Añejos adversarios

A nadie hace falta decirle que unos de los más formidables adversarios del hombre son (y han sido) los virus; para muestra bastan dos botones: la pandemia de sida y la fiebre de Lassa. Esta última parece estar vinculada a la tristemente célebre plaga de Atenas que desapareció sin dejar rastro, después de haber aniquilado a una tercera parte de la población ateniense a principios del año 430 antes de nuestra era. El almanaque que registra las muertes por virus contiene otros ejemplos más recientes e igualmente estremecedores: durante la primera Guerra Mundial, el 80% de las muertes de soldados americanos se debió principalmente a la influenza y el anecdotario asienta también que durante el oscuro año de 1878, fue la fiebre amarilla la que acabó con gran parte de los pobladores de la ciudad de Memfis, entre otros lugares. Al repasar tan notorio historial, cabe recordar la acertada definición de Peter Medawar, Premio Nobel de Medicina, para quien los virus eran “partículas de ácidos nucleicos rodeadas de malas noticias”.

Pero las malas noticias no corren de igual manera en todas partes. En la actualidad, al comparar las causas de muerte de la quinta parte del mundo más rica y la más pobre, se reconoce que 8% de las muertes en la población con más recursos se deben a infecciones y mortalidad tanto de las madres cómo de sus bebés, durante y después del embarazo y del parto, mientras que el 56% de las muertes en la población marginada son ocasionadas por enfermedades infecciosas. Esto nos lleva a poner énfasis en la importancia de la investigación básica sobre los factores que limitan las epidemias de virus a nivel mundial, especialmente ahora que los virus se mueven de manera increíblemente rápida gracias a la explosión demográfica, los viajes en avión, los éxodos masivos de población por guerras o catástrofes naturales, y la invasión de las selvas y los pantanos. Por ejemplo, un aspecto que no se ha explorado experimentalmente es el de determinar si la continuidad que se sabe existe entre los océanos y la atmósfera pudiera tener algún efecto sobre la transmisión natural de los virus.

Mucho se ha indagado acerca de los mecanismos finos de los virus, pero hay que destacar que la historia de la virología no estaría completa sin describir la política, las desigualdades económicas que la afectan, y las supersticiones evocadas por los virus y las enfermedades que causan. Quizá la pandemia de sida sea el ejemplo más elocuente: el impacto de la infección hoy en día está más influido por la capacidad económica y la apertura social de los pueblos afectados, como son las campañas informativas diseñadas para combatir la enfermedad, que por los factores únicamente atribuibles al propio VIH (virus de inmunodeficiencia humana, causante del sida). Esto definitivamente afecta los esfuerzos por combatir el mal, y por distinguir las fronteras entre la verdad médica objetiva y la percepción que cada cultura tiene de la enfermedad y cómo la enfrenta.

La contienda

Ya que los virus no están estrictamente vivos, ¿cómo se puede matarlos? Si utilizan nuestras propias células para replicarse, al querer impedirlo, ¿no estamos atacando a nuestro propio organismo? Además de estas complicaciones, los virus tienen la posibilidad de mutar, es decir, cambiar su material genético y heredar este cambio a las siguientes generaciones. Quizá para cuando el hombre o su sistema de defensa ya idearon algo para combatirlo, el adversario es diferente. Y puede ser diferente en más de un sentido, como nos ha enseñado (por la mala) el VIH. Además de que cuenta con varias e impresionantes estrategias que le permiten evadir el sistema de defensa de la persona infectada, este virus varía a tal grado, que no sólo existen distintas cepas del mismo en las diversas regiones del mundo, sino que, después de cierto tiempo, se pueden aislar distintas cepas en un paciente infectado inicialmente con una cepa única. Esto se descubrió en niños hemofílicos que recibieron transfusiones de sangre infectada con VIH y que, por su corta edad, no tenían posibilidades de volverse a infectar (a través de relaciones sexuales) por lo que era seguro que habían recibido un solo tipo de virus.


Ciclo de vida del virus bacteriófago lambda. El genoma de lambda contiene cerca de 50 000 pares de nucleótidos y codifica alrededor de 50 proteínas. Su ADN puede existir tanto en forma lineal como circular. Como se ilustra, el virus puede reproducirse dentro de la bacteria E. Coli de dos maneras: la lítica, en la que destruye el material genético de la bacteria para complementar el suyo propio, o la lisogénica, en la que se integra su material genético al de la bacteria.

Obviamente esta variabilidad es un gran obstáculo para lograr tratamientos, formas de diagnóstico y desde luego, vacunas. En nuestro país, para luchar eficazmente contra las cepas más frecuentes en México, se han establecido varios grupos de investigación. Entre otros, se podrían citar los siguientes: en terapias anti-VIH y en el cuidado de los enfermos de sida, el equipo del doctor Leopoldo Nieto en la Clínica de Sida del IMSS; en la identificación molecular de las cepas mexicanas, el grupo de la doctora Carmen Soler del INDRE, de la Secretaría de Salud; y en la búsqueda de métodos diagnósticos y vacunas eficaces y baratos, el equipo del doctor Carlos Larralde, del Instituto de Investigaciones Biomédicas de la UNAM.

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