
Micrografías electrónicas (todas a la misma escala) de
(A) virus bacteriófago T4, que infecta bacterias; (B) virus de
la papa X, que infecta plantas; (C) adenovirus, que causa enfermedad
en los seres humanos; (D) virus de la influenza, que infecta a animales
y seres humanos. |
No. 22 – Septiembre de 2002
ENTRE
LA VIDA
Y LA MUERTE
Miguel
Rubio Godoy y
Elva Escobar Briones
En
los últimos años algunos virus como los hantavirus,
el ébola y el marburgo se han convertido en protagonistas de
los medios de comunicación; han aparecido en numerosos reportajes
de televisión y en medios impresos, algunos serios, otros no
tanto, y como protagonistas en best-sellers y películas
apocalípticas de Hollywood, en los cuales los científicos
hacen denodados esfuerzos por contener el avance de estos enemigos
invisibles. Detener a los virus, según estas versiones, es
una cuestión de vida o muerte.
¿Hasta dónde es cierto?
El
término “virus” significa veneno; cuando
se comenzó a estudiarlos, se vio que eran capaces de atravesar
hasta los más delicados filtros y seguir ejerciendo su capacidad
de enfermar, como un misterioso tóxico diluido. Si durante
siglos no los descubrimos fue porque son increíblemente pequeños:
se necesitarían unos 23 000 millones de virus amontonados —más
o menos cuatro veces el número de humanos en el mundo—
para poder observarlos a simple vista. El uso de ultracentrífugas
y la microscopía electrónica develaron su misterio en
los años cuarenta, y ya en los cincuenta se sabía que
eran material genético (pueden ser moléculas de ácido
desoxiribonucleico, el ADN o ácido ribonucleico, el ARN) recubierto
de una cápsula proteica que los protege y les permite pasar
de una célula a otra. Según definamos qué es
la vida, podemos o no decir que los virus están vivos, porque
no son capaces de reproducirse por sí solos: necesitan de los
componentes, del metabolismo y del entorno de una célula (a
la que infectan) para hacerlo. Los virus tampoco tienen un metabolismo;
no necesitan alimentarse, respirar, ni excretar sustancias. Por el
contrario, pueden permanecer años en un estado de latencia,
como si fueran minerales en forma de cristal, aguardando las condiciones
apropiadas para su propagación y reproducción. Podríamos
decir que los virus se encuentran en el limbo entre la vida y la muerte.
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