Dopaje:
la trampa es para la salud
Benjamín Ruiz Loyola
DEBIDO AL EMPLEO ILÍCITO DE DROGAS, EN
LOS PASADOS JUEGOS OLÍMPICOS FUERON DESCALIFICADOS NUEVE LEVANTADORES
DE PESAS, UNA GIMNASTA PERDIÓ LA MEDALLA DE ORO Y VARIOS ATLETAS
RECIBIERON SANCIONES. ¿ES ÉSTA UNA PRÁCTICA CADA
VEZ MÁS GENERALIZADA?
EL USO DE DROGAS en el deporte es muy
antiguo, se remonta por lo menos al siglo III a. C. Según documenta
el filósofo Filóstrato, algunos competidores griegos consumían
una mezcla de semillas de ajonjolí y hongos alucinógenos
para aumentar su rendimiento. A finales del siglo XIX y durante varias
décadas del XX, las sustancias más utilizadas eran estricnina,
cafeína, heroína y cocaína. En las primeras olimpiadas
de la era moderna (1904), por ejemplo, el maratonista Thomas Hicks estuvo
a punto de morir cuando compitió bajo los efectos de una mezcla
de brandy con estricnina. Sin embargo, fue hasta 1968, en los Juegos
Olímpicos celebrados en México y en los de Invierno, en
Francia, cuando se instauraron por primera vez las pruebas antidopaje.
Desde entonces, éstas han aumentado en cantidad, calidad y complejidad
porque el tipo de drogas, las formas de administración y los
métodos para superar fraudulentamente los exámenes mejoran
día con día.
El llamado antidopaje se refiere a la serie de actividades (entre ellas
los análisis de laboratorio) enfocadas a combatir el dopaje,
palabra que proviene del inglés doping y significa el empleo
de ciertas drogas (calmantes o estimulantes) por un competidor de una
prueba deportiva. Se dice que los danzantes de la tribu africana de
los kaffir ingerían en las fiestas rituales un licor estimulante
llamado dop, y que de allí los ingleses acuñaron el término
doping como sinónimo de drogado.
Debido a los efectos negativos del dopaje en el deporte y los enormes
riesgos para la salud que implica su uso, el Comité Olímpico
Internacional que entre otras muchas cosas, regula lo relativo
al uso de drogas entre quienes participan en competencias con reconocimiento
oficial periódicamente elabora y difunde una lista de las
sustancias prohibidas (véase recuadro). Aunque muchos de los
deportistas las evitan, cada vez hay más casos de hombres y mujeres
que las utilizan para competir.
Estimulantes
De las drogas empleadas por los deportistas, las más comunes
son los estimulantes (principalmente las anfetaminas) y los esteroides
anabólicos.
Los estimulantes, como la epinefrina, la efedrina y la norepinefrina
actúan sobre las glándulas adrenales y el sistema nervioso
central, incrementando el ritmo cardíaco,
la presión arterial, la tensión
muscular y los impulsos nerviosos.
El efecto de los estimulantes en las glándulas promueve la secreción
de adrenalina, hormona que pone al cuerpo en alerta, por lo que el individuo
se encuentra más atento, resiste mejor el sueño y la fatiga
y se siente con mayor disposición para participar en competencias.
En el sistema nervioso central los estimulantes también provocan
que los síntomas de la fatiga se hagan menos perceptibles;
esto lleva al deportista a realizar sobreesfuerzos que pueden ser fatales.
Se presenta además un aumento de la temperatura corporal que
se añade al que produce el propio ejercicio, lo que ocasiona
después de algún tiempo dificultades respiratorias y cardiovasculares
que pueden culminar en colapso.
| Sustancias prohibidas
por el Comité Olímpico Internacional |
Por clase de sustancia:
Estimulantes
Narcóticos
Anabólicos
Diuréticos
Hormonas peptídicas, miméticos y análogos:
Métodos prohibidos:
Dopaje sanguíneo
Administración artificial de acarreadores de oxígeno
o expansores de plasma
Manipulación física, química o farma-cológica
Por circunstancias específicas:
Alcohol
Cannabinoides (derivados de la mariguana y el hashish)
Anestésicos locales
Glucocorticosteroides (antiinflamatorios prohibidos por vías
orales, rectales e intravenosas; las vías local e intraarticular
se permiten por estricta prescripción y bajo vigilancia médica)
Betabloqueadores |
Los estimulantes se emplean en deportes que requieren de agresividad
(como el box y la lucha) o de esfuerzos grandes y continuos (el ciclismo,
pista y campo), porque producen en el usuario sentimientos de hostilidad,
agresividad y fuerza. Los efectos secundarios van desde paranoia, insomnio
y conductas antisociales, hasta adicción a otras drogas como
los barbitúricos, necesarios para conciliar el sueño después
de usar anfetaminas. Comienza así una serie de subidas y bajadas
que alteran el ritmo cardíaco y pueden provocar la muerte por
descompensación del sistema nervioso.
