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25 de febrero de 2017
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Ojo de mosca

No. 128 Tabaco

El conocimiento científico sirve, entre otras cosas, para tomar decisiones informadas y con alta probabilidad de resultar acertadas. La ciencia, consecuencia natural —aunque no inevitable— del desarrollo cerebral de nuestra especie, es una herramienta de supervivencia.

Pero la naturaleza humana no es sólo racional; hay otros factores que participan en las decisiones que tomamos cada día, y que a veces nos llevan a realizar acciones que van en contra de toda lógica… y de nuestro propio bienestar.

Un buen ejemplo es el tabaquismo. Las plantas del género Nicotiana ya eran cultivadas por los antiguos habitantes de América hace unos 6 000. Su uso se popularizó en el mundo a partir de 1559, cuando el francés Jean Nicot (a quien la planta y su componente activo deben su nombre) envió hojas de tabaco a la reina Catalina de Medici como remedio para sus dolores de cabeza. Actualmente se calcula que unos 1 220 millones de personas fuman en el mundo.

La evidencia científica de que este hábito es dañino es apabullante. Se sabe, gracias a investigaciones de la década de 1950, y confirmadas en los años 80, que el consumo de tabaco causa una serie de enfermedades: destaca el cáncer de pulmón, pero también están el enfisema, el riesgo de ataques cardiacos y obstrucción coronaria, la arterioesclerosis y el muy agresivo cáncer de boca y garganta.

Estos efectos se deben principalmente a sustancias que se forman durante la combustión del tabaco, entre ellas agentes cancerígenos como benzopireno, acroleína y nitrosaminas, pero se sabe que la planta, por sus características particulares, puede incluso acumular compuestos radiactivos como plomo-210 y polonio-210 en cantidades que ponen en riesgo la salud.

¿Por qué, entonces, hay tantos fumadores? En parte porque la nicotina tiene efectos estimulantes: acelera el corazón, aumenta la atención y reduce el tiempo de reacción. En las neuronas cerebrales hay moléculas receptoras para un neurotransmisor llamado acetilcolina, que producen los efectos mencionados. La nicotina se une a esos mismos receptores y permite obtener la respuesta estimulante a voluntad (y fumar es una excelente vía de administración: desde los pulmones la nicotina pasa a la sangre y tarda sólo 10 segundos en llegar al cerebro).

Además, la nicotina promueve la liberación de endorfinas y dopamina, que producen sensación de placer y contribuyen a causar adicción (reforzada por las campañas de las compañías tabacaleras, diseñadas para asociar el tabaquismo con valores como la belleza o el atractivo sexual).

Cada año hay en el mundo unos cinco millones de muertes debidas al tabaco, 70% de ellas en países en desarrollo. Sabiendo todo esto, ¿por qué sigue habiendo fumadores?

Queda claro que el conocimiento científico no basta para cambiar la conducta, aun cuando la vida esté de por medio.

comentarios: mbonfil@servidor.unam.mx

 

Martín Bonfil Olivera

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