Una historia de dinosaurios
Sebastián Martiarena Vaqueiro
Foto: Shutterstock
Todo el mundo pasa por una etapa de dinosaurios. Algunos nunca la superamos y emprendemos carreras relacionadas con la paleontología. Yo escogí ser biólogo, y seguramente habrá quienes hayan escogido geología o ciencias de la Tierra para acercarse a la fauna del Mesozoico. También me atrevería a afirmar que el sueño más frecuente entre los amantes de los dinosaurios y los aspirantes a paleontólogos es descubrir un fósil.
Las primeras descripciones de dinosaurios (y el nombre mismo) son del siglo xix, y la mayoría de las historias de dinosaurios empiezan ahí. Pero yo prefiero arrancar esta narración a mediados del siglo xx, con un francés desconocido y poco ortodoxo.
Rebanadas inusuales
Es 1963. En un laboratorio un paleontólogo recientemente doctorado corta y lija rocas que tienen millones de años, rocas que resultan ser más que rocas: fósiles de dinosaurio. Armand de Ricqlès tiene muchas inquietudes acerca de los dinosaurios, como qué lugar ocupan en el árbol de la vida. Puesto que hay que arreglárselas con restos óseos porque casi no hay de otros, a Armand se le ocurre hacer con ellos algo que no se había hecho hasta entonces: rebanarlos para verlos al microscopio. Esta técnica se llama histología y es bastante común entre biólogos y médicos. Armand de Ricqlès la llevó al Mesozoico y comparó los fósiles con huesos de animales del presente.
De Ricqlès sabía que existe una conexión entre el tipo de tejido y su fisiología, es decir el funcionamiento general del cuerpo. Los huesos con más vasos sanguíneos (más vascularizados) suelen corresponder a organismos de sangre caliente (endotermos) o con tasas metabólicas relativamente elevadas, es decir con un alto gasto de energía. Los huesos menos vascularizados, por su lado, suelen asociarse con organismos de sangre fría (ectotermos) o de tasas metabólicas lentas, es decir que gastan menos energía. Hasta entonces estaba muy extendida la idea de que los dinosaurios eran animales de sangre fría y relativamente lentos, como los reptiles actuales. Pero de Ricqlès encontró que los huesos de dinosaurio correspondían a organismos con tasas metabólicas altas como las de animales de sangre caliente, aunque fue muy cauteloso en sus conclusiones, como suelen serlo los científicos. El trabajo de Armand de Ricqlès no tuvo impacto de inmediato, pero él siguió en lo suyo, cortando y publicando lo que veía.
Deinonychus antirrhopus. Fred Wierum/Wikimedia Commons cc 4.0
Desgarrando paradigmas
Mientras tanto, en Estados Unidos, otro paleontólogo de nombre John Ostrom desenterraba los restos de un dinosaurio que bautizó Deinonychus (el verdadero nombre del dinosaurio que en Jurassic Park aparece como Velociraptor. El Velociraptor de verdad era un dinosaurio pequeño que se ha encontrado en formaciones de Mongolia y China, mientras que el Deinonychus se encuentra en Estados Unidos y es considerablemente más grande. Supongo que el nombre Velociraptor tiene más estilo que Deinonychus.)
A Ostrom le pareció que las vértebras de Deinonychus se parecían a las de ciertas aves, como las avestruces y los casuarios, unas aves australianas de apariencia prehistórica. Por su postura estaba claro que se trataba de un bípedo. Las proporciones de sus extremidades y la estructura de las garras superiores sugerían que Deinonychus podía asir y sostener cosas. Ostrom también pensó que el característico espolón de las patas y los dientes afilados sugerían que este dinosaurio no era ninguna lagartija gigante de sangre fría, afecta a echarse al sol, sino un depredador ágil y veloz que propinaba patadas mortales.
Ostrom era mentor de Robert Bakker, un joven que se dedicó a reunir evidencia de tantos sitios como pudo y dedujo las condiciones ambientales, dietas, tasas metabólicas, estructuras poblacionales y algunos comportamientos de los dinosaurios. Todas las perspectivas y datos novedosos que concentró lo llevaron a hablar de un “renacimiento de los dinosaurios” en 1975. El trabajo de Ostrom y Bakker contradecía creencias como que los dinosaurios eran torpes lagartijas de sangre fría, y relanzaba la hipótesis de que las aves son descendientes de algunos dinosaurios (hoy se acepta que así es).
