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16 de julio de 2018
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El lado oscuro de los simios
Sergey Uryadnikov/Shutterstock

El lado oscuro de los simios

Laura V. Cuaya

A los chimpancés se les consideraba animales muy pacíficos hasta que Jane Goodall publicó un detallado registro de lo que llamó la guerra de Gombe.

En la década de 1970 la primatóloga inglesa Jane Goodall llegó al Parque Nacional de Gombe en Tanzania para estudiar la conducta de los chimpancés en su ambiente natural. Al igual que muchas personas, Goodall los consideraba seres gentiles. Sin embargo el 7 de enero de 1974 presenció un acontecimiento que transformó esa opinión. Todo comenzó cuando seis chimpancés machos y una hembra de la comunidad Kasakela patrullaban su territorio y se encontraron al chimpancé Godi, de la comunidad Kahama, comiendo fruta plácidamente (Goodall les ponía nombre a los chimpancés y a las comunidades para identificarlos más fácilmente). Al ver que el intruso estaba solo y distraído, los patrulleros de Kasakela se acercaron sigilosamente para atacarlo. Cuando Godi se dio cuenta ya era demasiado tarde y no pudo escapar. Vociferando frenéticamente, el grupo de Kasakela inmovilizó a Godi. Luego lo molieron a golpes y mordidas durante 10 minutos. Con graves heridas en la cara, una pata y el pecho, Godi se levantó con dificultad. Goodall no lo volvió a ver.

Lo más sorprendente de este suceso no fue lo alevoso del ataque, sino que Kasakela y Kahama eran ramas distintas de un grupo original: a Godi lo atacaron sus antiguos compañeros. Desde 1974 Goodall pudo identificar que Kasakela era la comunidad original y que Kahama la creó un grupo de “separatistas” que se estableció en el sur. Este grupo estaba formado por tres hembras con sus crías y seis machos: los hermanos Hugh y Charlie, Goliath, Dé, Willy Wally y el adolescente Sniff. El grupo original permaneció en el norte y siguió siendo más numeroso: 12 hembras con sus crías y ocho machos adultos. Lo que Goodall no pudo averiguar en ese entonces fue por qué se separó el grupo que se fue al sur.

LOUIS Y MARY LEAKEY

Al célebre paleoantropólogo, arqueólogo y escritor británico Louis Leakey (1903-1972) y a su esposa Mary, se les debe gran parte de la primera investigación que se realizó en el siglo XX sobre el origen africano del ser humano. Mary Leakey descubrió además, en 1958, en una zona de la isla Rusinga del Lago Victoria en Uganda, el fósil casi completo de un primate al que llamaron Procónsul, de unos 18 millones de años de antigüedad, y que se considera antecesor de los grandes primates y del ser humano. Con la intención de recrear el ambiente en el que vivió el Procónsul, Louis Leakey fundó el Centro de Investigación de Primates Tigoni para apoyar las observaciones de tres investigadoras, Jane Goodall, Dian Fossey y Biruté Galdikas (véase ¿Cómo ves?, No. 175), de chimpancés, gorilas y orangutanes en su hábitat.

Alicia García Bergua

Redes sociales

Cuatro décadas después, Joseph Feldblum, de la Universidad Duke en Carolina del Norte, y sus colaboradores volvieron a analizar las notas de campo de Goodall para estudiar la organización social de Kasakela entre 1968 y 1972 con miras a esclarecer el asunto. En la reunión anual de la Sociedad Estadounidense de Antropólogos Físicos de 2014 dieron a conocer que la separación de la comunidad no fue abrupta, sino que resultó de alianzas que los chimpancés tejieron durante años.

En investigaciones anteriores a las de Feldblum (entre ellas la de Goodall) se intentó establecer los lazos sociales entre chimpancés sólo en función del tiempo que pasaban juntos. Aunque el tiempo, en efecto, es una variable importante, Feldblum supuso que, como pasa con los humanos, los mejores amigos no siempre son los que conviven más. Además del tiempo de convivencia, Feldblum y sus colaboradores se fijaron en otras variables: ¿los individuos iban en la misma dirección?, ¿llegaban al mismo tiempo a un lugar? A través de esta nueva lente Feldblum y sus colegas detectaron tendencias de separación desde 1968, especialmente en los hermanos Hugh y Charlie, que pasaban cada vez más tiempo alejados del grupo.

