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20 de octubre de 2018
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El cerdo no tiene la culpa
Foto: José Antonio López

El cerdo no tiene la culpa

Laura Vargas-Parada y Juan Pedro Laclette

La cisticercosis es una enfermedad altamente contagiosa y muy peligrosa que puede evitarse fácilmente. Descubre quién es el verdadero culpable.

Era ya tarde y Pepe se apresuraba a regresar a casa. Sentía el hormigueo del hambre y ya cerca de la estación del metro no pudo más, sucumbió ante unos tacos de carnitas en uno de los muchos puestos callejeros. Su primer error fue consumir carne de cerdo de procedencia dudosa, que probablemente no fue revisada por el control sanitario de la Secretaría de Salud. Con el hambre, a Pepe no le importó que la carne no estuviera apropiadamente cocida, segundo error. Dentro de ella, varias decenas de pequeñas vesículas ovaladas y traslúcidas (visibles a simple vista si se les sabe buscar) se mantienen a la espera, atentas al momento y señales químicas adecuadas para liberar su peligroso contenido: la larva de un gusano parásito llamado Taenia solium. A estas larvas llamadas cisticercos, también se les conoce en algunos estados de la República como "granillo", "granizo" "tomatillo" "zahuate", "alegría" o 2ladilla", y se encuentran en la carne de cerdos infectados por T. solium.

Todo por unos tacos

El viaje del cisticerco comienza en la boca de Pepe, donde al masticar libera a varios de ellos de entre los restos de carne, tragándolos junto con la comida. Al pasar por el estómago y llegar a la primera porción del intestino delgado, las enzimas gástricas e intestinales, así como las sales biliares, permiten al cisticerco deshacerse de su envoltura para poder fijarse en la pared del intestino delgado, usando para ello cuatro ventosas adhesivas y una corona de ganchillos que se encuentran en su cabeza o escólex. Una vez anclado, crece y madura hasta convertirse en un gusano adulto aplanado y segmentado llamado tenia o solitaria. La solitaria puede llegar a medir entre 1.5 y cuatro metros de longitud y tener más de 100 segmentos. La infección intestinal, también conocida como teniasis, a veces produce síntomas leves como dolor estomacal, náusea, malestar general, pérdida de peso, dolor de cabeza y mareos. Estas molestias normalmente se toleran sin mayor dificultad por lo que la solitaria puede sobrevivir durante años en el intestino del individuo. Sólo el ser humano puede alojar al gusano adulto de T. solium, es decir, es el único hospedero definitivo.

Como la solitaria es hermafrodita, esto es, posee a la vez órganos sexuales masculinos y femeninos, una vez que madura se autofecunda para producir huevecillos que serán liberados en las heces fecales de Pepe. Una tenia adulta puede liberar varias decenas de miles de huevecillos diariamente.

Cisticercosis, el verdadero Peligro

Como en sí misma la solitaria no causa grandes problemas médicos, el portador del gusano adulto, en este caso Pepe, ignora por completo el hecho de que está infectado. Sin embargo, los portadores de solitarias adultas son extremadamente peligrosos puesto que pueden causar en otros individuos o incluso en sí mismos una enfermedad severa y peligrosa llamada cisticercosis.

La cisticercosis se adquiere por la ingestión de huevecillos de T. solium excretados en las heces de los portadores de la solitaria (parásito adulto), y al ser ingeridos, cada huevecillo tiene el potencial de convertirse en un cisticerco.

El fecalismo al aire libre, frecuente en comunidades rurales carentes de servicios sanitarios básicos, permite que la materia fecal se mantenga expuesta en el exterior. En las grandes ciudades no estamos exentos, se calcula que en el área metropolitana de la Ciudad de México ocurren diariamente más de 200 000 defecaciones al aire libre. En las comunidades rurales es común que los cerdos lleven a cabo una labor de limpieza aprovechando las heces fecales que encuentran en el exterior como parte de su alimentación, completando así el ciclo de vida del parásito. En el cerdo, los huevecillos viajan por el tracto digestivo y al llegar al estómago son liberados de su capa protectora llamada oncosfera, por las mismas enzimas y sales biliares que hicieron lo suyo con el cisticerco. Sin embargo, en esta ocasión el embrión que sale del huevecillo no se alojará en el intestino, por el contrario, penetrará a través del intestino en el torrente sanguíneo, iniciando un viaje sin retorno hacia algún tejido del huésped. Durante este viaje madurará y se convertirá en cisticerco.

