Las inundaciones a ras de tierra
Naxhelli Ruiz Rivera
Foto: Shutterstock
Ingenio antiguo
Hace 2 200 años, en una población del occidente de China al pie de la meseta del Tíbet, gobernaba un rey de nombre Zhao. En su reino, llamado Qin, la tierra era fértil y podían producirse muchos alimentos de manera constante, una gran bendición en esa época. Pero tenía un enorme problema: en época de lluvia el agua escurría rápidamente por el río Min hacia los campos de cultivo y algunas de las ciudades y templos y los inundaba.
El rey Zhao buscaba cómo aprovechar toda esa agua sin que las partes bajas de la cuenca del río Min se inundaran y se perdieran las cosechas, así que le pidió a un sabio llamado Li Bing —que se dedicaba a algo que hoy llamaríamos ingeniería hidráulica— que diseñara una solución a las inundaciones arriba en las montañas que permitiera redistribuir el agua. Y así fue como, hace 22 siglos, nació una de las primeras soluciones basadas en la naturaleza —conocidas hoy como infraestructuras azules— para reducir el riesgo de inundaciones a gran escala y que aún funciona en la ciudad de Dujiangyan, en la actual provincia de Sichuán, en China.
Este sistema de irrigación estaba formado por varias intervenciones conectadas entre sí. Para empezar, se construyó una isla artificial en medio del cauce del río Min que dividió su corriente en dos. Una de esas dos corrientes se desfoga en un canal artificial que se abrió partiendo una montaña a la mitad y que dirige las aguas a lugares diferentes. El sistema también tiene una especie de contenedor gigante junto al río que retiene muchísima agua cuando llueve en exceso y evita que se inunden las partes bajas. Es tan interesante que fue declarado un Sitio de Patrimonio Mundial de la Unesco, y es visitado cada día por miles de personas.
Vista aérea del sistema de irrigación de Dujiangyan, en Sichuán, China. lzf/Shutterstock
México en una laguna
Durante mucho tiempo nos ha preocupado cómo adaptar las comunidades y los cultivos al agua de la superficie terrestre. En un ejemplo más cercano a nosotros, cuando el pueblo mexica se asentó en el siglo xiv en el islote de Tenochtitlan, en medio del lago de Texcoco, construyó el albarradón de Nezahualcóyotl. Era una especie de dique que separaba las aguas más dulces, que fluían hacia el norte de los lagos de la cuenca de México, de la zona más baja, llena de agua salobre. Ese dique tenía dos funciones: daba agua de mejor calidad en los asentamientos mexicas para construir chinampas y cultivar y regulaba la cantidad de agua que fluía entre las dos secciones del lago para evitar inundaciones.
Éstos son dos ejemplos de lo que hoy conocemos como infraestructuras azules: intervenciones que juegan con la dinámica del agua y su relación con otros elementos de la superficie de la tierra como montañas, vegetación o rocas para generar beneficios y reducir los impactos negativos.
Grabado de la antigua ciudad de Tenochtitlan. Al pie se aprecia el albarradón de Nezahualcóyolt. Fuente: Hernán Cortés, Praeclara Ferdinandi Cortesii de noua maris oceani Hyspania narratio, Núremberg, 1524.
¿Ingenuidad moderna?
Es difícil imaginar la enorme distancia entre la actual cuenca de México y sus inundaciones y la vida en aquel lago. Hoy es una inmensa urbe de millones de personas y vehículos construida encima de un lecho seco y mucho más caliente en la superficie. Lo mismo ocurre en ciudades modernas que han desarrollado relaciones complicadas con el agua, como Villahermosa y Guadalajara, que también sufren inundaciones tan graves y destructivas que llegan a convertirse en desastres.