En los siguientes dos años ocurrieron dos sucesos decisivos para el futuro de Kasakela: la llegada del nuevo macho alfa Humphrey en 1969 y la muerte del macho Leakey en diciembre de 1970. La dinámica social de la comunidad cambió y el proceso de separación se completó por la ausencia de Leakey, que hacía las veces de puente entre los dos grupos, y porque Humphrey no fue el líder fuerte que la comunidad necesitaba. Para 1971 las redes sociales estaban divididas y en 1972 ya podían distinguirse claramente los dos grupos.

JANE GOODALL

Observar el comportamiento de los primates en su ambiente natural revolucionó todo el conocimiento que se tenía de ellos. En el Centro de Investigación de Primates Tigoni Jane Goodall descubrió que los chimpancés tenían personalidades individuales y relaciones afectivas de la misma manera que los seres humanos; ahora se sabe que genéticamente son casi idénticos a nosotros. También observó que usaban herramientas y tenían capacidades de aprendizaje y enseñanza. Ahora no nos parece extraño que aprendan a hacer operaciones aritméticas o a usar el lenguaje de señas. Las observaciones de Goodall, realizadas en el Parque Nacional de Gombe Stream en Tanzania, han sido fundamentales para mirar también la evolución humana desde otra perspectiva.

Alicia García Bergua

Exterminio

Luego la tensa calma se rompió y la rivalidad entre estos dos grupos se convirtió en una verdadera guerra. Quizá por su juventud o por su recién ganado poder, los chimpancés de Kahama adoptaron la bravuconería como estrategia. Se paseaban por el territorio de Kasakela descaradamente, cosa que en el mundo de los chimpancés es una ofensa grave.

Tal vez por su experiencia o por ser más numerosos, los chimpancés de Kasakela optaron por el patrullaje. Patrullar es muy importante en las comunidades de chimpancés. Una vez cada siete días al menos tres individuos, casi siempre machos, exploran con gran sigilo su territorio en busca de pistas de posibles intrusos, por ejemplo herramientas abandonadas. Si se encuentran con individuos de otro grupo, comienza un “debate diplomático”. Aunque éste ocurre a gritos y con actitudes violentas, la realidad es que muchas veces sólo es fanfarronería. La diplomacia casi siempre gana y por eso el patrullaje mantiene estables los territorios de cada comunidad. Los chimpancés de Kasakela patrullaban su territorio para defenderlo, pero también para emboscar y aniquilar a los de Kahama.

La siguiente víctima fue Dé, quien desapareció un mes después de ser atacado. Luego fue el turno de uno de los individuos preferidos de Goodall: Goliath. A pesar de ser el macho más viejo del grupo, lo atacaron con la misma brutalidad que a los anteriores. Goliath también desapareció para siempre tras el ataque. Los siguientes en desaparecer fueron Hugh y Charlie, los rebeldes iniciales. Willy Wally y Sniff corrieron la misma suerte. Para 1978 toda la comunidad de Kahama había desaparecido. Espantada de la violencia del conflicto, Goodall lo llamó la guerra de Gombe.

LA GUERRA DE GOMBE

simios

HECHOS
El 7 de enero de 1974, seis chimpancés machos y una hembra de Kasakela atacan al joven macho Godi de Kahama, mientras comía fruta. A lo largo de los siguientes cuatro años los machos de Kasakela mataron a los seis chimpancés machos de Kahama; de las hembras, mataron a una, dos desaparecieron y tres, fueron golpeadas y secuestradas. Para 1978, toda la comunidad de Kahama había sido aniquilada.

Naturaleza bélica

Cuando Goodall comunicó sus hallazgos una parte de la comunidad científica se mostró escéptica. Se le criticó por antropomorfizar a los chimpancés (prestarles características humanas): ponerles nombre y luego llamar “guerra” al conflicto le daba a éste una carga emocional que estaba fuera de lugar en la ciencia. Habría sido preferible decir “conflicto intergrupal” o “violencia letal”, términos más neutrales. El problema del antropomorfismo es que puede sesgar a quien investiga la conducta animal. Sin embargo el primatólogo holandés Frans de Waal advierte que por tratar de evitar el antropoformismo se puede caer en el sesgo contrario: la “antroponegación”, que es el rechazo a que existan características comunes entre los humanos y el resto de los animales.

