Un niño
en una burbuja
Nuestra historia comienza con David Vetter, un niño que vivió
en Houston, Texas, en los años 70. David nació con inmunodeficiencia
severa combinada (SCID, por sus siglas en inglés). Las SCID
son una serie de enfermedades genéticas, extremadamente raras,
que se parecen al sida. Los niños afectados nacen aparentemente
sanos, pero en un periodo de unos cuantos meses desaparecen de su
sangre los anticuerpos protectores que obtuvieron de su madre durante
la gestación y son afectados por repetidos episodios de infecciones
poco comunes. No se desarrollan bien y a menudo son hospitalizados
por neumonía. Debido a un pequeño error genético,
su sistema inmune no puede elaborar de manera adecuada células
T y B (llamadas también linfocitos), las cuales se encargan
de patrullar el cuerpo destruyendo agentes extraños como bacterias,
hongos y virus que incesantemente tratan de invadir nuestro cuerpo.
Para evitar que David muriera en cuestión de meses o años,
sus padres tomaron la difícil decisión de criarlo en
un ambiente estéril, es decir, libre de microorganismos. Junto
con los médicos e investigadores del Baylor Medical Center,
en Texas, crearon una casa especial para él: una enorme burbuja
de plástico que lo mantendría aislado del medio exterior.
David vivió en estas condiciones por 12 años. Una vez
que entró a su mundo estéril, comenzó una vida
que ningún otro ser humano había experimentado antes.
Podía ver y hablar con su familia, pero no sentarse a comer
con ellos. Podía percibir las caricias a través de las
paredes plásticas flexibles, pero no sentir el calor de un
abrazo. Sus amigos jugaban con él desde afuera de la burbuja-prisión,
pero David no podía corretear libremente con ellos o acompañarlos
al parque. Los padres del niño trataban de ganar una lucha
contra el tiempo. Esperaban que las investigaciones médicas
encontraran un tratamiento que liberara a su hijo de la burbuja. Los
años pasaron y David se hizo famoso. Muchas revistas y periódicos
escribieron sobre él, e incluso se hizo una película
sobre su extraordinaria experiencia.
Como temían sus padres, cuando David llegó a una edad
en que pudo comprender el alcance de su situación, pidió
recibir el único tratamiento disponible para su enfermedad
hasta ese momento: un transplante de médula ósea, aun
cuando en aquel tiempo acarreaba un considerable riesgo de muerte.
Como se mencionó, la enfermedad de David se originaba en un
defecto en la elaboración de células T y B. Puesto que
estas células se producen en la médula ósea,
los doctores imaginaron un tratamiento audaz: destruir la médula
de David —con fármacos y radiación— y sustituirla
con células de un donador sano. Si funcionaba, David podría
llevar una vida normal. Si fallaba, desarrollaría infecciones
masivas que no podrían ser tratadas y finalmente moriría.
Siete años más tarde una nueva técnica, la terapia
génica, sería utilizada para tratar a una pequeña
niña, Ashanti, con la misma enfermedad que David.
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