En 1986 Bakker publicó The Dinosaur Heresies (Las herejías de los dinosaurios) con toda la evidencia que reunió para sostener que los dinosaurios eran de sangre caliente y mucho más inteligentes de lo que se suponía. El impacto del libro se ve en las reconstrucciones paleontológicas que siguen vigentes hasta hoy (por ejemplo en los dinosaurios de Jurassic Park y la serie documental Caminando con dinosaurios).
Huevos y embriones
Un muchacho nacido en Montana tiene un sueño: encuentra su primer fósil sin haber cumplido diez años, y antes de los veinte ya ha desenterrado restos óseos importantes. Jack Horner inicia la carrera de geología en la Universidad de Montana. Cursa todas las materias y reprueba, recursa y reprueba. Reincide tantas veces que pierde la matrícula. No le importa y sigue asistiendo como oyente. Años después le diagnostican una dislexia grave.
Sin amilanarse por no tener título manda solicitudes a tantos museos como puede. Consigue un trabajo limpiando fósiles en Princeton y vuelve a Montana, a la formación rocosa en la que encontró su primer fósil. Esta vez da con algo que nunca había visto: huevos fósiles, los primeros que se encuentran en América del Norte. Publica su primer artículo en la prestigiosa revista Nature y lo ascienden a investigador.
Horner tiene muchas preguntas sin respuesta. ¿Habrá algo adentro? Los huevos fosilizados no son novedad; hay registros desde el siglo xix. ¿Por qué nadie los ha abierto? Ah, pues porque nadie quiere dañar tan preciados fósiles, le contestan. “¡El pegamento es barato!”, dirá más tarde Jack Horner. “Es como tener un regalo de cumpleaños o un regalo de Navidad y no abrirlo jamás porque la envoltura es valiosa. […] Es una idea extraña que el huevo sea lo preciado cuando el embrión que contiene es más importante […] El primero que abrí no tenía embrión, así que tuve que pegarlo. Fue el tercero o cuarto el que sí tenía un embrión”, cuenta. Era el primer embrión de dinosaurio descrito en América y generó polémica. Sobre todo por la pregunta evidente que sugería: ¿dónde están los dinosaurios jóvenes?
Huesos fosilizados de dinosaurio. mr. aekalak chiamcharoen/Shutterstock
Tres por uno
Horner encontraría una pista en dos especies de dinosaurios cabeza de huevo (paquicefalosaurios): Stygimoloch spinifer y Dracorex hogwartsia, de nombres diabólicos y mágicos (“diablo espinoso de la laguna Estigia” y “rey dragón de Hogwarts”). La descripción de ambas especies (en 1982 y 2006, respectivamente) no pasó inadvertida, y rápidamente entraron en el canon de los dinosaurios norteamericanos.
Pero en el Museo de las Rocosas, Montana, Jack Horner, ahora curador, dudaba que fueran realmente especies nuevas. Seguía interesado en saber por qué siempre se encontraban dinosaurios grandes. ¿Por qué eran todos adultos? No eran preguntas recientes, pero seguían sin respuesta, en parte porque los museos sólo exhiben los fósiles más completos y formidables, los que son dignos de presumir, mientras que los fósiles más pequeños se quedan tras bambalinas.
En un artículo de 1975 sobre los patrones de crecimiento de los dinosaurios pico de pato (familia Hadrosauridae) el paleontólogo Peter Dodson sugería que los dinosaurios no crecían como los reptiles (a saltos, según cuánto alimento haya y qué condiciones encuentren), sino como las aves y los mamíferos (con un ritmo constante). El patrón de crecimiento de los hadrosaurios crestados, decía Dodson, podría parecerse al de los casuarios.
Serie ontogenética de un Tyrannosaurus. De izquierda a derecha vemos del más joven al adulto. Actualmente, los científicos discuten si el género Nanotyrannus se trata de un estadio juvenil del Tyrannosaurus. Fuente: T. D. Carr, “A high-resolution growth series of Tyrannosaurus rex obtained from multiple lines of evidence”, Peer J, 4 de junio de 2020, doi 10.7717/peerj.9192, cc-by 4.0.
Horner consideró el origen de los fósiles de las dos especies sospechosas: venían de la formación Hell Creek, que se extiende por las Dakotas, Wyoming y Montana. La mayoría de las rocas datan del Cretácico tardío (hace entre 100 y 66 millones de años), por lo que podríamos suponer que los organismos de esa formación coexistieron. La clasificación de Stygimoloch y Dracorex en la familia de los paquicefalosaurios también le llamó la atención, porque en esa formación hay otro paquicefalosaurio, el paquicefalosaurio por excelencia: Pachycephalosaurus wyomingensis, la especie más grande en la zona.