Las condiciones que agravan las inundaciones en nuestras ciudades son, en el fondo, un espejo invertido del sistema de irrigación Dujiangyan o el albarradón de Nezahualcóyotl, porque la urbanización moderna pelea con el agua en lugar de entenderla e intervenir para dejarla ser. Y en esa pelea los seres humanos llevamos las de perder, porque el agua siempre mantendrá sus principios físicos. A veces le ponemos etiquetas a esta pelea e imaginamos a la naturaleza como una madre castigadora o una fuerza sobrenatural que está contra nosotros, cuando en realidad vivimos en entornos que no han sido pensados ni construidos para adaptarse a las condiciones ambientales, ya sea por avaricia o como consecuencia de la precariedad y la marginación.
Como lo sabían en China hace 2 200 años, para reducir el riesgo es crucial combinar nuestro conocimiento de lo que pasa en el cielo con lo que ocurre en el suelo. Esa combinación poética es la clave para desentrañar los riesgos: no se trata sólo de la lluvia, sino de todos los otros elementos a ras de tierra que hace falta mirar para mitigar riesgos y reducir impactos. No está en nuestras manos frenar las lluvias, pero sí darles a los ríos y humedales su espacio para expandirse, reducir la extracción de agua del subsuelo y diseñar espacios verdes en las ciudades que retengan, filtren y dirijan el agua hacia sitios propicios.
Imaginemos una manguera. Al principio, abrimos la llave poquito y cuando el agua sale por la boquilla de la manguera no tiene mucha presión. Luego abrimos más la llave hasta llegar a la mayor cantidad posible de agua. Si además tomamos la boquilla y la presionamos con los dedos, bloqueando el punto por donde sale, tendrá muchísima más fuerza al salir. Eso es exactamente lo que hacemos cuando construimos casas pegadas al cauce de un río: lo estrechamos y obligamos al agua a circular con tanta fuerza que, al crecer, producirá graves daños en los barrios y colonias que atraviese.
Otro ejemplo de los problemas que suceden al nivel del suelo es la falta de infiltración, que es el proceso en el que el agua penetra en el subsuelo. Tú puedes ver este fenómeno en pequeño en el patio de tu casa. Si está cubierto de azulejos el agua se escurre rápidamente hacia la coladera, y si ésta se tapa, el agua se acumula y no tendrá a dónde ir, inundándolo. Hay un efecto totalmente distinto cuando, por ejemplo, ponemos un aspersor para regar el jardín: la tierra absorbe esa agua rápidamente, y si tenemos la suerte de tener muchas plantas el agua se infiltrará aún más rápido por la acción de las raíces, que la chupan. Esto es, en pequeño, lo que hemos hecho en las ciudades modernas; tenemos toda la ciudad cubierta de asfalto y otros materiales impermeables que impiden la infiltración y hacen que el agua escurra rápidamente a las zonas más bajas de la ciudad, sin otra salida que el drenaje. Si no hay jardines, parques o áreas verdes el proceso se agrava.
Si las ciudades modernas crecen sin espacios libres, áreas verdes o infraestructuras que se adapten a nuestras cuencas y cauces también contribuyen al riesgo. Las sociedades que construyeron el sistema de Dujiangyan y el albarradón del lago de Texcoco sabían la importancia de entender bien el agua. Esas experiencias nos invitan a diseñar e inventar soluciones semejantes a aquellas, antiguas pero efectivas: las soluciones basadas en la naturaleza.
Las infraestructuras azules muchas veces son verdes. Una manera de prevenir inundaciones, mejorar la calidad del agua y proveer a la fauna de un hábitat adecuado es procurando o creando zonas riparias, es decir las zonas de vegetación que bordean ríos y arroyos.. Sheryl Watson/Shutterstock
Filias y fobias al agua
Las emergencias por inundación son cada vez más frecuentes y tienen más impactos en las personas que las padecen. Tal vez te ha tocado no poder llegar a la escuela porque está inundado o que el agua —con toda clase de cosas disueltas en ella— se meta a tu casa. Vivir ese problema, especialmente cuando pasa con frecuencia, es desgastante emocional y económicamente, y puede producir enfermedades infecciosas en la piel y en el sistema digestivo. En el peor de los casos destruye nuestra fuente de ingresos.