Hay varios ejemplos dramáticos del uso de estimulantes en los
deportes: en 1879, un ciclista británico de apellido Linton murió
por fatiga después de ingerir un estimulante; en 1955, el ciclista
Mallejak perdió la conciencia por la misma causa, y en la década
de 1960, debido al empleo de anfetaminas, un ciclista danés murió
durante la XVII Olimpiada en Roma.
Un problema adicional es la tolerancia hacia los estimulantes; es decir,
para obtener los efectos iniciales, se incrementa la dosis ingerida,
lo que aumenta la dependencia y, en ocasiones, provoca la administración
de sobredosis mortales. Como los estimulantes modifican la capacidad
de juicio y reducen el contenido de azúcar en la sangre, el rendimiento
del atleta no siempre mejora; sin embargo, eso no se percibe por la
necesidad psicológica de justificar la ingestión de la
droga. Cabe señalar que la cafeína es un estimulante de
control especial (se penaliza su empleo cuando se detecta, en -orina,
una cantidad superior a 12 microgramos por mililitro), así que
debe tenerse cuidado con la ingestión de productos que la contengan.
Por ejemplo, por cada 100 ml, el café descafeinado contiene de
1 a 2 mg; el café común, entre 65 y 75 mg; el té
negro, entre 20 y 25 mg; la Coca cola, entre 11 y 13 mg, y la Pepsi
cola, entre 9 y 11 mg.
Algunos estimulantes son de origen natural, como la efedrina; ésta
se encuentra en un helecho llamado efedra, que se utiliza para preparar
bebidas por infusión como el té. Debido a que además
inhiben el apetito, se han desarrollado métodos -industriales
para sintetizar esos compuestos sin recurrir a las plantas que los producen,
haciendo su elaboración más barata. Algunos de estos estimulantes
se encuentran en preparaciones para bajar de peso, antigripales y sustancias
para quitar el sueño. Hay toda una gama de estimulantes sintéticos,
drogas muy poderosas como el llamado polvo de ángel o el éxtasis,
que también son anfetaminas. Tal vez el caso más famoso
por uso de anfetaminas en el deporte ha sido el de Diego Armando Maradona,
suspendido durante el Campeonato Mundial de Fútbol Soccer en
Estados Unidos, en 1994. El jugador se -declaró inocente; dijo
haberlas ingerido en un antigripal.
Esteroides
Los esteroides anabólicos alteran el sistema endocrino del usuario
porque modifican el balance hormonal del individuo. Existen varios tipos
de esteroides, y los hay naturales hormonas que sintetiza el cuerpo
y sintéticos; pueden ser androgénicos (definen los aspectos
sexuales masculinos, como la testosterona), estrogénicos (definen
los aspectos sexuales femeninos, como la progesterona) o anabólicos
(constructores de tejido muscular). Por ejemplo, los anabólicos
del tipo androgénico se derivan de la testosterona (producida
por los testículos) y se emplean médicamente para corregir
desequilibrios hormonales o para prevenir el decaimiento muscular en
personas sometidas a cirugía o que padecen de inanición.
El cuerpo humano produce los esteroides que requiere, dependiendo del
sexo y del ejercicio que se realiza, a partir del colesterol. Los anabólicos
sintéticos se han vuelto muy populares entre deportistas que
requieren de gran fuerza y masa muscular, como los levantadores de pesas,
corredores de velocidad, lanzadores y saltadores, y jugadores de fútbol
americano, aunque su uso se ha extendido a disciplinas como el ciclismo
y la natación. Los suplementos alimenticios que ayudan a ganar
peso pueden contener anabólicos sin especificarlo en la etiqueta.
Uno de los más populares es el estanozolol.
Entre los efectos secundarios de los anabólicos se encuentran
la aparición de acné, atrofia del funcionamiento hepático,
várices en el esófago, trastornos cardiovasculares, principalmente
coronarios, y cáncer en el hígado. En los hombres provocan
la pérdida del apetito sexual, calvicie, aumento del tamaño
de los senos, reducción en el tamaño de los testículos,
inhibición de la producción de esperma y pérdida
total de la producción de testosterona. En las mujeres, aparición
de vello facial, engrosamiento de la voz, patrón de calvicie
masculina, alargamiento del clítoris, irregularidades menstruales
y trastornos en las funciones reproductivas. La mayoría de esos
efectos son irreversibles. En niños y adolescentes algunos anabólicos
provocan además una fusión ósea prematura, lo cual
les impedirá alcanzar la estatura a la que habrían llegado
sin ellos. Los efectos psicológicos derivados del temor a perder
la figura desarrollada con esteroides hacen que su consumo no sólo
se mantenga sino que se incremente. Hasta hace relativamente poco tiempo,
los atletas se inyectaban testosterona incluso durante las competencias
debido a que, por ser un producto natural, era imperceptible. Ahora
existe una prueba que detecta cualquier alteración en el nivel
de testosterona.
