Cuerpo, cerebro y sangre por el futbol
Fabiola Murguía Flores
Ilustraciones: El Dee
Antes de Messi o Cristiano Ronaldo —mucho, mucho, antes— éramos cazadores en pos de una presa en vez de un balón. ¿Cómo evolucionó nuestro cuerpo para poder jugar futbol? Todo comenzó con el desarrollo de la capacidad de correr grandes distancias. A medida que nuestra capacidad física evolucionaba, también se transformaba nuestro cerebro, lo que dio lugar a habilidades que hoy siguen siendo fundamentales para destacar en el juego. Esta larga historia evolutiva sigue viva en nosotros y nos permite apasionarnos por un partido de futbol. Cuando vemos un partido se activan patrones ancestrales que nuestro cerebro reconoce y que desencadenan respuestas emocionales y físicas que nos conectan con esa herencia.
El futbol nació oficialmente en 1863 en Inglaterra. Antes de esto, en todo el mundo hubo juegos de pelota, como el tsu chu o luju de China, que consistía en enviar con los pies una pelota a una red, o el pok ta pok de los mayas, juego en el que se golpeaba una bola de hule con la cadera, los codos y las rodillas. Ambos juegos tenían connotaciones bélicas.
Una versión más cercana al juego moderno viene de la Edad Media: el futbol de carnaval. Cada año en las islas británicas durante el carnaval se congregaba mucha gente —a veces pueblos enteros— a jugar con un balón hecho de diversos materiales. No había más regla que llevar el balón hasta la meta contraria, que podía estar en el pueblo del rival. Todo estaba permitido (menos matar, por suerte). Una variante un poco menos salvaje de este juego se practicaba en muchas escuelas inglesas, donde los estudiantes jugaban con reglas propias, lo que se extendía al número de participantes, y también podía haber tacleadas y golpes. La aparición del ferrocarril promovió los juegos intercolegiales, en los que se juntaban escuelas de toda Gran Bretaña a echar la cascarita. Las reglas se definían antes de empezar el partido: número de participantes, delimitación de la cancha y si se permitía tocar la bola con la mano y taclear. Algo así era en mi primaria, el balón incluso podía ser de cualquier material, por ejemplo, un suéter hecho bola. Entonces, en 1848, varios de estos colegios se reunieron en Cambridge y redactaron un reglamento oficial para dar origen al futbol que conocemos, con la mayoría de las reglas actuales.
Pero antes que ninguna regla, para poder jugar futbol fue necesario que nuestro cuerpo y nuestro cerebro llegaran a ser lo que son.
Ilustración: El Dee
Correr, trotar, acelerar
El futbol no empezó con el balón sino con la carrera. La evolución de nuestro cuerpo para poder correr fue un proceso largo. Remontémonos siete millones de años, cuando los homínidos comenzaron a caminar en dos patas. El organismo de nuestros ancestros tuvo que experimentar cambios fisiológicos, estructurales y térmicos para adaptarse a correr y aguantar 95 minutos de partido.
Se modificaron los pies, las caderas y los músculos. El dedo gordo del pie cambió de posición: mientras que nuestros parientes, los primates superiores, tienen el dedo gordo a un lado del pie —que se parece más a una mano—, el nuestro se proyecta hacia el frente. No pisamos igual que otras especies. El pie se hizo más grande para mayor estabilidad en el movimiento sucesivo de pies y piernas.
Uno de los músculos más importantes para correr son los glúteos. Para que el Homo sapiens pudiera caminar totalmente erguido, el tamaño y la disposición de la cadera tuvo que cambiar por completo en comparación con los antiguos homínidos: nuestra cadera es mucho más ancha incluso que la de los primates superiores. Este hueso tan grande da cabida a tres músculos: el glúteo mayor, el mediano y el menor, que juntos constituyen el músculo más grande del cuerpo (somos los mamíferos más pompudos). La alineación lateral de estos músculos y su tamaño nos dan estabilidad para caminar en dos piernas y al mismo tiempo potencia para correr rápido. Nuestros músculos locomotores desarrollaron fibras resistentes a la fatiga, lo que es poco común entre los mamíferos.
Ilustración: El Dee
En el futbol hay distintos tipos de carrera: la carrera de aceleración, para que se desmarquen en la delantera; la carrera de velocidad máxima, para contraatacar; la carrera de resistencia, útil para quién está en el medio campo y se mantiene en movimiento constante durante todo el partido. Ésta última es el tipo de carrera que practicaban nuestros antepasados.