Horner revisó las descripciones de los ejemplares de Stygimoloch y Dracorex, ambos más pequeños que Pachycephalosaurus. Le pareció que tenían características que podrían provenir de estadios juveniles; por ejemplo, no se había formado el domo craneal (la cabeza de huevo). Horner sospechaba que no eran tres especies, sino dos juveniles y un adulto de la misma. ¿Cómo podía ponerlo a prueba? Muy fácil: retomando las técnicas de Armand de Ricqlès. ¿Pero quién iba a querer cortar sus preciados fósiles? Ya le habían llovido críticas por abrir aquellos huevos, y ahora le lloverían más por rebanar huesos. Lo peor era que de Dracorex hay un solo ejemplar, y eso es mucho decir: apenas el cráneo y unas cuantas vértebras. Con Stygimoloch tenemos suerte: hay cerca de 15 ejemplares, y algunos estaban en el museo de Horner.
Stygimoloch. kamomeen/Shutterstock
El paleontólogo cortó los restos óseos en láminas finísimas y las llevó al microscopio. Sabía lo que estaba buscando: los huesos de los ejemplares jóvenes son esponjosos y se van compactando conforme maduran, de modo que así puede determinarse la edad del espécimen. Horner encontró que los cráneos de Pachycephalosaurus tenían un tejido sumamente denso, mientras que el de Stygimoloch era más esponjoso. Si Stygimoloch tenía huesos más esponjosos, ¿por qué es tan grande? ¿No iba en contra de la ortodoxia de la época? Dodson había señalado que un casuario cercano al 80 % de su tamaño adulto aún no ha desarrollado la cresta por completo, y ya se había determinado que el Stygimoloch y el Pachycephalosaurus de Hell Creek crecen del mismo modo. Así, si Stygimoloch no había desarrollado el domo estaba claro que no se trataba de un adulto.
Horner midió los cráneos y los dispuso como si fueran distintas etapas de la vida de un solo Pachycephalosaurus, lo que se llama una serie ontogenética. Afortunadamente para los puristas no es necesario rebanar fósiles para construir una serie de crecimiento: basta con medir. El gran problema era que en aquel entonces el único ejemplar de Dracorex estaba en manos de Robert Bakker. Horner tuvo que hacer un molde del que obtuvo gran cantidad de datos.
Jack Horner se fijó en las espinas o cuernos de la parte posterior del cráneo de cada especie y, como sería de esperar si su hipótesis era correcta, tenían el mismo número, pero de diferentes tamaños. Luego volvió al ejemplo de los hadrosaurios y el casuario y el crecimiento de la cresta, pero sugirió que las espinas se hacían más pequeñas y se aplanaban mientras que el domo crecía.
Tras la publicación del artículo en el que Horner unifica las tres especies Robert Bakker, codescubridor del Dracorex, dijo que tenía un “ejemplar juvenil de Pachycephalosaurus que no se parecía en absoluto al Dracorex”, de tal forma que su especie seguiría siendo válida. “Los cuernos y espinas siempre se hacen más grandes, no más pequeñas”, dijo. “No hay evidencia de animales actuales en los que las estructuras parecidas se hagan más pequeñas.”
Horner replicó: “Si lo tiene en su sótano y no deja que nadie lo vea, y sólo le dice al mundo que lo tiene, no puedo hacer nada. Y nosotros tenemos una serie ontogenética […] tenemos mucha evidencia”. Al final, la mayor parte de la comunidad científica acepta que estos fósiles son de una sola especie, aunque recientemente la polémica se ha revivido entre amateurs y jóvenes paleontólogos.
Dracorex hogwartsia. kamomeen/Shutterstock
Series en otras especies
La idea de unificar especies suponiendo que una es en realidad una etapa juvenil de otra migró de los paquicefalosaurios a otros dinosaurios. Los paleontólogos canadienses Nicolàs Campione y David Evans retomaron las series ontogenéticas y analizaron tres géneros de dinosaurios pico de pato: Thespesius, Edmontosaurus y Anatotitan. Ordenaron por tamaño los cráneos de cinco especies (T. edmontoni, E. regalis, E. annectens, E. saskatchewanensis y A. copei), hicieron cálculos y encontraron que la evidencia apunta a que de los cinco sólo existen dos especies: Edmontosaurus regalis y Edmontosaurus annectens. Anatotitan y Thespesius eran juveniles de otras especies.
