| La
primera muerte
Jesse Gelsinger nació con una forma inusualmente benigna de deficiencia
de la ornitina transcarbamilasa (OTC), una enfermedad rara y a menudo
fatal del hígado causada por un defecto en una de las proteínas
que participan en el ciclo de la urea. Este ciclo comprende a cinco enzimas
del hígado que ayudan al cuerpo a deshacerse del amonio, compuesto
tóxico que se produce al degradar proteínas. Cuando estas
enzimas están ausentes o no llevan a cabo su función adecuadamente,
el amonio se acumula en la sangre y viaja al cerebro causando daño
cerebral, coma y la muerte. La enfermedad de Jesse era benigna porque
la mutación causante del defecto ocurrió después
de la concepción, y, por lo tanto, sólo afectó a
algunas células; las células que no estaban afectadas podían
producir la enzima faltante, aunque no en cantidades suficientes. De hecho,
su hígado era un mosaico de células normales y anormales.
A pesar de que ocasionalmente iba a dar al hospital con altos niveles
de amonio en su sangre, Jesse, que vivía en Arizona, llevaba una
vida casi normal. Sin embargo, cuando su pediatra le informó sobre
un nuevo programa de investigación en la Universidad de Pennsylvania
que ensayaba un tratamiento llevando copias del gen normal de la OTC (pegadas
a adenovirus atenuados) al hígado, se inscribió al programa.
Sentía un compromiso para ayudar a otros niños que se encontraban
mucho más seriamente afectados por otras variantes de la OTC.
Jesse recibió su terapia en la suite de radiología el 13
de septiembre, como el paciente número 18. Como sólo se
pretendía que el vector llegara a las células hepáticas,
éste se inyectaba a través de un catéter especial
insertado en la ingle y era impulsado a través de los capilares
sanguíneos hasta llegar a la arteria hepática, la fuente
principal de sangre para el hígado. Jesse enfermó unas horas
después de recibir la máxima dosis permitida en el protocolo.
Desarrolló una creciente fiebre, progresando en las siguientes
48 horas a una falla hepática aguda y fulminante seguida por falla
respiratoria. Murió cuatro días después de recibir
el tratamiento.
Los Institutos Nacionales de Salud (NIH) y la Universidad de Pennsylvania
iniciaron inmediatamente una investigación del tratamiento de Jesse,
así como de todos los otros participantes en ese protocolo clínico,
ninguno de los cuales murió o enfermó de gravedad. La muerte
de Jesse ha sido atribuida a una exagerada respuesta inmune contra el
adenovirus utilizado como vector. Los adenovirus pueden causar varias
enfermedades, como resfriado común y conjuntivitis, aunque estas
infecciones son usualmente benignas. Ante el riesgo, el NIH impuso inmediatamente
un alto a varios protocolos clínicos que utilizaban adenovirus
como vector. Durante la investigación se descubrió que el
equipo médico encargado del protocolo en el que participó
Jesse omitió informar al NIH varias irregularidades. Para empezar,
los niveles de amonio en la sangre del muchacho eran muy altos para su
admisión en el protocolo, a pesar de que eran normales cuando se
aceptó que participara (Jesse firmó su entrada al ensayo
el 22 de junio, mes en el que le hicieron las primeras pruebas clínicas,
tres meses antes del experimento). Tampoco informaron que otros pacientes,
tratados con dosis menores que la que se le administró a Jesse,
habían sufrido algún grado de daño al hígado
posterior a la aplicación de la terapia. La Universidad recibió
una amonestación por parte de las autoridades de salud, las cuales
inmediatamente dictaron medidas para evitar errores así en otros
ensayos. La muerte de Jesse, la primera resultante de la terapia génica,
recibió gran atención de la prensa, a menudo con un giro
sensacionalista, lo que contribuyó a que muchas investigaciones
como ésta se detuvieran o postergaran.

