Esto no es un texto
Emilio Ruiz Alanis
Ilustraciones: Fernanda Acosta
La neurobiología de la lectura
Las clases a las 7 de la mañana son un método de castigo, no sólo para quien las toma, en estado cuasiletárgico, sino para quienes las impartimos, haciendo frente a la somnolencia con el estimulante que tengamos a mano. A esa hora de la madrugada ni siquiera nuestros procesos más automatizados parecen arrancar. Esos garabatos que el profesor esboza en el pizarrón no cobran sentido durante la primera hora de la clase. Les alumnes los observan fijamente y reconocen curvas, líneas, quizá una carita feliz, pero nada más que una vaga familiaridad. Sólo con el tiempo cobran significado esos dibujitos aleatorios: “El profesor estuvo escribiendo la conjugación verbal del presente del subjuntivo en francés.” Les estudiantes ya saben que esos garabatos representan sonidos, y esos hilos de sonidos construyen las palabras en las lenguas (orales). Cashi shin querer les alumnes están leyendo.
Vamos por la vida leyendo, aunque no nos demos cuenta. Algunas personas creen que leer consiste en devorar novelas gordísimas por placer. Pero leemos para estudiar y preparar clases, leemos los correos electrónicos con los que nos bombardean y leemos nuestros innumerables mensajes por IG o WA. Si lo piensas, dedicamos buena parte del día a descifrar esa serie de garabatos en papel o en pantalla que representan palabras y oraciones. Hasta al recorrer la ciudad hay que leer para reconocer el nombre de calles y estaciones. Estamos literalmente inmersos en un paisaje de letras.
Por muy natural que pueda resultarnos, la lectura es un invento bastante reciente. Hasta hace muy poco —“muy poco”, por supuesto, en términos evolutivos— los seres humanos no necesitábamos leer ni escribir. Quienes se dedican a investigar el origen del lenguaje humano estiman que esta capacidad surgió hace unos 200 000 años. Y durante gran parte del tiempo que ha pasado desde que el primer primate se puso locuaz y emitió sus —y por ende, las— primeras palabras, nos las apañamos muy bien sin ningún tipo de registro de lo que decíamos: ora sí que las palabras se las llevaba el viento. Ocasionalmente surgían pinturas rupestres como las de la cueva de Lascaux e incluso algunos símbolos ideográficos (que representan un concepto o idea), pero nada que permitiera codificar completamente las lenguas con las que se comunicaban nuestres ancestres.
Sin embargo, hace unos ayeres —alrededor de 5 400 años para ser exactos— comenzaron a florecer los sistemas de escritura. La escritura se ha inventado varias veces y de manera independiente, y uno de los sistemas más antiguos que conocemos es la escritura cuneiforme. Aunque surgió originalmente para escribir la lengua sumeria, hablada en el sur de Mesopotamia, la escritura cuneiforme fue usada a lo largo de milenios para representar distintas lenguas en la región de Oriente Próximo, como el hitita y el acadio. Y todo indica que la escritura no surgió para plasmar proezas literarias sino para llevar las cuentas: el nombre escrito más antiguo del que tenemos noticia se encuentra en la tablilla de Kushim, el registro de una transacción económica sumeria (posiblemente una compra o venta de cebada) datada entre el 3000 y el 3500 a.n.e. El Kushim que se menciona allí es, posiblemente, el nombre de un individuo.
Y para gustos, sistemas de escritura. A lo largo de la historia las diferentes lenguas orales del mundo han contado con estrategias diversas para acuñar sus grafemas, los símbolos gráficos que se utilizan para representar sonidos o palabras. Los caracteres chinos, surgidos en el valle de Huang He alrededor del 1200 a.n.e., son logogramas, símbolos que representan una unidad con valor semántico (o sea, con significado), como una palabra o un morfema (lo que les lingüistas definen pomposamente como “la unidad mínima de la lengua que aporta significado”; piensa, por ejemplo, en la -s, que indica que gatos es plural, o en -ero en “el panadero con el pan”). Estos caracteres también se utilizan en otras lenguas, como el japonés, pero esta lengua no se contenta con uno o dos sistemas de escritura, sino que tiene tres: los kanji, “importados” de la escritura china, el hiragana, inventado por mujeres en la corte imperial durante la era Heian, y el katakana, cuya invención se atribuye al monje budista Ko¯bo¯-Daishi. Tanto el hiragana como el katakana representan sílabas: el primero se usa para escribir palabras nativas del japonés y el segundo sobre todo para préstamos de otras lenguas y las onomatopeyas de los manga.
Algunos sistemas de escritura representan únicamente las consonantes de la lengua, como el hebreo y el árabe. Otros agregan algún trazo al grafema para indicar la vocal que se debe leer, tal como el devanagari, empleado por el sánscrito, el hindi, el nepalí y otras lenguas habladas en India. Y no olvidemos los famosos jeroglíficos egipcios, cuyo origen se estima alrededor del año 3300 a.n.e., que mezclan logogramas, signos que representan consonantes y otros que indicaban la pertenencia de una palabra a una familia conceptual, llamados determinativos o semagramas (por ejemplo, 𓏛 —un papiro enrollado—, indicaba libros, pero también conceptos abstractos). La lista de los diferentes sistemas de escritura es laaaarga, laaaarga. En su origen solían estar influidos por el medio físico en el que se reproducían: trazos rectos y profundos en la arcilla, trazos más curvos y delicados en la superficie de hojas de árbol… A pesar de la ilusión que nos dan nuestros teclados y pantallas, escribir sigue siendo una actividad física, y su ejecución aún depende del soporte en el que se escriba.