Otra gran controversia giró en torno a saber si la guerra de Gombe fue un acontecimiento natural o si lo propició en alguna medida la estación de distribución de plátanos que Goodall había instalado para ganarse la confianza de los chimpancés y poder observar mejor su conducta. El asunto se zanjó en 2004, cuando se reportaron cuatro nuevos ataques en la comunidad Kasakela que ocurrieron entre 1993 y 2002.

Además, en 2014 la revista Nature publicó una investigación realizada por 30 científicos de 25 instituciones de varios países en la que se analizó si los ataques letales entre chimpancés resultaban de la interferencia humana (por ejemplo darles alimento) o eran parte de la naturaleza de estos animales, una estrategia adaptativa. Los investigadores analizaron 18 comunidades y encontraron 152 muertes, dos tercios de las cuales las perpetraron machos de un grupo rival. Los investigadores no hallaron relación entre la violencia en las comunidades y la actividad humana, lo que parece indicar que los ataques letales entre chimpancés son un comportamiento natural que reduce la competencia por recursos y expande el territorio del grupo.

El amor y la guerra, oxitocina 

La hormona oxitocina tradicionalmente se ha asociado con el amor y también se sabe que una de sus funciones es fortalecer los lazos sociales entre individuos no relacionados genéticamente (véase ¿Cómo ves?, No. 133). Esta hormona se produce en abundancia cuando una madre amamanta a su bebé y cuando dos personas están perdidamente enamoradas. En la vida de los chimpancés la oxitocina se produce durante el ritual del acicalamiento y contribuye a estrechar relaciones sociales y a reforzar alianzas políticas. Es una ironía que la guerra sólo sea posible si hay lazos sociales fuertes, consolidados por la hormona del amor, para que sus integrantes cooperen en la agresión contra otro grupo.

Con el objetivo de entender mejor la relación entre la oxitocina y la agresión en chimpancés, Liran Samunia reunió a un grupo de científicos del Instituto Max Planck de Antropología Evolutiva y del Centro Suizo de Investigación Científica. Entre octubre de 2013 y mayo de 2015 los investigadores siguieron a dos grupos de chimpancés en el Parque Nacional Taï, en Costa de Marfil, y recolectaron la orina de cada individuo en diferentes actividades. Después de analizarla, encontraron que el nivel de oxitocina era casi del doble antes de salir a patrullar y durante conflictos con otro grupo en comparación con cuando estaban solos, durante el acicalamiento, la cacería en grupo y al compartir comida. Lo que los investigadores sugirieron cuando publicaron los resultados en 2016 es que antes del patrullaje la oxitocina refuerza los lazos sociales y durante un conflicto reduce la ansiedad y facilita la coordinación del grupo.

Diplomacia

Aun así, las guerras entre comunidades de chimpancés no son comunes. Frans de Waal ha observado que después de un conflicto los chimpancés se reconcilian con un beso y otros tipos de contacto corporal, y que la probabilidad de reconciliación aumenta cuando los monos tienen una relación social. La diplomacia es muy importante para los primates porque vivir en sociedad tiene grandes beneficios mientras que los conflictos dañan las relaciones sociales y al grupo entero.

En el caso de la guerra de Gombe la diplomacia fracasó. La muerte de Leakey fue el detonante y la debilidad de Humphrey empeoró la situación. Un líder con más experiencia quizá podría haber evitado que los hermanos Hugh y Charlie se apartaran cada vez más de la comunidad. Las alianzas entre los chimpancés se fueron desgastando poco a poco. Por ejemplo, aun cuando ya había una clara división de las comunidades, a veces Mike y Rodolf, de Kasakela, se paseaban con Goliath, de Kahama. En ese momento eran los tres chimpancés más viejos de ambas comunidades y su amistad posiblemente mantuvo las hostilidades a raya al menos por un tiempo. Una vez iniciada la guerra cesaron esos paseos.