Foto:
Pomplab
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Foto: Agenda Burnett, HVAMC |
Es
difícil construir vectores virales que lleven el gen de
interés a los genomas de suficientes células del
paciente como para observar un efecto clínico positivo.
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En el Houston VA Medical Center se desarrolla una innovadora terapia
génica para hacer crecer nuevos vasos sanguíneos
en pacientes con arterias coronarias bloqueadas.
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A
10 años de distancia
En septiembre de 2000 la terapia génica somática
cumplió sus primeros 10 años de existencia, habiéndose
probado protocolos de terapia génica en poco menos de 1 500 personas.
Aún existen varias limitantes que requieren ser sorteadas, como
el hecho de que sigue siendo difícil construir vectores virales
que lleven el gen de interés a los genomas de suficientes células
del paciente como para observar un efecto clínico positivo, y
aun cuando este efecto se observe, usualmente es transitorio, porque
las células se mueren o pierden el fragmento de ADN insertado.
Sin embargo, en los últimos dos años nuevas investigaciones
han logrado avances importantes y promisorios.
Unos meses antes del tratamiento de Jesse, en el verano de 1999, una
compañía estadounidense llamada Vical anunció que
había utilizado terapia génica para tratar cáncer
de próstata, observando una reducción dramática
en el tamaño de los tumores de 12 hombres que recibieron el tratamiento.
En octubre del mismo año, el Brigham and Women’s Hospital,
de Boston, reportó que había utilizado con éxito
la terapia génica para tratar vasos sanguíneos obstruidos
en las piernas de sus pacientes y que era factible tratar obstrucciones
cardiacas. En diciembre del año pasado, científicos del
Instituto Tecnológico de Massachussets (MIT) lograron restaurar
los eritrocitos (células de la sangre que llevan oxígeno
a los tejidos) de ratones con anemia falciforme. En la anemia falciforme
el gen que produce la proteína beta globina, que a su vez forma
parte de una proteína más grande llamada hemoglobina,
está afectado, y como consecuencia los eritrocitos se deforman
y son incapaces de llevar oxígeno adecuadamente a los tejidos.
Los investigadores fueron capaces de restaurar la copia dañada
de este gen utilizando como vector un lentivirus (un tipo de retrovirus
que se caracteriza porque tiene un largo tiempo de incubación;
el HIV es un lentivirus), que se inserta en las células que dan
origen a los eritrocitos. Diez meses después del tratamiento,
más del 99% de los eritrocitos del ratón contienen la
nueva (y correcta) versión del gen, un éxito inusitado
que abre nuevas alternativas en el tratamiento. Y como éste,
muchos otros reportes muestran nuevas posibilidades para tratar padecimientos
como la diabetes, enfermedades cardiacas, cáncer y enfermedades
degenerativas como el Alzheimer, Parkinson y la distrofia muscular.
Lamentablemente, hace un par de meses, el campo de la terapia génica
sufrió de nuevo un duro golpe con el anuncio de que dos de nueve
niños aquejados de SCID, que recibían tratamiento en Francia,
desarrollaron una forma de cáncer en la sangre parecida a la
leucemia.
Son numerosas las voces que se alzan a favor y en contra de que se continúe
la investigación en este campo. Por ello, para concluir, cabe
aquí citar al Dr. French Andersen, considerado el padre de la
terapia génica: “El campo de la terapia génica ha
sido criticado por prometer mucho y dar poco en sus primeros 10 años
de existencia. Pero la terapia génica, como toda nueva tecnología,
tarda en desarrollarse y madurar. Y cada nueva tecnología, en
distintos campos del conocimiento, tiene sus fallas y decepciones. Las
esperanzas iniciales se ven frustradas por todos los ajustes y cambios
necesarios que se requieren para alcanzar el éxito. La terapia
génica alcanzará el éxito con el tiempo. Y es importante
que lo haga, ya que ninguna otra área de la medicina promete
tanto como alternativa para el tratamiento de muchas de las devastadoras
enfermedades que aquejan actualmente a la humanidad”
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