Ocasionalmente los huevecillos pueden llegar a ser ingeridos por los seres humanos. La materia fecal, producto del fecalismo al aire libre, puede ser transportada por el aire o por las moscas, contaminando los alimentos y agua que se crucen en su camino. Los alimentos también pueden contaminarse con huevecillos cuando los sembradíos (berros, lechuga, cilantro, papas, zanahorias, fresas) se riegan con aguas negras o cuando heces fecales humanas son utilizadas como fertilizantes directos. Otra forma de infectarse es la convivencia con un individuo teniásico. Justo lo que le pasó a María, la esposa de Pepe. Frecuentemente, Pepe olvida lavarse las manos después de ir al baño, dejando partículas microscópicas de heces fecales conteniendo huevecillos, entre sus uñas y manos. De esta manera Pepe contamina no sólo lo que toca o a quienes saluda de mano, sino que también puede contaminar a su esposa o a sus hijos cuando los sábados les prepara el desayuno. Así fue como María, su esposa, ingirió los huevecillos de T. solium un sábado por la mañana, cambiando drásticamente la vida de la familia.

Al igual que en el cerdo, los huevecillos de la solitaria viajan por el tracto digestivo y una vez en el estómago penetran a través de la pared intestinal hacia el torrente sanguíneo. Los síntomas en el hombre pueden aparecer en un tiempo variable, inclusive años después de la ingestión de los huevecillos. Las manifestaciones clínicas son muy diversas y varían dependiendo de dónde se localice la larva (músculos, ojos, corazón, cerebro). Hay individuos que no presentan síntomas, mientras que otros sufren problemas neurológicos (cuando el cisticerco se aloja en el cerebro), como dolor de cabeza, convulsiones, epilepsia, hipertensión, encefalitis o meningitis.

La cisticercosis es una enfermedad frecuente en México y en otros países de Latinoamérica, África y Asia, donde el consumo de carne de cerdo es habitual y los hábitos higiénicos son deficientes.

Un tortuoso camino

Después de ingerir los huevecillos pasarían varios meses antes de que María manifestara los primeros síntomas. Primero fueron dolores de cabeza que con el tiempo se volvieron más frecuentes e intensos. Más adelante, comenzaron a ocurrirle cosas raras. Sin previo aviso, percibía "luces", ruidos u olores y su jefe insistía en que dejara de "soñar despierta". Ante la amenaza de ser despedida, decidió ir al médico. Después de examinarla, el médico general decidió enviarla a un especialista explicándole que sus síntomas coincidían con los de una variante de la epilepsia.

Con la información que María le proporcionó al médico, éste concluyó que sus síntomas podrían deberse a la epilepsia "pequeño mal" (véase recuadro), y le explicó que en algunos casos, pueden presentarse diariamente centenares de ataques del pequeño mal, de muy corta duración. Como consecuencia, aquellos que la sufren experimentan la pérdida periódica de la atención con una consecuente disminución de la productividad en el trabajo. Debido a que las causas de la epilepsia son muy diversas, incluyendo lesiones cerebrales, tumores, abscesos, e infecciones (algunas características de la niñez, como paperas, tosferina y sarampión), el médico decidió enviar a María con un neurólogo, el especialista en las enfermedades del cerebro.

Una visita al hospital

Pepe acompañó a María al hospital, donde le realizaron varias pruebas para determinar la causa de su malestar. Se le practicaron pruebas de tomografía computarizada (TC) y de resonancia magnética (RM). Con ambos estudios se puso en evidencia la causa de la enfermedad de María, un par de masas blanquecinas, pequeñas y densas, que el médico identificó como cisticercos. La TC y la RM son pruebas claves en el diagnóstico de la neurocisticercosis (nombre que se le da a la cisticercosis cerebral) y de muchas otras enfermedades neurológicas. Cuando es posible, ambas pruebas se practican a los pacientes. La TC permite visualizar formas activas e inactivas de la neurocisticercosis, haciendo posible la localización precisa del o de los cisticercos en el cerebro. La RM produce una imagen más detallada de las lesiones, con la cual se puede evaluar con más precisión la reacción inflamatoria alrededor del parásito. Por su alta resolución y contraste permite detectar cisticercos que no son visualizados por la TC, aunque es incapaz de detectar los pequeños granulomas y zonas calcificadas observables por esa prueba.

