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26 de febrero de 2017
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Ojo de mosca

No. 104 Ciencia y libertad

“La verdad os hará libres”, dice la conocida frase. Y si bien la ciencia no ofrece verdades, sino conocimiento confiable (siempre sujeto a revisiones, pero útil para resolver los problemas que preocupan a los científicos), sí se puede afirmar que el conocimiento científico ayuda a hacernos más libres.

Pero tal conclusión no es evidente. Hay quien opina que la ciencia disminuye nuestra libertad, nos esclaviza.

Las razones son varias. Por una parte, la asfixiante tecnología moderna, producto directo del conocimiento científico, es parte cada día más inseparable de nuestra vida cotidiana. En un sentido muy real, los ciudadanos del siglo XXI somos esclavos de nuestros automóviles, televisores y teléfonos celulares; del correo electrónico, las tarjetas de crédito y las cámaras de TV que nos vigilan…

Pero aunque lo anterior es cierto, también lo es que la tecnología nos permite hoy hacer cosas que hasta hace poco resultaban imposibles. Viajar de un continente a otro en sólo unas horas, comunicarnos instantáneamente mediante voz o imágenes con alguien al otro lado del mundo, colocar robots en la superficie de otro planeta para que lo recorran y nos informen de sus hallazgos… Y, claro, por molesta que resulte, la tecnología también nos permite tener seguridad en espacios amenazados por la delincuencia, como calles, casas y aeropuertos.

Se dice que otra forma en que la ciencia nos quita libertad es al proporcionar explicaciones de fenómenos que hasta hace poco eran misteriosos. Enigmas como el funcionamiento del cosmos, primero, y luego de la evolución, la herencia y próximamente quizá de la conciencia —clave de lo que nos hace humanos— han sido o están siendo resueltos por la ciencia.

Este mayor conocimiento limita y reduce el campo de lo posible. La ciencia nos va revelando que cosas que antes creíamos factibles son en realidad imposibles. Hoy sabemos que no pueden existir pegasos ni unicornios; que los hechizos no curan ni atraen al ser amado; que los eclipses no causan malformaciones congénitas, y que la telepatía o los fantasmas son sólo fantasías útiles para películas de terror o novelas de ciencia ficción.

En cierta forma, al separar lo posible de lo imposible la ciencia pareciera quitarnos libertad. Hoy nuestra imaginación es menos libre de volar por donde quiera.

Pero a cambio, esta pérdida de libertad nos acerca más a la realidad. Como el niño que aprende que no puede ser hechicero, pero quizá sí astronauta, la ciencia nos ayuda a engañarnos menos. Gracias a ella, somos menos crédulos. Y por ello, a pesar de todo, más libres.

 

Martín Bonfil Olivera

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