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16 de julio de 2018
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Aquí estamos

No. 49 Ya no es ciencia ficción

Una buena película siempre nos deja algo y eso quisiera compartirlo con ustedes. Me refiero a Abre los ojos, cinta de Pedro Amenábar (también director de Tesis y Los otros), después de la cual quedé con mil y una ideas en la cabeza: ¿acaso somos producto de la imaginación de alguien?, ¿será verdad que los avances de la ciencia son tales que nuestro cuerpo puede quedar suspendido en el tiempo a través de la congelación?

Contar esta película sería tan difícil como tratar de dar las respuestas a todas las preguntas arriba planteadas, ya que es un juego en el tiempo en el que quizá el principio resulte el final o la mitad de la cinta, pero lo que es un hecho es que sin darnos cuenta ya estamos envueltos en la trama y desde que se escuchan las primeras palabras queremos saber más del enmascarado que habla dentro de una celda con alguien que parece ser un psiquiatra.

Ésta es una cinta en la que se tocan la ciencia y la ficción, pero hay algo de cierto en toda esta mezcla de tiempos, sueños y pesadillas en las que el protagonista se ve envuelto. Me refiero a los avances tecnológicos de la criónica o criogénica, como la llaman en la cinta, aunque cabe aclarar que el término correcto para este caso en particular es el de criónica. Lo más impactante fue que al hacer la investigación previa a este escrito, realmente me sentí protagonista de Abre los ojos buscando empresas que se dedicaran a la criónica, la cual se define como la práctica de congelar el cuerpo de una persona que acaba de morir para así preservarla, con la idea de resucitarla en el futuro, en el supuesto de que entonces habrá una cura para la enfermedad que le provocó la muerte.

Esto no es nada nuevo. Desde 1972 en los Estados Unidos existen dos grandes organizaciones que realizan este tipo de prácticas: Cryonics Institute y Alcor L. E. Foundation. Éstas y otras alrededor del mundo se dedican a congelar a personas que han muerto, con la expectativa de que en el año 2030 se podrá hacer la primera descongelación y gracias a los avances de la nanotecnología y la clonación se revertirán los daños causados por la suspensión en nitrógeno a –196° C. ¿El costo?: 120 mil dólares por congelación completa y 50 mil dólares por la neurosuspensión (es decir, sólo la cabeza), para que después clonen el cuerpo.

Quizá no pase exactamente como en la película, pero es un hecho que al darnos cuenta de que la ciencia rebasa a la ficción, no podemos más que desear querer despertar.

Alexandra Martínez Medina
Egresada de la carrera de comunicación

 

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