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16 de enero de 2018
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Aquí estamos

No. 22 Los tulipanes, una anécdota botánica

Hace como cinco años, comencé a entusiasmarme por la vida vegetal: el ver crecer a las plantas, las formas de las hojas, los tipos de flores y su cantidad de pétalos. Cuando salía de paseo con mi familia, observaba cada planta silvestre o doméstica con la que me topaba; es más, procuraba ir a jardines botánicos, en donde podía admirar su diversidad. Era un misterio el que escondían esas variedades: sutileza, belleza, fragilidad, exquisitos aromas.

De un momento a otro, me vino a la mente un lejano país: Holanda y, dentro de él, el personaje principal de esta experiencia botánica. Hubo una flor que me gustó más que las otras, el tulipán. Me inquietaron sus formas, sus colores, la estructura de sus hojas, la alegría que transmite, la profundidad de sus seis pétalos y el simpático tallo redondo y suavecito. Al no encontrarla en las florerías de la localidad, me di cuenta que no crece en Ensenada y que se da en climas fríos, como el de Holanda. En dicho país existen bellos sembradíos de esta flor, en hileras perfectamente alineadas y coloridas.

Lograr que el clima holandés esté presente en Ensenada no era sencillo, así que me pregunté: ¿qué pasaría si siembro tulipanes en el jardín de mi casa? Probablemente la planta no se desarrollaría del todo, pero quizá si surtiría efecto mi experimento biológico.

Conseguí bulbos de tulipán de distintos colores y los sembré en un recuadro de tierra debidamente nutrida y fertilizada, situado en la parte trasera de mi casa. Ahí los rayos solares no penetran, por lo que la mayor parte del tiempo está fresca, y tiende más a lo frío. Pasó una semana, luego dos... y de repente se asomó una punta verde sobre la tierra. Sí, mi planta salió por fin de su escondite y, transcurridos algunos días, la flor de tulipán se abrió finalmente. El tono de la flor era una armoniosa combinación de fucsia con rojo y resplandecía como el mismo Sol.

De los siete bulbos que sembré, seis se dieron muy bien. Mis tulipanes mexicanos duraron aproximadamente dos meses, al cabo de los cuales poco a poco fueron desvaneciéndose; dejando atrás una grata ilusión que, en términos botánicos, jamás olvidaré y que
quería compartir con ustedes.

Andolsa Arévalo
4to. de bachillerato
Centro de Enseñanza Técnica y Superior
Ensenada, Baja California

 

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