El médico les explicó a María y a Pepe que la neurocisticercosis es la forma más frecuente y severa de la enfermedad en Latinoamérica. Sin embargo, muchos casos (30- 40%) no presentan síntomas y por lo tanto no reciben tratamiento. Cuando hay síntomas, los más comunes son el dolor de cabeza, ataques epilépticos, hipertensión intracraneal (aumento de la presión del fluido cerebroespinal en el cerebro) o demencia. La variabilidad en los síntomas depende de la localización, tamaño y número de los cisticercos que se encuentran en un paciente, así como de factores propios del enfermo (respuesta inmune y reacción inflamatoria). El síntoma más común es la epilepsia, como le ocurrió a María.

Un asunto de familia

María no podía comprender cómo había contraído la neurocisticercosis puesto que ella siempre se lava las manos, desinfecta frutas y verduras y no come en la calle. El médico le explicó que era posible que alguien en la familia fuera teniásico y ordenó unos exámenes coproparasitoscópicos para todos los miembros de la familia. Para hacer un examen de este tipo, se requiere llevar muestras de heces fecales durante tres días al hospital. En el laboratorio un técnico especializado revisa las muestras en busca de segmentos o huevecillos de Taenia.

Fue una odisea llevar tres días seguidos las muestras de heces fecales de toda la familia al laboratorio del hospital. Pocos días después, el médico los llamó con los resultados del análisis. Como había sospechado, les dijo, hay un teniásico en la familia: Pepe. Después de analizar el caso, el médico llegó a la conclusión de que probablemente Pepe había adquirido la infección con la solitaria por ingerir carne contaminada en alguno de los muchos puestos callejeros que él solía visitar. Sin embargo, le hizo ver que el riesgo más grave fue para su familia, por su mala costumbre de no lavarse las manos después de ir al baño y antes de preparar los alimentos.

Cisticercosis y epilepsia

En México, la neurocisticercosis es la causa más frecuente de epilepsia en pacientes neurológicos.

La epilepsia es un trastorno caracterizado por ataques periódicos, recurrentes y breves, ocasionados por la descarga eléctrica anormal e irregular de millones de neuronas encefálicas. La forma más conocida o epilepsia "gran mal" se inicia como resultado de un gran número de descargas eléctricas que viajan por las áreas motoras y se diseminan a otras áreas en el encéfalo. La persona se desvanece y presenta contracciones involuntarias de los músculos esqueléticos. El estado de desvanecimiento y las convulsiones duran unos minutos y a continuación los músculos se relajan y la persona recupera la conciencia. Muchos epilépticos sufren ataques que se limitan a una o varias pequeñas áreas del cerebro, como en el caso de la llamada epilepsia "pequeño mal". Los ataques del pequeño mal se caracterizan por ser cortos. La persona suele desvanecerse durante cinco a treinta segundos, pero no sufre la pérdida del control motor que es típica del ataque convulsivo del gran mal. Por el contrario, el individuo tiene aspecto de "soñar despierto".

El tratamiento de María

Para aliviar o disminuir los ataques epilépticos, le administraron medicamentos a María. El especialista le explicó que hace algunos años el tratamiento de la neurocisticercosis dependía casi exclusivamente de la extracción quirúrgica del cisticerco, y esto sólo cuando el parásito se encontrara alojado en un lugar accesible a la cirugía. Afortunadamente, ahora existen dos medicamentos: el praziquantel y el albendazol. En México, la terapia generalmente se inicia con albendazol. Alrededor de un 85% de los cisticercos en el parénquima cerebral son destruidos con una sola dosis de albendazol, aproximadamente 75% por una sola dosis de praziquantel y más del 95% con el uso secuencial de uno de los fármacos seguido del otro. El principal problema con el tratamiento medicamentoso de la neurocisticercosis es el aumento en la reacción inflamatoria alrededor del cisticerco, que en algunos casos puede causar la muerte del paciente. Por ello, el control de la reacción inflamatoria es primordial. María recibió primero una dosis de albendazol, seguida de otra de praziquantel y para evitar una desagradable reacción inflamatoria, se le administraron drogas anti inflamatorias (corticoesteroides). El médico le explicó que la dosis y la duración del tratamiento tanto de los fármacos anti cisticerco como de los anti inflamatorios, depende del número y localización del parásito y de la reacción de cada paciente. Después de varias semanas de tratamiento y seguimiento, María dejó de mostrar los síntomas, comenzó a sentirse mejor y recuperó su vida normal.