Imagínate a los antiguos humanos: sin garras, sin pelo, sin colmillos, y aun así eran los cazadores más eficaces de la sabana. Entre las diferencias con otros homínidos estuvo el desarrollo de estrategias para la caza, especialmente el método de persecución, que consistía en perseguir a las presas grandes hasta extenuarlas, tras lo cual era más fácil caerles encima. Me imagino perfecto a las mediocampistas persiguiendo a su presa del equipo contrario, a ver quién se cansa primero. En un informe publicado en 2024 en la revista Nature los antropólogos Eugène Morin y Bruce Winterhalder afirman que los registros fósiles muestran que desde hace más de 2.6 millones de años los homínidos ya eran corredores muy resistentes y usaban el método de persecución y desgaste para cazar.
Nuestros antepasados primero fueron corredores de resistencia, pero la evolución favoreció las características corporales para la ocasional carrera de velocidad en caso necesario. El Homo erectus ya tenía el tendón de Aquiles bastante desarrollado: más largo, grueso y elástico que sus ancestros. Este tendón funciona como un resorte natural entre el pie y el cuerpo que ayuda a correr a máxima velocidad. En el futbol este tipo de carrera es importante principalmente para los delanteros. Se han medido velocidades máximas de 30 kilómetros por hora en distancias de 20 o 30 metros. Durante el partido un delantero puede hacer al menos 20 esprints, con cambios de dirección y controlando el balón.
En la carrera de aceleración se trata de pasar de 0 kilómetros por hora a la velocidad máxima, y es muy importante para definir jugadas. Sin embargo, nuestro cuerpo no está naturalmente adaptado para desarrollar las aceleraciones que exige el futbol de hoy. Para poder acelerar eficientemente no sólo dependemos del tendón de Aquiles: también se requiere una contracción muscular activa, como la de los depredadores de emboscada, digamos, un león, que tienen una musculatura muy desarrollada. Nosotros no tenemos esta musculatura de manera natural pero si la capacidad para desarrollarla.Con entrenamiento, dieta y novedades tecnológicas deportivas ha sido posible ir más allá de la naturaleza.
Ilustración: El Dee
El cerebro del pichichi: el pateo de decisiones rápidas
Jugar futbol —como practicar cualquier deporte— tiene beneficios físicos conocidos. Pero la evolución de estas capacidades no sólo implicó al cuerpo, sino también al cerebro: sabemos que la práctica del futbol lo modifica.
Los últimos estudios han demostrado que correr hace aumentar el tamaño del cerebro, en particular el de una sección llamada el hipocampo. Un futbolista profesional puede correr entre 10 y 13 kilómetros durante un partido, dependiendo de su posición. Hasta el portero llega a correr entre 4 y 6 kilómetros durante un buen partido. El hipocampo es una estructura cerebral localizada en el centro del cerebro y, como su nombre lo indica, tiene forma de caballito de mar. Tenemos dos, izquierdo y derecho. Esta estructura controla funciones como el aprendizaje, la memoria, la comprensión, la conciencia del entorno y el lenguaje verbal. En experimentos con ratones que corren en su rueda voluntariamente (todavía no tenemos experimentos con ratones futbolistas) se ha observado que algunas regiones del hipocampo aumentan en tamaño y en número de neuronas nuevas. El ejercicio también estimula la formación de conexiones (sinapsis) entre las nuevas neuronas.
En el cerebro no todo es cuestión de tamaño, sino también de conectividad entre regiones. Recientemente el fisiólogo del deporte Pourya Abbasi, de la Universidad de Teherán, Irán, y sus colaboradores encontraron una relación entre el rendimiento futbolístico —los pases, los tiros y el manejo del balón— y una mayor integración de las redes neuronales del cerebro. Esto significa que jugar futbol conecta diversas regiones cerebrales: la motora, la visual y la prefrontal. Escaneando los cerebros de jugadores tanto de élite como novatos con resonancia magnética funcional (fMRI) encontraron que la conexión entre regiones cerebrales está más desarrollada en los jugadores de élite, que llevan más años de práctica.
