UNAM
17 de agosto de 2017
II
II
¿Cómo ves?
Inicio » Número » Índice 105 » Al rescate de un depredador formidable
imprimirpdfmenosmas

Al rescate de un depredador formidable
Foto: Heather Fener

Al rescate de un depredador formidable

Verónica Guerrero Mothelet

Este día, como tantos otros, Ramón Bonfil se prepara para enfrentar al gran tiburón blanco. Por tradición, los encuentros entre el hombre y este imponente condrictio han dado origen a historias casi míticas. Caben razones: cien millones de años antes de que los dinosaurios se pasearan por la superficie de la Tierra, los mares ya constituían el territorio de caza del tiburón, uno de los depredadores más extraordinarios del planeta. Sin embargo, el propósito que guía a este investigador y sus colegas no es aniquilar a las majestuosas criaturas, sino evitar su extinción.

Ciertos depredadores han inspirado una mezcla de fascinación y temor, como es el caso de los grandes felinos y de los tiburones blancos. A estos últimos se les considera devoradores de seres humanos, lo que ha dado lugar a que se les persiga y extermine. No obstante, son los tiburones quienes en realidad tienen razones para temer a los humanos, pues son víctimas de la sobrepesca y la degradación de las zonas costeras; es decir, de la destrucción de lagunas costeras y manglares, áreas de crianza de muchos tipos de tiburones y de una gran cantidad de fauna marina. También son víctimas de la llamada pesca deportiva, donde se obtienen sus dientes y mandíbulas como trofeos. Incluso en áreas protegidas existe un mercado negro para los restos de estos imponentes animales.

Por fortuna, los tiburones blancos cuentan también con defensores, como los científicos que al estudiarlos se han maravillado de sus características y su grandeza. Uno de ellos es Ramón Bonfil, el Dr. Tiburón o Dr. Shark, como es conocido en el medio. Enamorado del mar, cursó biología marina en la Universidad de Baja California. Después de recibirse, trabajó cinco años en el Instituto Nacional de la Pesca, donde comenzó a estudiar a los tiburones cuando se le asignó la investigación de la pesquería de tiburones en Yucatán. Fascinado con ellos encaminó su carrera a conocerlos a profundidad y obtuvo una maestría en la Universidad de Gales, en Gran Bretaña, y un doctorado de la Universidad de Columbia Británica, en Canadá.

Su primer encuentro real con los tiburones blancos fue en 2001, en Ciudad del Cabo, Sudáfrica, cuando uno de los investigadores locales lo llevó, a él y a otros, en su barco a verlos. Varios tiburones se acercaron a la superficie y nadaron alrededor de la embarcación mientras les ofrecían carnadas. Según el doctor Bonfil, sus movimientos eran a veces rápidos, pero casi todo el tiempo cautelosos y lentos, por lo que los animales parecían de una majestuosidad y un poder enormes.

Ese primer encuentro cambió su percepción de los tiburones blancos: “Dejaron de ser seres mitológicos y aterrorizantes, y se volvieron algo real, bello y merecedor de respeto y admiración”. Por suerte, casi de inmediato se dieron las condiciones para que Bonfil iniciara sus estudios sobre sus migraciones, el tema principal de sus investigaciones.

Una larga travesía

Entre 2002 y 2004, cuando colaboraba para la Wildlife Conservation Society de los Estados Unidos, Bonfil descubrió, con el apoyo de otros colegas, que los tiburones blancos son capaces de recorrer inmensas distancias transoceánicas, incluso de un continente a otro, para luego regresar a su hogar natal; esto hace evidente que se trata de una especie migratoria y sugiere que puede existir un vínculo genético entre poblaciones de tiburón blanco muy alejadas, como las de Sudáfrica y Oceanía.

Esta investigación, publicada en octubre de 2005 en la revista científica Science, consistió en colocar en el lomo de 25 tiburones pequeños aparatos conocidos como marcadores PAT (del inglés, Pop-up Archival Tags), que son microchips con sensores y un transmisor de unos 17 centímetros de largo. Estos instrumentos transmiten por radio datos como la profundidad y la temperatura del agua hasta un sistema satelital llamado ARGOS, que calcula la posición del transmisor y reenvía la información a una computadora personal, así es como se conocen las rutas y destinos de los animales marcados.

Uno de ellos fue la tiburona Nicole, una adulta de casi cuatro metros, cuya travesía resultó toda una sorpresa para los investigadores. Aunque desde 2002 se sospechaba que el macho de esta especie podía viajar largas distancias, se pensaba que las hembras siempre permanecían en su área nativa. Sin embargo, Nicole refutó esta suposición al cruzar el Océano Índico desde la costa de Sudáfrica hasta el noroeste de la costa australiana en tan sólo 99 días. Por si fuera poco, seis meses más tarde los investigadores constataron que Nicole había regresado al lugar donde fue marcada originalmente, completando un circuito de más de 20 000 kilómetros en poco menos de nueve meses, todo un récord.