Ilustración: Fernanda Acosta
On ne voit bien qu’avec le… cerveau?
Los changos somos mirones. O dicho de otra forma, los primates contamos con un sistema visual altamente desarrollado: visión binocular que permite percibir distancia y profundidad, percepción tricromática de colores, un complejo reconocimiento de objetos mediante la vista… Con procesos así de heterogéneos no resulta extraño que buena parte del cerebro se emplee, en mayor o menor grado, en la percepción visual. Y sí, como buenos primates, las personas tenemos buena vista, a pesar de que muches necesitemos lentes.
Así pues, ver es una cosa bárbara. Que la luz alcance el fondo del ojo sólo es el primer paso: en la retina la energía lumínica se convierte en energía electroquímica, esa con la que se comunican las neuronas. De ahí recorre un largo camino, del nervio y quiasma ópticos al núcleo geniculado lateral, de donde parte para alcanzar su blanco en la corteza occipital; la información visual está viajando, literalmente, de un extremo a otro de la cabeza. Pero ahí no se acaba la cosa: sí, en la corteza visual primaria (V1) se procesan algunos de los rasgos del objeto visual percibido —como cambios pequeños en la orientación visual, por ejemplo si algo se percibe como una línea horizontal o vertical—, pero de aquí parten dos tipos de procesamiento paralelos: la información visual viaja por una vía dorsal, o sea por la parte superior del cerebro, y por una vía ventral, por la pancita del seso. La información que va para arriba viaja desde V1 hacia áreas en la corteza parietal posterior que están involucradas en la consciencia y coordinación de nuestro cuerpo en el espacio; esta vía nos permite guiar nuestras acciones, como cuando queremos agarrar algo, y reconocer objetos y movimientos en nuestro campo visual. En cambio, la información que se va para abajo es procesada por diferentes áreas ventromediales del lóbulo temporal, que contribuyen de diferentes maneras: por ejemplo, se ha visto que V4 es responsable de la percepción cromática y V8 de la percepción de la forma, mientras que un área que se encuentra entre ambas (VO2) permite integrar ambos tipos de información en una imagen unificada. La vía dorsal también se llama la vía del cómo, y la vía ventral la vía del qué. Claro que, como ocurre siempre en el cerebro, estas vías no trabajan incomunicadas, sino que están fuertemente conectadas una con otra, así como con otros circuitos.
“Muy padre la vista en general, pero ¿qué pasa en el cerebro durante la lectura?”, estarás pensando. Pues pasan muchas cosas. Mediante resonancia magnética funcional (fmri) se ha observado que una región del lóbulo temporal medial del hemisferio izquierdo se activa selectivamente al percibir grafemas, incluso cuando los percibimos de manera inconsciente. Es decir, ¡hay un área en tu cerebro que se dedica a identificar letras! Bueno, letras y cualquier otro sistema de escritura como los que ya se mencionaron. O sea que si tú, amable lectore, además de leer en español puedes leer sistemas como los del japonés, hay una partecita de tu cerebro que se activa cada vez que percibes hiragana, katakana o un kanji. Esta área funcional recibe el bastante preciso nombre en inglés de visual word form area (vwfa, o área de formas visuales de las palabras).
Ok, eso pasa para los grafemas que percibimos visualmente, pero… ¿sucede lo mismo para otras modalidades? ¿Será que el braille —el sistema de lectoescritura pensado para las personas ciegas o con discapacidad visual— activa estas regiones también? La pregunta puede sonar contraintuitiva, pues ya sabemos que la región donde se encuentra la vwfa se dedica al procesamiento visual, mientras que la lectura en braille funciona a partir de la percepción táctil. Pues resulta que la vwfa también se activa durante la lectura en braille. En un estudio con ocho personas ciegas congénitas que registró su actividad cerebral con fmri, un grupo de investigadores de la Escuela de Medicina de la Universidad Northwestern encontró que la actividad en la vwfa era significativamente mayor cuando percibían palabras reales en braille que cuando eran palabras sin sentido. Estos resultados parecen apuntar a que, más que estar dirigida por la naturaleza del estímulo —visual o táctil—, esta área se orienta al tipo de tarea en la que participa, es decir a reconocer palabras a partir de su forma escrita.
Ilustración: Fernanda Acosta
Además de procesarla igual que cualquier otro objeto que vemos, nuestro cerebro asocia la palabra escrita tanto con su pronunciación como con su significado. Y como ocurre con la percepción visual en general parece que para la lectura hay de dos sopas (de letras): de la vwfa el procesamiento de grafemas puede seguir una vía dorsal o una vía ventral. Por la dorsal, conocida como la vía fonológica, la palabra escrita se separa en los sonidos que la componen en regiones del giro temporal superior y del giro supramarginal, mientras que en la llamada área de Broca se accede a los planes para pronunciar las palabras, incluso cuando se lee en silencio. En cambio, por la ventral, llamada la vía ortográfica, la información de las palabras viaja por los giros temporales medio e inferior, y se accede a su significado directamente.