No hay registros históricos de las comunidades de chimpancés para averiguar si las guerras son comunes, pero podemos recurrir a registros genéticos. Si las guerras fueran frecuentes sería poco probable que las familias vivieran por generaciones en la misma comunidad. Con el objetivo de calcular la antigüedad de ocho comunidades de chimpancés en África Oriental, Kevin Langergraber y un grupo internacional de colaboradores analizaron variaciones genéticas heredadas en 273 chimpancés. Los investigadores estudiaron sólo chimpancés machos porque los machos tienden a permanecer toda su vida en el grupo en el que nacieron, mientras que las hembras emigran a otras comunidades cuando alcanzan la madurez sexual. Los resultados, publicados en 2014 en la revista Journal of Human Evolution, mostraron que las comunidades surgieron en promedio hace 553 años. O sea que las familias han sido parte del mismo grupo por más de 10 generaciones. Este estudio muestra que las comunidades de chimpancés tienden a ser estables por largos periodos. Los autores creen que la separación de un grupo ocurre cuando los costos de vivir en comunidad superan los beneficios. La diplomacia entre los chimpancés actúa principalmente a través de alianzas a largo plazo y reconciliaciones inmediatas.

Posguerra

Con la aniquilación de la tribu Kahama, los chimpancés añadieron 15 kilómetros cuadrados a su territorio... por un tiempo. Tras cuatro años de guerra, la comunidad de Kasakela terminó debilitada, lo que no pasó inadvertido para sus vecinos. La comunidad de Kalanda inició un conflicto contra los de Kasakela por el nuevo territorio. Desaparecieron los chimpancés Sherry y Humphrey. La debilitada Kasakela se retiró del conflicto cediendo casi todo el territorio ganado. La comunidad de Mitumba también aprovechó para expandir sus territorios. Como la comunidad de Kasakela no podía enfrentar este conflicto, de nuevo cedió parte de su territorio. Para no perderlo totalmente los chimpancés de Kasakela tuvieron que hacer gala de ingenio. “Cuando estés debilitado, aparenta fuerza”, aconsejaba el estratega militar chino Sun Tzu en El arte de la guerra. Como si lo hubieran leído, los chimpancés de Kasakela integraron a sus patrullas a machos demasiado jóvenes para defender el territorio, pero listos para fingir fuerza. Así lograron engañar a sus vecinos, que creyeron que esas patrullas eran de una comunidad fuerte y desistieron de nuevos ataques. Tras la guerra de Gombe los chimpancés de Kasakela apenas tenían territorio suficiente para vivir, pero al menos habían sobrevivido. Lado oscuro Las investigaciones continúan décadas después de la guerra de Gombe. Éste es un excelente ejemplo de cómo se construye el conocimiento científico: una observación única se toma con cautela. Se plantean hipótesis y distintos equipos de investigación realizan nuevas observaciones. Finalmente se integran los resultados y se generan nuevas preguntas.

La guerra de Gombe, como quizá todas las guerras, es una acumulación de contradicciones. Los conflictos entre grupos de chimpancés son posibles gracias a la capacidad de cooperación. Si los individuos no tuvieran la capacidad de coordinarse y formar alianzas con otros individuos, no habría guerra. Los chimpancés pueden aniquilar a otro grupo al tiempo que protegen al propio. Una comunidad que es fuerte antes de hacer la guerra termina vulnerable en la posguerra.

La guerra de Gombe le mostró a Jane Goodall el lado oscuro de los chimpancés. Antes de la guerra la investigadora creía que los chimpancés eran pacíficos pese a parecerse a los humanos. Presenciar semejante violencia transformó su visión inicial. Durante años Goodall tuvo pesadillas en las que veía escenas de los ataques. Finalmente aceptó que los conflictos forman parte de las comunidades de chimpancés. Como ella misma dijo, no tenía caso negar los hechos. Lo que hoy sabemos de los chimpancés nos muestra que nuestras capacidades cognitivas tienen una historia evolutiva y nos recuerda la unión que hay entre diferentes especies.

Más información

  • Ruiz Pérez, María Carmen, Jane Goodall: la amiga de los chimpancés, El Rompecabezas, España, 2010.
  • Ávila Isáis, María Renata, Revista electrónica de Biología, BIOZ, “Etología de chimpancés”, Universidad Autónoma de Zacatecas, México, 2016.

 

Laura V. Cuaya es psicóloga y doctora en ciencias biomédicas. Actualmente realiza una estancia posdoctoral en la Universidad Eötvös Loránd, donde estudia la neuroetología de la comunicación.

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