La primera solución que nos viene a la mente es construir más drenaje. Tiene sentido desear que toda esa agua acumulada se vaya. Pero las soluciones estratégicas van más allá de las tuberías que anhelamos tener bajo nuestros pies. En general lo que buscamos es que sean infraestructuras “filoclimáticas”, es decir que sean afines al clima y permitan aprovecharlo y equilibrar sus efectos.
Un buen caso para pensar en soluciones basadas en la naturaleza es la región de Chalco, en el Estado de México. Este municipio creció sobre el área desecada de un antiguo lago, que era un cuerpo de agua nutrido por manantiales y por corrientes que bajaban de los cercanos Iztaccíhuatl y Popocatépetl. Ese lago tenía extensiones diferentes en las distintas épocas del año debido a que el agua que lo alimentaba llegaba de forma variable, a veces más, a veces menos; además, en los terrenos cenagosos de sus orillas había chinampas. Cuando el agua se secó por los proyectos de extracción, canalización y entubamiento del agua los terrenos fueron poco a poco ocupados para actividades distintas de las agrícolas, y en las últimas décadas se construyeron muchas viviendas en lo que fue su lecho.
Todo esto ha producido graves riesgos de inundación. Para responder a las necesidades de agua potable de la población se ha extraído mucha agua subterránea, y el suelo del que la extraen se va volviendo como una esponja que, cuando se seca, se agrieta y encoge. También se hace más quebradizo y compacto, y como le quitamos un gran volumen de agua, además se hunde. Al hundirse esa zona se vuelve una especie de cuenco: al ser la parte más baja el agua de los alrededores escurre hacia allá. Y entonces, claro, los canales y tubos del drenaje que originalmente servían para desalojar el agua de esa zona ahora tienen que bombear cuesta arriba. Cuando las lluvias son muy fuertes esa capacidad de desalojo por bombeo se rebasa y por eso llegamos a ver zonas completamente inundadas de aguas negras.
¿Y nuestros ríos y lagos, apá? Ecatepec, Estado de México. JorgePM/Shutterstock
Pensar cómo podría una infraestructura filoclimática en esta zona evitar —o por lo menos reducir— el riesgo de inundación requiere no sólo un ingenioso trabajo técnico sino también un esfuerzo de los gobiernos y de las personas afectadas para considerar y poner en práctica otras soluciones, especialmente porque nuestras respuestas e imaginarios son hidrofóbicos —una palabra que expresa nuestras dificultades para convivir con el agua— y están centrados exclusivamente en maneras de desalojar el agua.
En esta zona, por ejemplo, se ha pensado desde hace muchos años en sanear y rehabilitar el lago Tláhuac-Xico para que se convierta en un área receptora del agua de lluvia, ayude a frenar el hundimiento aunque sea parcialmente y contribuya a redirigir los flujos de agua cuando llueva mucho. Este tipo de intervenciones no son necesariamente soluciones rápidas, pero sí generan mejores condiciones en el mediano y largo plazo para no aumentar los impactos negativos de las inundaciones del futuro.
Otro proyecto de infraestructura azul que se utiliza para mejorar el clima urbano lo encontramos en Seúl, en Corea del Sur. El río Cheonggyecheon era un cauce sobre el cual se construyó una avenida rápida, como muchas que conocemos en México. Sin embargo, ahí la historia fue distinta: en 2003 el gobierno metropolitano decidió quitar la autopista, descubrir el lecho original del río, que estaba prácticamente seco, y hacer un gran parque lineal a lo largo de todo ese cauce.
