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22 de octubre de 2017
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Ojo de mosca

No. 159 La incredulidad darwiniana

Según el filósofo Daniel Dennett, la tendencia que tenemos los seres humanos a atribuir intenciones —inteligencia— no sólo a nuestros congéneres, sino a otros seres vivos e incluso a objetos inanimados es una estrategia de supervivencia biológica que forma la semilla de las creencias religiosas.

Los humanos tendemos a pensar que las cosas ocurren por algo; que cuando algo sucede, hay algún tipo de proyecto o inteligencia detrás de ello. Por eso, para explicar las sorprendentes adaptaciones de los seres vivos a su medio, la respuesta más natural, más intuitivamente correcta, es que un creador los diseñó de manera deliberada, con ciertos fines en mente.

En 1802 el filósofo inglés Willam Paley publicó el libro Teología natural, donde utilizaba el "argumento del diseño" o "analogía del relojero": si para que exista un reloj tiene que haber un relojero, con mayor razón el asombroso diseño de los seres vivos muestra que deben ser producto de la actividad de un creador con poderes divinos.

Pero en 1859 Charles Darwin postuló un principio que permitía explicar ese mismo diseño sin recurrir a lo sobrenatural: la evolución gradual por medio de la selección natural. La idea es tan antiintuitiva —al menos al principio— que aún hoy, 152 años después, sigue habiendo quien se resiste a aceptarla (e incluso a entenderla), y se siguen ofreciendo argumentos para defender el origen divino de la complejidad biológica.

Una versión moderna y frecuentemente usada del argumento de Paley es el ejemplo del remolino que pasa por un terreno donde hay piezas regadas al azar y arma un aeroplano: algo patentemente absurdo. Otros intentos son citar la perfección de algún órgano —por ejemplo el ojo humano— para argüir que no podría haber evolucionado de manera gradual, puesto que un órgano a medias no confiere ventaja evolutiva (hoy se conocen las etapas de la evolución del ojo, y cada una de ellas proporcionaba alguna ventaja a su poseedor).

La versión más moderna del argumento del diseño es el llamado "diseño inteligente", que acepta que los órganos de los seres vivos pudieron evolucionar, pero insiste en que ciertas estructuras subcelulares de gran complejidad, como el alargado flagelo que permite que las bacterias naden, pues gira como una hélice, no pudo evolucionar: tuvo que ser producto de un creador. Hay amplia evidencia de que no es así. Pero para quienes prefieren las explicaciones sobrenaturales a las científicas, no hay argumento convincente.

Una de las características de la ciencia es que descubre que las cosas no son como creemos. Por eso, dejarse guiar por la intuición para entender la naturaleza muchas veces es engañoso.

comentarios: mbonfil@unam.mx

 

Martín Bonfil Olivera

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