Más vale prevenir que lamentar

Después de esta terrible experiencia, Pepe decidió informarse sobre las medidas para prevenir ésta y otras enfermedades transmitidas por huevecillos y quistes en las heces fecales. Descubrió que una serie de cuidados sencillos hacen la diferencia: lavarse las manos antes y después de ir al baño, y lavar y desinfectar perfectamente frutas y verduras, sobre todo aquellas que crecen a ras de suelo y por lo tanto son más susceptibles de contaminarse con heces fecales. Con estas simples medidas se evita la ingestión de los temibles quistes y huevecillos de parásitos, previniendo no sólo la cisticercosis sino también muchas otras enfermedades como amibiasis, giardiasis, ascariasis y la tricocefalosis.

Con respecto a la carne de cerdo, la investigación de Pepe resultó muy interesante. Si la carne se corta en trozos pequeños y se fríe en aceite hirviente, la temperatura es suficiente para inactivar y destruir a los cisticercos que pudieran encontrarse en ella. Pero si la carne no se cuece suficientemente, o en trozos tan grandes que el calor no penetra uniformemente al interior, entonces algunos cisticercos pueden sobrevivir. Pepe también se encontró con que el frío es otro enemigo de este temible parásito: si la carne de cerdo y las fresas se congelan adecuadamente por varios días a una temperatura de -20o C, durante el proceso de descongelamiento se destruyen tanto larvas como huevecillos.

En México aún se utilizan métodos rústicos para el mantenimiento de los cerdos en muchas comunidades rurales y frecuentemente la carne se consume cocida de manera insuficiente. En estas comunidades los cerdos son pobremente alimentados y no se les confina en corrales, permitiendo que merodeen en busca de alimento. Esto, en combinación con la práctica generalizada del fecalismo al aire libre, ocasiona que los cerdos terminen ingiriendo heces fecales, algunas de las cuales pueden estar contaminadas con huevecillos de T. solium. En condiciones de pobreza extrema, se alimenta a los cerdos deliberadamente con heces.

Mejores condiciones higiénicas, drenajes adecuados y una cocción adecuada de la carne ayudan a prevenir la cisticercosis. Pepe se asombró al enterarse que esta enfermedad era común en la Alemania de finales del siglo pasado y de cómo se erradicó mediante el establecimiento de una rigurosa inspección veterinaria en todos los cerdos sacrificados.

La situación suele ser diferente en las grandes ciudades. En estas zonas, el control sanitario y la inspección de la carne suele ser extenso y estricto, obligando a los productores de carne a cumplir con todas las normas necesarias de sanidad. La carne de cerdo que se vende en centros comerciales y expendios de carne autorizados es por lo tanto segura para su consumo. Sin embargo, aún en las grandes urbes debe tenerse cuidado con el origen de la carne. Existe venta clandestina que no pasa ninguna inspección sanitaria; la carne que se expende en puestos callejeros clandestinos constituye un riesgo que debemos tener en mente.

Al principio Pepe se negaba a comer cualquier cosa que contuviera carne de cerdo. Sin embargo, después de su extensa investigación concluyó que la prevención depende de uno mismo; de los hábitos higiénicos. La carne de cerdo será segura siempre y cuando se consuma en lugares que cumplan con las normas sanitarias. Decidió olvidar los tacos callejeros y concluyó que el cerdo no tiene la culpa.

Laura Vargas-Parada es maestra en investigación biomédica en enfermedades infecciosas por la Escuela de Medicina Tropical de Londres. Actualmente trabaja en el Instituto de Investigaciones Biomédicas de la UNAM.

Juan Pedro Laclette estudió el doctorado en el Instituto de Investigaciones Biomédicas de la UNAM, el cual dirige actualmente, y realizó un posdoctorado en la Escuela de Salud Pública de la Universidad de Harvard. Ha dedicado casi 20 años al estudio de la cisticercosis humana y porcina.

 
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