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16 de enero de 2018
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Aquí estamos

No. 20 La verdad en la ciencia

Es difícil y polémico este tema. Hay algunos que se apasionan y atacan a la “verdad” negándola. Se dice, por ejemplo, “la verdad no existe” o “cada quien tiene su verdad”, pero ¿es cierta esta afirmación? Y de ser así, ¿cuál sería el papel de la ciencia?, ¿dónde reside su validez?, ¿podemos hablar de “verdad” científica? Tenemos que preguntarnos también, ¿por qué preferimos la verdad y no la mentira? Aquí hay dos problemas esenciales: uno sería el científico y el otro el moral.

Las verdades científicas, aunque le pese a muchos necios relativistas, existen. Un ejemplo de verdad científica es “que todos los cuerpos ocupan un lugar en el espacio”, y negar esta verdad es absurdo. Muchos se valen del sofisma, “el espacio y el tiempo no existirían si el hombre no los pensara o nombrara”. Esto nos permite descubrir una falsedad evidente: el espacio y el tiempo existirían, lo que no existiría, en dado caso, serían los conceptos, que son las herramientas que usa el hombre para definir y relacionarse con las cosas. Según Octavio Paz, “el puente entre el hombre y las cosas es el lenguaje”, y bajo este criterio (formado por consensos humanos, es decir, la verdad aparece por un acuerdo consensual de los conceptos que todos aceptamos como verdaderos y no sólo eso, sino que las categorías que nos permiten descubrir la ciencia y saber que dos hechos son distintos entre sí, son categorías humanas) la ciencia es un instrumento humano.

Si la verdad no existiese, algunas cosas no funcionarían. Por ejemplo: si un científico preguntara a todo el mundo, incluidos ignorantes en la materia y dogmáticos enardecidos, la solución a un problema que va en contra de sus costumbres y prejuicios, seguramente obtendría respuestas de carácter violento y, posiblemente, sería excluido. El científico erraría en buscar la verdad en cada persona. Lo que hace es ir con científicos, acudir a instituciones científicas para ser reconocido.

La verdad busca camino y se impone casi siempre, pero el intento de descubrirla es arduo, laborioso y peligroso, si no que le pregunten a Galileo que estuvo a punto de ser quemado por hacer evidente una verdad científica. Nosotros somos herederos de la verdad científica y por eso gozamos de ella (no pensamos en cómo realizar un microchip, pues hubo quien lo pensó antes, ni resolvemos el problema de por qué flotan los cuerpos en el agua, pero eso no nos libera de la responsabilidad de “aprehenderlo”), e incluso en nuestras relaciones personales preferimos, cuando no somos débiles, la verdad a la mentira. La verdad nos dignifica, nos da transparencia y calidad humana; la mentira busca un lugar débil en nosotros para establecerse y dañarnos. El problema moral es muy grande y es por eso que verdad moral y científica no son la misma cosa, las dos ocupan un lugar distinto, aunque se relacionan sin poder evitarlo. Su relación está dada por algo muy simple: las dos deben ser resueltas por la humanidad; nuestra labor es su constante búsqueda.

Ernesto Gallardo León,
Estudiante del último semestre
Colegio de bachilleres.

 

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