El color rojo de la sangre se debe a que la molécula de la
hemoglobina de los eritrocitos contiene un fragmento —llamado
porfirina— que reacciona ante la luz emitiendo el color rojo.
Las porfirinas cambian de color al cambiar su estructura química:
esto sucede cuando los eri-trocitos envejecen y se destruyen. En todas
estas reacciones intervienen enzimas muy específicas, cuyo
correcto funcionamiento está codificado en alguno de nuestros
genes. Es interesante hacer notar que, como en muchos padecimientos
de carácter hereditario, para que una persona sufra de porfiria
se requiere que ambos padres le hereden genes defectuosos, por ello
la porfiria es una enfermedad rara. Esta combinación genética,
en un mundo tan poblado como el nuestro, puede parecer una casualidad
difícil de cumplirse. Pero si la porfiria se presenta en poblaciones
pequeñas, altamente relacionadas por antepasados comunes como
era el caso de Transilvania, su incidencia debe ser notable. Esta
es una de las hipótesis que se han planteado para explicar
el mito de los vampiros en aquella región.
Existe más de un tipo de porfiria, y en algunas se presentan
síntomas muy interesantes para el tema que estamos tratando:
cuando la porfirina no se elimina por medio del hígado (que
es el proceso natural), se acumula en la piel y da al individuo la
apariencia de estar quemado por el Sol. Por protección, muchos
enfermos de porfiria evitan exponerse a la radiación solar.
Por otra parte, dado que la hemoglobina no procesa las porfirinas
adecuadamente, el enfermo sufrirá de anemia, por lo que en
muchos casos tendrá una apariencia demacrada. Algunas veces,
las porfirinas mal procesadas dan a los dientes una coloración
rojiza pardusca.
La idea de que la sangre es el líquido vital es muy antigua.
Un terrible ejemplo lo encontramos en Elizabeth Bartory, aristócrata
inglesa que mandó asesinar a muchas de las doncellas que vivían
cerca de su castillo para bañarse en su sangre y mantener así,
según ella, la eterna juventud.
En otro tiempo, cuando no se conocían las causas de la porfiria,
quien la padecía, débil y desesperado podía recurrir
a prácticas descabelladas para recobrar la salud. Se creía
que beber sangre fresca de animales podía devolver la vitalidad
pero como, desde luego, no es así, algunas personas pensaron
que la sangre de animales de corral no servía y que era la
de otros seres humanos lo que requerían para mejorar. Si trasladamos
todos estos síntomas al mito, encontraremos una semejanza entre
los enfermos de cierto tipo de porfiria y los supuestos vampiros.