El equipo de Horner, por su lado, proseguía su camino con entusiasmo. Sabían que Triceratops y Torosaurus se distribuyen en las mismas zonas y que coincidieron en el tiempo. Los investigadores cortaron y lijaron huesos, los observaron al microscopio y sacaron conclusiones. Horner y John Scannella, su alumno experto en ceratópsidos, han afirmado que las concavidades que tiene Triceratops en el volante (la cresta protectora que se eleva por detrás del cráneo) son futuros huecos (o fenestras) de las crestas de Torosaurus. En una conferencia Horner incluso reveló que Scannella encontró “los transicionales”, los ejemplares en etapas de crecimiento intermedias que muestran cómo se van abriendo las fenestras. Horner y Scanella estaban extinguiendo al Torosaurus.
Un año después el paleontólogo estadounidense Nicholas Longrich y su colega canadiense Daniel Field publicaron un artículo pertinentemente titulado “Torosaurus no es Triceratops”. Allí mostraron ejemplares con fenestras de diferentes tamaños que pueden interpretarse como una serie de Torosaurus, y rechazaron la idea de “los transicionales” alegando que las concavidades no corresponden a erosión del hueso en el Triceratops, como sugieren Horner y Scannella. “Los intermedios entre Triceratops y Torosaurus […] no se conocen. Admitimos que tales intermedios pueden existir y que simplemente no se han encontrado, pero parece improbable dado el conocimiento de la cantidad de cráneos de dinosaurios con cuernos del Cretácico.” El Torosaurus se salvó de la extinción… al menos de nombre.
Corte histológico del cráneo de un Pachycephalosaurus.
Fuente: J. R. Horner y M. B. Goodwin, “Extreme Cranial Ontogeny in the Upper Cretaceous Dinosaur Pachycephalosaurus”, plos One, 27 de octubre de 2009, https://doi.org/10.1371/journal.pone.0007626.
Los huesos y la verdad
Analizar especies extintas con técnicas bien conocidas y poco aplicadas innovó la forma en que se hace paleontología: la histología ósea se ha vuelto una práctica más común en los últimos años. Y aunque los biólogos no se ponen de acuerdo en cuál es la mejor definición de especie todos tenemos claro qué es crecer, madurar y envejecer: lo vemos en todas las formas de vida a nuestro alrededor. No tendría por qué haber sido diferente hace millones de años.
Es comprensible que nos aferremos a la tradición y más a nuestros propios descubrimientos. Podemos achacarlo a muchas razones: la búsqueda del prestigio académico, la idea de trascender, el trabajo y el tiempo que ha costado. Ese gesto terco ha llevado a discusiones interminables y batallas de egos para ver quién tiene la razón, a veces a pesar de la evidencia. Pero la terquedad da frutos. No toda idea novedosa es por fuerza buena y siempre es necesario discutir las propuestas científicas. Aquí vive un brillo que siempre me da esperanza: la ciencia no avanza a pesar de nuestras flaquezas, sino con ellas.
Los fósiles son un ejemplo inmejorable: ellos no dicen nada y nosotros hacemos de detectives, reconstruimos con lo que podemos y armamos un relato, bautizamos animales que jamás vimos en carne pero sí en hueso y así hemos accedido a un cachito del Mesozoico con lo poco que queda de él. El imaginario popular de los dinosaurios de finales del siglo xix puede parecernos caricaturesco, pero se trabajó con lo que se tenía. De vez en cuando conviene volver a lo que parece escrito en piedra. Ya sabemos qué hacerle cuando deje de responder.
Pachycephalosaurus wyomingensis. Dotted Yeti/Shutterstock
- Riley Black, Los últimos días de los dinosaurios.Un asteroide, extinción y el comienzo de nuestro mundo, trad. Ana Grandal, Madrid, Capitán Swing, 2025.
- “Dando cuerpo al pasado: de John Ostrom a los dinosaurios digitales de hoy” [traducción automática], Yale University, 4 de mayo de 2023, en: https://youtu.be/eRERiALi9Z8?si=GN2CABHp5MBEshCr.

Sebastián Martiarena Vaqueiro es egresado de biología en la unam. Actualmente realiza su tesis de licenciatura sobre ética en la ciencia. Se interesa por la biología evolutiva y le gustan las arañas, las orquídeas y los helechos.