Ya se imaginarán que ambas vías se encuentran en estrecha comunicación cuando leemos. Así, para la lectura no sólo importan las áreas cerebrales sino también sus interconexiones. Se ha reportado que el desarrollo progresivo de las habilidades lectoras en les niñes se relaciona con el proceso de recubrimiento de los haces de axones que conectan regiones entre sí, llamado mielinización; esto significa que conforme se mielinizan los axones los impulsos eléctricos entre distintas regiones del cerebro viajan más rápido, por lo que nos volvemos lectores más hábiles.
La naturaleza de estas vías cobra sentido cuando vemos las diferentes manifestaciones de la dislexia, un trastorno de la lectura que hace difícil identificar la relación de las letras y palabras con los sonidos que representan. Algunas lenguas, como el español y el italiano, tienen una ortografía bastante transparente, pues existe una relación estrecha entre las letras y la manera de pronunciarlas. Otras lenguas tienen ortografías más opacas, como el francés o el inglés, pues sus hablantes no se pueden fiar de la escritura de las letras y deben memorizar la pronunciación de las palabras. El tipo de dislexia de una persona se ve influido por el tipo de ortografía de su lengua. En la dislexia fonológica resulta difícil relacionar grafemas y fonemas y es más común en hablantes de lenguas de ortografía más transparente. En cambio, en las lenguas con ortografías más opacas es más frecuente la dislexia superficial, en la que se dificulta leer palabras completas (por ejemplo, una famosa salsa inglesa de nombre Worcestershire, que se pronuncia algo así como “urstersher” o —para quienes nos gusta la mala vida y estudiamos francés— palabras como “eau”, que se pronuncia como una “o” chistosa).
Ilustración: Fernanda Acosta
Todo muy bonito, muy interesante, pero surge una duda: ¿cómo es posible que existan circuitos neurales dedicados específicamente a la lectura para un proceso tan reciente, al que sin duda la evolución no ha podido otorgarle áreas cerebrales “propias”? El neurocientífico cognitivo francés Stanislas Dehaene propuso la hipótesis del reciclaje neuronal. Esta hipótesis dice que las innovaciones culturales, como la escritura o la aritmética, se aprovechan de circuitos cerebrales preexistentes, “invadiendo” el terreno de otras funciones. Las áreas que se reciclan normalmente cumplen funciones similares a las que se requieren en tales procesos: en el caso de la lectura se reciclan regiones cerebrales dedicadas al reconocimiento visual de alta precisión, como el de rostros. De hecho, en niñes que aún no han aprendido a leer y escribir, así como en personas analfabetas, la ya mentada vwfa se activa indistintamente cuando ven objetos como caras o herramientas, pero a medida que aprenden a leer pasa a especializarse en el reconocimiento de grafemas, por lo que la actividad aumenta cuando se ven letras y palabras, y disminuye para otros tipos de objetos visuales.
Y si la lectoescritura en general es un fenómeno sumamente reciente en nuestra historia como especie, leer y escribir en soportes digitales sucedió hace apenas un parpadeo. Algunas investigaciones apuntan hacia la existencia de diferencias entre la lectura en papel y en formatos digitales. Aunque las evidencias no son concluyentes, se ha visto que la lectoescritura “a la antigua” conlleva un mejor reconocimiento visual, así como una rememoración más sólida de lo que se leyó o escribió, que cuando se escribe en un teclado o se lee en una pantalla. Pero, ojito, no se trata de prohibir la lectoescritura en teclados y pantallas, sino simplemente de recordar que la lectura es un proceso multisensorial que hemos llevado a cabo por varios miles de años, y ninguna pantalla le gana al placer de sentir el papel (o la arcilla) entre las manos. De cualquier forma, lo importante es leer y escribir, como ya lo sabía el buen Kushim hace más de 5 mil años, cuando dejó registro, en esa tablilla cuneiforme, de cuántos sacos de cebada le debían.
Ilustración: Fernanda Acosta
- BBC News Mundo, "Cómo leer transforma el cerebro y los riesgos que pueden surgir debido al exceso de pantallas", https://www.youtube.com/watch?v=jaTb1R1yQzQ.
- Stanislas Dehaene, Aprender a leer. De las ciencias cognitivas al aula, Siglo XXI Editores, Buenos Aires, 2015.

Emilio Ruiz Alanis es licenciado en neurociencias y maestro en ciencias por la unam; estudia el doctorado en lingüística. Le interesa la investigación en neurociencia del lenguaje y en lingüística experimental, así como la traducción, la enseñanza de lenguas y la formación docente. Divulgador ocasional y parlanchín de tiempo completo.

Fernanda Acosta es diseñadora e ilustradora. Actualmente trabaja como creativa desarrollando ideas, conceptos y storyboards para el estudio de animación Thinkmojo.