A pesar de su costo y de que al principio a muchos ciudadanos no les convencía este proyecto la renaturalización del río Cheonggyecheon es uno de los ejemplos exitosos de soluciones basadas en naturaleza que se conocen. Cuando restauraron el río y la vegetación ribereña mejoró la calidad del aire, las temperaturas de la zona bajaron considerablemente y la movilidad de los habitantes del centro de Seúl y los tiempos de traslado se redujeron porque disminuyó el número de viajes en automóvil. Además, le ayuda a la ciudad a reducir la presión sobre el drenaje en caso de lluvias intensas.
Las inundaciones cada vez son más frecuentes en diversas regiones de México y también en otras partes del mundo. Dany Bejar photography/Shutterstock
Las lluvias del futuro
Entender el riesgo de inundaciones en las ciudades del futuro necesita que hoy nos hagamos dos preguntas distintas pero relacionadas: cómo va a llover en nuestras ciudades dentro de veinte años y cómo van a ser las calles, espacios públicos, viviendas y drenajes de las ciudades que reciban esa lluvia.
Sobre la primera pregunta, el Programa de Investigación en Cambio Climático de la unam nos da algunas pistas. La tendencia general de las lluvias de las siguientes décadas se moverá entre dos extremos: periodos cada vez más largos de sequía y lluvias más abundantes e intensas, pero que caen en un tiempo muy corto y se acumulan rápidamente en la superficie. En pocas palabras, nos caerá toda el agua del mundo en un ratito.
A este escenario climático se suma lo que podamos responder a la segunda pregunta. Si nuestra primera reacción es ampliar tuberías y colectores, instalar bombas, impermeabilizar las ciudades y buscar a toda costa desalojar el agua tendremos que hacer inversiones gigantescas. ¿Y si mejor ayudáramos al agua de lluvia a infiltrarse en nuestro subsuelo para que se quede aquí? ¿Si buscáramos cómo hacerla fluir más lentamente, creando parques públicos donde el agua de esas lluvias pueda extenderse a sus anchas en lugar de correr hacia zonas habitadas? ¿Y si mejor construimos infraestructuras de retención del agua, usando bordos, áreas de humedales o banquetas infiltrantes?
Así, el punto crucial para reducir el riesgo de inundación en nuestras ciudades no está tanto en el cielo como en el suelo. En muchos países se están explorando diferentes vías para hacer realidad este tipo de intervenciones, especialmente en lugares donde la ciudad se ha extendido sobre áreas susceptibles a las inundaciones y no es tan sencillo mover a las personas que la habitan o cambiar de lugar sus negocios o actividades. Para diseñar alternativas hacen falta recursos económicos y la intervención ingeniosa de especialistas en ecología, ingeniería y urbanismo, entre otras disciplinas. Pero lo que más hace falta es la convicción social de que es posible y necesario adoptar distintos tipos de soluciones basadas en la naturaleza. Quizá sean la esperanza para que las personas podamos vivir y prosperar en los lugares que habitamos por las siguientes décadas, en lugar de sufrir año con año los impactos de las inundaciones y terminar siendo desplazados de nuestros hogares.
¿Puedes creer que hace unos años este río era una carretera? Seúl, Corea del Sur. Efired/Shutterstock
- “Jardines de lluvia”, Conselva, Costas y Comunidades A. C., 23 de febrero de 2024, en: https://youtu.be/fNfg6I1QfOU?si=1lvIeBI5TSSzPPEV.
- “Copenhague: más árboles contra las inundaciones”, Deutsche Welle, 10 de mayo de 2024, en: https://youtu.be/WjSjwfhSrPg?si=IEHvJ8HCS48Tlo1y.

Naxhelli Ruiz Rivera es investigadora del Instituto de Geografía de la unam y coordinadora del Seminario Universitario de Riesgos Socioambientales. En su trabajo combina perspectivas de la geografía, la antropología y los estudios del desarrollo para estudiar la vulnerabilidad social, los riesgos de desastres y todo lo que las personas e instituciones podemos hacer para vivir una vida mejor y más segura.











