proviene de ninguna evidencia documentada,
sino de lo que se sabe indirectamente a través de lecturas que
no fueron cuestionadas o debatidas, o por lo que se ha escuchado en
radio y televisión. Y para muestra, un botón: me permito
poner a la consideración del lector una vivencia personal relacionada
con una lectura sobre el tema del maíz transgénico que
me lleva a hacer un llamado a comer y leer de todo pero con cautela,
mesura y espíritu crítico.
Estaban
los cochinitos...
El 15 de junio de 2002 se publicó en el diario La Jornada un
artículo titulado “Embarazos transgénicos”,
firmado por Silvia Ribeiro, que poco después fue ampliamente
difundido por Internet. Es importante señalar que La Jornada
se caracteriza por la amplia cobertura que da a noticias de ciencia
y tecnología, y que el tipo de problemas al que voy a referirme
es común en la prensa de México.
De acuerdo con el artículo, el porcicultor estadounidense Jerry
Rosman, que lleva más de tres décadas criando cerdos en
Shelby, Iowa, habría tenido serios problemas en los últimos
dos años pues la reproducción de sus animales disminuyó
hasta llegar a 20% de las crías que obtenía antes con
sus 200 cerdas. Una vez que Rosman decidió supervisar el asunto
personalmente se dio cuenta de que el 80% de las cerdas tenía
un ciclo normal, es decir, que las pruebas de laboratorio indicaban
embarazos, pero sólo 20% llegaba a término, el resto ni
abortaba ni paría: ¡el embarazo desaparecía! Las
cerdas volvían a entrar en celo y el proceso de los seudo-embarazos
se repetía sin que los laboratorios de análisis detectasen
alguna enfermedad. El porcicultor decidió sacrificar a las madres
y las autopsias mostraron que no tenían embarazos reales, sino
solamente líquido. Rosman “oyó” que otro criador
también estaba sacrificando a sus animales por razones similares
y finalmente cuatro criadores, en un radio aproximado de 10 kilómetros,
cayeron en la cuenta de que sufrían el mismo problema. Todo esto,
señala Ribeiro, fue publicado en el Iowa Farm Bureau Spokesman
el 4 de mayo de 2002.
De
acuerdo con el artículo de La Jornada, Rosman comparó
su situación con la de otros productores afectados, y encontró
una constante: todos alimentaban a sus cerdos con maíz
transgénico del tipo Bt (véase recuadro). Encontró
también que las pruebas de laboratorio revelaron que el
maíz estaba contaminado con hongos, en particular con dos
cepas del hongo Fusarium. Más adelante el artículo
cita un dictamen que a la letra dice: Gary Munkvold, un fitopatólogo
de la Universidad Estatal de Iowa, comentó que por la amplitud
de las pruebas que hizo Rosman para eliminar otras causas de los
seudo-embarazos, y el hecho de que con el cambio de alimento desaparecieron
los síntomas, se puede suponer que están en lo correcto
al creer que el maíz Bt fue la causa. A pesar de estar
en “la pista correcta”, agrega: “en estudios
realizados en laboratorio, el maíz Bt generalmente ha mostrado
menor fre-cuencia de contaminación con Fusarium que el
maíz convencional”. Según Munk-vald, esto
se debe a que el maíz Bt no sufriría los ataques
del barrenador europeo del maíz, situación que favorece
las infecciones de Fusarium (véase recuadro). Esta información
no es analizada por la autora, sino que a partir de este punto
el artículo de marras simplemente repite lo que en muchas
ocasiones se ha escrito sobre los transgénicos: que los
niveles de incertidumbre sobre los efectos de los transgénicos
en la salud son altos; que las compañías sólo
buscan recuperar rápidamente sus inversiones, sin importarles
qué consecuencias puedan tener sobre la gente, los animales
y el ambiente; que los campesinos lo plantan por ignorancia, y
finalmente que los consumidores estamos siendo usados como “cochinillos”
de indias gratuitos de la industria biotecnológica. |
El maíz Bt 
El
principal producto de la biotecnología vegetal moderna
que se siembra en los Estados Unidos es un maíz conocido
como Bt, por contener el gen de una bacteria, Bacillus thuringiensis.
Aproximadamente el 30% del maíz que se siembra en ese
país es transgénico y de acuerdo con un estudio
de caso del Centro Nacional para Política Agrícola
y Alimentaria (http://www.ncfap.org)
realizado en 2001, en la producción de 1.6 millones de
toneladas de maíz Bt se dejaron de aplicar 1.18 millones
de kilos de principios activos de insecticidas químicos.
El maíz Bt produce una nueva proteína que resulta
tóxica para el voraz gusano barrenador, que es eliminado
cuando consume el tejido de la planta. De hecho, la bacteria
Bacillus thuringiensis se ha usado desde hace décadas
como bioinsecticida.
La nueva proteína es sólo una de las miles que
contiene el maíz y es segura en la alimentación
humana, tan segura como el resto de sus proteínas, como
lo demuestran decenas de pruebas realizadas por todo el mundo.
En estas pruebas, además de analizar la estructura de
la proteína Bt para verificar que no tuviera ningún
parecido con proteínas de alimentos que causan alergia
en algunas personas, como es el caso de la nuez, los cacahuates,
el trigo, etc., también se hizo una evaluación
alimentando a animales de laboratorio con cantidades inusuales
de la proteína, equivalentes a que ésta se usara
como única fuente de proteína por toda la vida.
Finalmente, después de varios años de consumo
en los Estados Unidos no se ha detectado ningún problema
de salud asociado a la proteína Bt. Uno de los principales
riesgos en el consumo de maíz resulta de la contaminación
por hongos. Cuando un insecto ataca una mazorca, se abre la
puerta para la infección con hongos, dentro de los cuales
los más comunes y peligrosos son Fusarium sp. y Asper-gillus
flavus, este último productor de aflatoxinas, que son
actualmente las toxinas cancerígenas más potentes
que se conocen y, por lo antes expuesto, poco frecuentes en
el maíz Bt.
Los alimentos transgénicos han sido los más vigilados
en la historia de la ciencia y tecnología de alimentos.
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