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La terapia génica


La enfermedad que amenazaba las vidas de David y Ashanti era incurable, pero dejaba un resquicio de ataque: el hecho de ser causada por un defecto en un solo gen (los genes son fragmentos de ADN que contienen la información para fabricar las proteínas). En vez de frustrarse porque una simple “falta de ortografía” genética tuviera que resultar fatal, tres científicos vieron en esa sencillez la clave de una estrategia de tratamiento. ¿Y si fuera posible corregir esa única “falta de ortografía”? En los hechos eso significaría “borrar” el gen defectuoso y sustituirlo con la versión normal del gen, es decir, un gen sin faltas de ortografía. El problema, claro, es que no tenían ni “goma” ni “lápices” genéticos para hacer la tarea. Pero sí tenían laboratorios bien equipados y conocimiento científico.

Lo primero que hicieron fue extraer del cuerpo de Ashanti células “mal escritas” y colocarlas en cultivo en el laboratorio, para estimular su reproducción. Una vez que se tuvieron muchas células, se les introdujo la versión corregida del gen. Esto se hizo combinando conocimiento e ingenio: con virus. Cierto tipo de virus pueden ser manipulados en el laboratorio para insertarles genes, en concreto, la versión correcta del gen que estaba defectuoso en Ashanti. Poniendo millones de estos virus en el cultivo de las células de la niña, los virus podrían penetrarlas actuando como vehículos de transporte microscópicos, llevando el gen “sano” a las células. A estos vehículos microscópicos se les llamó “vectores”. Una vez dentro, los vectores liberarían el gen corregido, que iría a parar al ADN celular. Las células así transformadas se reintroducirían en el cuerpo de Ashanti.


Éste fue el sueño inicial de un grupo pequeño de médicos que impulsaron una nueva era en la medicina molecular: la de la terapia génica, que busca tratar y eliminar las causas de la enfermedad, en lugar de tan sólo aminorar los síntomas.

Un pequeño milagro

El 14 de septiembre de 1990, en los Institutos Nacionales de Salud de Estados Unidos (NIH, por sus siglas en inglés), los doctores W. French Anderson, Michael Rosenberg y Kenneth Culver introdujeron células de médula espinal, tratadas por ingeniería genética, en la vena del brazo de Ashanti de Silva. De esta forma, la niña, de apenas cuatro años de edad, se convirtió en la primera paciente en recibir terapia génica. Afectada desde su tierna infancia por infecciones persistentes,Ashanti sufría de SCID debidoa que había heredado un gen defectuoso de cada uno de sus padres.


Foto: Van de Silva

Ashanti de Silva, que sufría de SCID, fue la primera paciente en recibir terapia génica.

Este gen, localizado en el cromosoma 20, normalmente da lugar a una enzima, la deaminasa de adenosina (ADA, por sus siglas en inglés), que se requiere para que el sistema inmune funcione correctamente. Afortunadamente, desde 1987 se había desarrollado una manera de fabricar esta enzima en vacas, por lo que era posible administrar a los enfermos de SCID la versión bovina de la enzima faltante. Esta enzima sustituta, al circular en el cuerpo, podía restaurar algo de la función inmune. Ayudaba, pero no era una cura; y aun con la medicina, los niños con deficiencia en ADA sufrían más infecciones que lo normal y debían ser observados con extremo cuidado

Aunque extraordinariamente rara, la deficiencia de ADA presentaba una oportunidad excelente para el primer intento de terapia génica. Como ya se dijo, esta deficiencia afecta a un solo gen, y éste, a su vez, afecta sólo a las células T y B, cruciales en las defensas inmunológicas. También era importante que los pacientes sujetos a la terapia génica pudieran continuar tomando sus medicinas. Más aún, había métodos que permitirían comparar los resultados del tratamiento usado antes de la terapia génica con los de ésta, como el conteo de células productoras de ADA, pruebas de los niveles de la respuesta inmune y estudios sobre la frecuencia de infecciones.

Los doctores del NIH sustrajeron un gran número de células T y B de la sangre de Ashanti. Posteriormente establecieron cultivos de estas células, a los cuales les agregaron agentes químicos para favorecer la división celular. En este caso, los vectores fueron virus atenuados, es decir, virus modificados que han perdido su capacidad para causar daño, a los que se les había insertado el gen normal de la ADA y que se sabía que tenían la capacidad de infectar a las células B y T, de modo que podrían transportar el gen sano. Con suerte, en algunas de estas células el nuevo gen sería integrado a su ADN, por lo que, al crecer y dividirse, las células replicarían el gen de la ADA. Los linfocitos así transformados se inyectaron en la vena del brazo de Ashanti y comenzó la espera. ¿Cuántas de las células del cultivo serían invadidas por el virus?, ¿podrían las células transformadas dividirse normalmente en el cultivo?, y si lo hicieran, ¿producirían suficiente enzima normal para restaurar la función inmune?, ¿cuáles eran los riesgos?

Más de una década después de iniciar su terapia génica, Ashanti se encuentra bien, y junto con ella otra docena de niños se han beneficiado de la terapia génica para tratar la deficiencia de ADA. Para David, el niño con el que iniciamos esta historia, desafortunadamente los hallazgos llegaron demasiado tarde. En octubre de 1983, los médicos le transplantaron médula ósea de su hermana. Luego de la operación, David fue puesto en una cámara estéril hasta ver si su cuerpo podía construir un nuevo sistema inmune. Al principio todo pareció ir bien, pero en diciembre desarrolló una infección y enfermó gravemente. Los doctores le diagnosticaron una infección incurable con el virus de Epstein-Barr. Este virus, al cual casi todos nosotros hemos sido expuestos en algún momento, usualmente sin complicaciones, entró al cuerpo de David escondido como un invasor silencioso en las células de médula donadas por su hermana. Sin defensas inmunes para contrarrestarlo, el invasor ocasionó un cáncer que sin ningún control se dispersó en las células B, produciendo un tipo de cáncer que afecta a los linfocitos llamado linfoma. David murió en enero de 1984.

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