Tomar decisiones rápidas bajo presión y concentrar esfuerzos para lograr un objetivo eran necesidades vitales en nuestros años de cazadores y lo son también en el futbol. El cerebro tiene un sistema de control para enfocar nuestros recursos mentales en el objetivo que nos hayamos propuesto: se trata de las llamadas funciones ejecutivas del cerebro. Nos permiten controlar la atención e inhibir impulsos que no contribuyan al objetivo. Se encargan de la memoria de trabajo (la capacidad de almacenar información por un lapso breve para completar lo que estemos haciendo) y la flexibilidad cognitiva (la capacidad adaptarse mentalmente a situaciones cambiantes).
Ilustración: El Dee
Estas funciones residen principalmente en la corteza prefrontal, se desarrollan a lo largo de la vida y alcanzan su máximo entre los 20 y los 30 años. Igual que las habilidades motoras, las funciones ejecutivas también mejoran con la práctica.
Los futbolistas hacen uso de estas funciones cognitivas todo el tiempo, tomando decisiones rápidas, observando a sus compañeros y recordando jugadas anteriores. Aunque el cerebro de Leonel Messi no ha sido escaneado para estudiarlo, se ha observado y medido de manera indirecta que tiene un nivel de respuesta más rápido que el resto de los futbolistas, además de que pone más atención al entorno que al balón —porque tiene un gran control—. Esto lo hace ser mucho más rápido de lo normal para tomar decisiones y ejecutarlas, y podría deberse a un excelente desempeño de sus funciones ejecutivas.
Ilustración: El Dee
La pasión la llevamos en la sangre
Como espectadores (ya no como jugadores) la emoción de disfrutar un juego de futbol de nuestro equipo favorito está grabada en nuestra historia evolutiva. Ver un buen partido estimula la producción de dopamina y nos hace sentir bien, motivados y alegres. También se activa la amígdala, una estructura cerebral que compartimos con todos los vertebrados complejos y que se encarga de procesar las emociones. La amígdala saca lo más primitivo de nuestro ser cuando nos enfurecemos por lo que nos parece una injusticia contra los nuestros (“¡No era penal!”). Es como si al presenciar un juego, o incluso las repeticiones, el cerebro se proyectara a la cancha y nos hiciera sentir que somos nosotros quienes estamos jugando. Hacernos sentir en carne propia lo que les sucede a otros es la función de las neuronas espejo. Tal vez por eso hay tantos autoproclamados expertos en futbol que en su vida han tocado un balón, y es que gracias a este mecanismo somos capaces de reconocer las jugadas y los movimientos aun sin practicarlos —el cerebro juega con sólo ver jugar—.
Finalmente, el futbol es un vínculo social y hasta nacional, que nos hace sentir parte de la gran tribu y nos hace producir oxitocina, la hormona que se relaciona con el amor y el apego (entre otras cosas). Ser parte del grupo te hace sentir amado y aceptado.
Así llegamos al tiempo extra: un recorrido en el que la evolución ha marcado varios goles a nuestro favor. Nuestro cuerpo, moldeado durante millones de años, nos permite correr, adaptarnos y responder al juego con una versatilidad extraordinaria. Y aquello que la evolución no optimizó por completo lo hemos desarrollado a través del entrenamiento, la cultura y la tecnología, empujando constantemente los límites de lo posible dentro y fuera de la cancha.
Ilustración: El Dee
- Sofía Flores Fuentes, "La evolución biológica del correr", Nexos, 9 de octubre de 2016, en: https://cultura.nexos.com.mx/la-evolucion-biologica-del-correr/.
- Fabiola Méndez, Eric Noxpanco y Emmanuel Nedina, "¿Qué pasará en tu cerebro al ver el mundial? La ciencia detrás de la emoción futbolera", unam Global, 13 de abril de 2026, en: https://unamglobal.unam.mx/global_tv/que-pasara-en-tu-cerebro-al-ver-el-mundial-la-ciencia-detras-de-la-emocion-futbolera/.
- Lorena, la de los pies ligeros, Juan Carlos Rulfo, 2019, disponible en Netflix.

Fabiola Murguía Flores es bióloga por la unam, doctora en Geografía Física por la Universidad de Bristol. Trabaja como investigadora y profesora en la unam campus Morelia. Dirige el blog Murmullos Científicos, donde comparte su pasión por la divulgación científica.

David Eduardo Espinosa Alvarez (1988), igual conocido como El Dee, es un autor de cómics e ilustrador mexicano. Ha ganado premios como el Premio Nacional de Novela Gráfica Joven Tierra Adentro y Cómic del Año por Festival Pixelatl. Vive y dibuja en San Andrés Cholula desde hace 20 años.












