1 de octubre de 2026 1 / 10 / 2026

Soy 335

Jonatan Emmanuel Flores Bonilla

Jonatan Emmanuel Flores Bonilla

Fotos cortesía del autor

Era un niño tranquilo. Como mis padres trabajaban fuera casi todo el día mis tardes giraban alrededor de mi bisabuela, mi abuela y mi abuelo. A ellas las ayudaba a cuidar sus plantas y a él lo acompañaba a su taller de bicicletas. Y también tenía tardes de videojuegos con mis primos.

Recuerdo con mucha melancolía y cariño las caminatas a las que nos llevaba mi abuelo a mi prima y a mí. Íbamos a un lugar lleno de hierbas, arbustos, árboles, un sinnúmero de plantas, y con una laguna enorme en la que siempre podías encontrar renacuajos y otros anfibios; era mi momento favorito de la semana. Este lugar está en la alcaldía Álvaro Obregón, en la Ciudad de México, a unos 20 minutos de la casa de mis abuelos. No había muchas personas, y podías ver paredes húmedas llenas de musgos y líquenes, árboles con copas frondosas, caracoles y cochinillas… un paraíso para la vista en una ciudad como la capital.

Mi curiosidad también fue alimentada siempre por mis padres, que nunca dudaron en comprarme un libro cada vez que lo pedía, y que casi todos los meses me daban la revista ¿Cómo ves?, una de mis más grandes colecciones en la infancia.

Pasaba horas entretenido jugando con mis legos y mis dinosaurios, creando historias sobre invasiones extraterrestres o inventando batallas entre Pterodactylus y Brontosaurus. Los volcanes no podían faltar; de hecho, mi primera vocación fue investigar volcanes, y después dinosaurios.

Casi podría decirse que fue el destino lo que marcó mi camino hacia la biología, pero sería restarle mérito a esos días con mi abuelo, a esa enorme higuera (Ficus carica L.) y al retorcido pirul (Schinus molle L.) que forjaron durante años una vista entrenada para la naturaleza. Cuando me refiero al “destino” hablo de una serie de eventos casuales y un poco de suerte. Tuve la osadía de aspirar a estudiar medicina, pues amaba los virus, esos bichos raros que se sitúan en la frontera de la vida y la “no vida”; desafortunadamente no tenía el promedio para el famoso pase directo a la carrera. No lo recuerdo con precisión, pero seguramente le debo a Gisela (mi amiga del alma) haber leído el plan de estudios de la carrera de biología en la Facultad de Ciencias de la unam, que me dejó fascinado.

Casi al terminar la carrera, cuando debía elegir una última materia para culminar mis estudios, otra gran amiga (Kary) me dijo que eligiéramos la optativa de arboricultura urbana. Mi única respuesta después de leer el temario fue: “¿Y para qué querría sólo ver árboles?” La respuesta llegó unos años después. Resulta que la materia fue muy interesante, y que también tenía algunas cualidades para ver árboles, por lo que el Dr. Héctor Benavides nos invitó a trabajar con él en el Instituto Nacional de Investigaciones Forestales, Agrícolas y Pecuarias (inifap), para ir a ver árboles al Bosque de Chapultepec. El resto es historia: los árboles me han llevado a lugares que jamás pensé ver, a gente que jamás creí conocer y a realizar actividades que jamás me imaginé (entre ellas participar en un proyecto de investigación que se presentará en la Universidad de Lancaster, Reino Unido).

Si bien le debo todo a mi familia y amistades en este camino de la arboricultura, los verdaderos responsables de que esté donde estoy y haga lo que más amo son los árboles. Soy uno de esos privilegiados que tiene como hobby su trabajo.

Hoy me dedico a dictaminar y podar árboles en la Ciudad de México y el área metropolitana. Así que mis actividades consisten, literalmente, en ver árboles. Lo que resulta de esta observación se usa para justificar legal y técnicamente la intervención o el tipo de manejo que se le dará de forma inmediata a un árbol para otorgarle una vida digna y larga, por lo que se debe ser lo más específico posible.

Otros seres con los que he compartido vida desde la infancia han sido varios perritos, como Pettsy, una salchicha que me acompañó por más de 12 años. Aunque debo reconocer que los gatos se ganaron mi corazón, y hoy tengo una gatita balinesa llamada Baileys que comparte casa con los gatitos de mis padres, Luna, Puma y Chofi.

Considero también que el mayor obstáculo para entender los árboles no es su complejidad ni su altura o su dureza, sino cómo hablamos de ellos; la palabra árbol por sí misma es uno de esos conceptos que pueden cegarnos más que abrirnos los ojos. Los árboles nos han provisto de refugio, armas, fortalezas, calor, fuego y alimento; son clave en cuentos, relatos, rituales religiosos, cultura y comercio. Pero pensamos en ellos con una visión bastante utilitarista, muy enfocada en qué pueden darnos. Así, el verdadero reto no es cambiar de concepto o definición sino entender que nuestras palabras y categorías tienen una historia que condiciona nuestra forma de mirar y comprender la naturaleza.

Además de ver árboles me gustan las series sobre viajes en el tiempo o temas de física realista, como Interestelar, de Nolan. Y un autor que ha marcado profundamente mi desarrollo personal, profesional y científico es Francis Hallé, con sus libros Alegato por el árbol y Elogio a la planta, obras indispensables para quien quiera resignificar sus conocimientos sobre estos seres.

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