Uno de los casos más conocidos de consumo de esteroides anabólicos
es el del corredor canadiense Ben Johnson, quien resultó positivo
durante los Juegos Olímpicos de Seúl, en 1988. Después
de ganar la carrera de los 100 metros planos con un tiempo
fantástico de 9.79 segundos, fue descalificado y se le retiró
la medalla de oro. Su momento de gloria se convirtió en el más
bochornoso de su carrera deportiva. Otro ejemplo es el de Lyle Alzado,
quien ganó 27 peleas como boxeador amateur y fue un gran jugador
de fútbol americano: con los Raiders de Los Ángeles ganó
el Super Tazón en 1984. Propietario de un restaurante y actor
al retirarse, aceptó públicamente su adicción a
los anabólicos. Murió a los 42 años de edad, víctima
de un tumor cerebral.
Así como hay deportes que requieren de agresividad y fuerza,
en otros como el tiro y la arquería lo que se necesita
es precisión, un pulso muy firme; para ello hay que controlar
el nerviosismo. En estos casos, quienes recurren al dopaje utilizan
drogas como los betabloqueadores, que son compuestos que reducen la
hipertensión, la ansiedad y la migraña. Sus efectos secundarios
van desde fatiga, enfriamiento de extremidades, desarreglos gastrointestinales,
disminución de la tensión arterial, depresión,
alucinaciones, confusión y visión borrosa, hasta fallas
cardíacas que pueden producir la muerte.
Dopaje sanguíneo
Para aumentar el volumen de oxígeno disponible, reducir el cansancio
y lograr mayor rendimiento algunos deportistas utilizan transfusiones
de su propia sangre. A este método, también prohibido,
se le conoce como dopaje sanguíneo. Consiste en extraer
cierta cantidad de sangre (entre 20 y 30% del volumen total de sangre
en el cuerpo) y conservarla en refrigeración.
Para
lograr mejores efectos, se extrae después de entrenar varias
semanas en campamentos de altura, al menos a unos 2 000 metros sobre
el nivel del mar, ya que se logra mayor oxigenación. La sangre
debe sacarse del cuerpo con tiempo suficiente para que éste recupere
el volumen natural. Un par de semanas antes de la competencia, se reinyecta
la misma sangre al deportista, lo que aumenta el volumen sanguíneo
y la oxigenación, haciendo al individuo más resistente
al cansancio. Debido a que se trata de una sustancia natural, resulta
difícil detectar este método aunque puede lograrse mediante
el conteo de células sanguíneas (eritrocitos). Los riesgos
van desde el contagio de enfermedades durante la extracción,
el almacenaje o la reinyección, hasta la trombosis (formación
de un coágulo, llamado trombo) en una vena o arteria, que impide
el flujo normal de la sangre y puede llegar a provocar un infarto.
Como ya es posible detectar el dopaje sanguíneo, algunos deportistas
han preferido utilizar eritropoyetina (EPO) sintética; en su
forma natural, esta sustancia es una hormona que elabora el cuerpo y
estimula la producción de glóbulos rojos y aumenta el
volumen de sangre. Actualmente se están desarrollando técnicas
para detectar la presencia de EPO sintética.
Otra tipo de dopaje, que se clasifica aparte del sanguíneo, es
el de los acarreadores de oxígeno, sustancias que
modifican la cantidad o composición del plasma sanguíneo
de tal forma que aumenta la cantidad de oxígeno disponible en
el mismo. Cabe recordar que del oxígeno que se distribuye en
el cuerpo, el 97% lo transporta la hemoglobina, es decir, la sangre,
y el 3% restante es llevado por el plasma.
Ni mente ni cuerpo sanos
Son muchos los problemas de salud que acarrea el dopaje y no vale la
pena arriesgarse con su uso. Lo mejor que puede hacerse para mejorar
el rendimiento, ya sea en los deportes, en el estudio o en la actividad
profesional, es el trabajo cotidiano, el esfuerzo continuo y la perseverancia,
cuidando, por supuesto, de no exagerar. No olvidemos aquello de mente
sana, en cuerpo sano.
Si a estas alturas no los he convencido de lo dañinas que son
las drogas, expertos en medicina deportiva anotan algunas razones por
las cuales un atleta nunca debe ingerirlas: 1) No hay evidencia científica
que demuestre que las drogas aumentan el rendimiento deportivo sin provocar
un daño excesivo. 2) Ingerir cualquier medicamento o droga sin
estricto control médico altera el balance corporal, dañando
la salud física y mental del usuario, en ocasiones de manera
irreversible, 3) Usar drogas viola el espíritu deportivo y provoca
que el atleta desarrolle una tendencia psicológica a hacer trampa
en otras actividades de su vida. 4) Muchas de las personas que cometen
delitos lo hacen bajo la influencia de las drogas o por la necesidad
de adquirirlas. 5) Muchas de las drogas que se usan en los deportes
son las mismas con las que se inician las adicciones.
Benjamín Ruiz Loyola es profesor de tiempo completo en
la Facultad de
Química de la UNAM y ha publicado más de 50 artículos
de divulgación
en diversos medios. Fue colaborador del diario El Financiero.
(Correo electrónico: rloyola@servidor.unam.mx).