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25 de febrero de 2017
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Ojo de mosca

No. 35 Lo deprimente de la ciencia

Aveces es deprimente considerar las formas en que el conocimiento científico puede aplicarse para hacer el mal. Basta pensar en las consecuencias desastrosas que ha tenido el mal uso de algunos descubrimientos científicos o —más frecuentemente— ciertos desarrollos tecnológicos. Bombas atómicas, contaminación ambiental, armas químicas —mucho más crueles que las convencionales, y mucho más ingeniosas— e incluso el desarrollo de armas biológicas, que está aún en su infancia.

Todo este potencial destructivo, sin embargo, no es una consecuencia necesaria del desarrollo científico: una sociedad que tenga una buena cultura científica debería ser capaz de responsabilizarse del buen uso del conocimiento, de modo que muchas de estas amenazas podrían mantenerse bajo control.

Hay otro ámbito en el cual la ciencia es “destructiva”, pero de un modo distinto y más sutil: se trata de la desagradable tendencia que tiene a demoler los mitos que los seres humanos construimos para mantenernos cómodos y seguros.

Hoy la ciencia nos ha mostrado que no sólo no somos el centro del Universo, ni los reyes de la creación, sino que somos animales no muy diferentes al resto de los seres vivos, que estamos hechos de la misma materia que las rocas y los árboles, y finalmente que lo que nos distingue, nuestra poderosa mente consciente, no es una esencia misteriosa y separada del cuerpo físico, sino el producto de un cerebro material. Hasta donde hemos podido averiguar, no se necesita de nada inmaterial o sobrenatural para convertirnos en seres humanos únicos, valiosos y dignos de ser respetados.

En uno de los pasajes más deprimentes en la historia de la ciencia, el biólogo francés Jacques Monod escribió, al final de su famoso libro El azar y la necesidad: “La antigua alianza está ya rota; el hombre sabe al fin que está solo en la inmensidad indiferente del universo de donde ha emergido por azar.”

Esta visión desoladora puede sonar realmente lúgubre: las verdades de la ciencia nos hacen sentir desprotegidos, pero no deben descorazonarnos. A nadie le gusta que le digan sus verdades si éstas son desagradables. Pero a cambio de ello, la visión que nos revela la ciencia acerca del Universo y de nosotros mismos nos obliga a ser más responsables y maduros: a ser adultos. Y este proceso, aunque a veces duela, es necesario... ¿O queremos seguir siendo niños?

Comentarios: mbonfil@servidor.unam.mx

 

Martín Bonfil Olivera

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