¿Fósiles vivientes?

Los primeros tiburones aparecieron en el océano prehistórico hace unos 400 millones de años, durante el periodo Devónico de la era Paleozoica. Desde entonces, su evolución ha sido tan eficaz que en los últimos 150 millones de años prácticamente no han tenido que cambiar.

Junto con las rayas y quimeras, los tiburones son miembros de la clase Chondrichthyes, o condrictios, porque a diferencia del común de los peces, su esqueleto no está constituido por huesos, sino por cartílagos, el mismo material del que están hechas nuestras orejas. Tampoco tienen escamas, porque su cuerpo está cubierto por dentículos dérmicos, unas estructuras formadas principalmente de queratina, que se desarrollan en la superficie externa de su piel, la cual ha servido como modelo en la creación de trajes de baño para competencias de natación. Estos dentículos están cuidadosamente acomodados para apuntar hacia la cola del tiburón, con el fin de reducir la fricción del agua alrededor de su cuerpo, y llegan a ser tan ásperos que antiguamente la piel de algunos tiburones se empleaba como lija.

Asimismo, en lugar de la clásica vejiga natatoria, el órgano que, al llenarse de aire, mantiene a flote a la mayoría de los peces, los tiburones dependen de su hígado, saturado de aceite, como el principal órgano que interviene en su sistema de flotación.

La velocidad mínima de esta tiburona, sostenida a grandes distancias, fue de 4.7 kilómetros por hora, la mayor registrada entre tiburones, y sólo comparable a la alcanzada por los atunes más rápidos. Además, Nicole realizó la mayor parte de la travesía nadando a muy poca profundidad, a menos de un metro de la superficie, lo cual hace suponer que, como otros vertebrados, los tiburones blancos podrían usar guías visuales como mecanismos de navegación —la posición del Sol o de la Luna—, además de utilizar el campo magnético de la Tierra.

No obstante, estos viajes tan extensos a través de todo un océano ponen a los tiburones en riesgo de ser capturados en aguas internacionales. Actualmente, países como Australia y Sudáfrica tienen leyes que los protegen, mas no son suficientes; como señala Ramón Bonfil, “Ahora tenemos la prueba de que los tiburones blancos necesitan protección en aguas internacionales. Esta demostración es el paso esencial para poder obtener dicha protección”. De hecho, la información que obtuvo su equipo ha sido uno de los factores que permitió que la especie fuera incluida en el Apéndice II de la Convención sobre el Comercio Internacional de Especies Amenazadas de Fauna y Flora Silvestre de las Naciones Unidas (CITES, por sus siglas en inglés).

Vida difícil

Los esfuerzos de investigadores como Bonfil son de gran importancia para la conservación del tiburón blanco en todo el mundo. Esta especie de nadadores casi insuperables, cuyo organismo es además capaz de mantener, por arriba de las aguas donde suele vivir, una temperatura corporal de hasta 15º C, es uno de los tipos de tiburón con mayor distribución en los mares del planeta. Se ha observado su presencia en las costas del Pacífico, desde Baja California hasta Alaska, así como en Hawai; en la costa atlántica de Estados Unidos, en el Mar Caribe, y en gran parte del Golfo de México y en Sudamérica. Su existencia es ampliamente conocida en Australia, Nueva Zelanda, África Occidental y Japón; aunque tal vez lo sea menos su residencia en el Mediterráneo, el este de China y el sur de Rusia.

Chicos y grandes

Se conocen unas 500 especies de tiburones, clasificadas en el superorden de Selachimorpha. Éstas comparten las peculiaridades de poseer varias agallas a los lados o debajo de la cabeza, así como diversas hileras de dientes, que pueden reemplazarse cada vez que se desgastan o pierden.

Los tipos de tiburones varían tanto en tamaño como en hábitat, conductas y alimentación. Así, tenemos desde el pequeño Eridacnis radcliffei, conocido en algunos lugares como Tollo coludo pigmeo, que mide unos 24 centímetros, hasta el inmenso tiburón ballena, que puede alcanzar una longitud mayor a los 15 metros y se alimenta de plancton.

Sin embargo, este increíble depredador, cuya precisión y velocidad para cazar lo pone en la punta de la cadena alimenticia de su medio, está en peligro de desaparecer, entre otras razones por el largo periodo que requiere para alcanzar la edad reproductiva y la escasa cantidad de crías por camada, entre dos y 10.

En consecuencia, las poblaciones del gran blanco se han reducido mucho en el Mediterráneo: los científicos calculan que ha habido una disminución del 80% en los últimos 130 años, y se cree que en el noroeste de Atlántico también ha descendido en el mismo porcentaje en sólo 50 años. Existen pérdidas igualmente importantes en regiones de Sudáfrica y Australia.

A diferencia de lo que se ha podido hacer para ayudar a otras especies, ha sido imposible conseguir que estos animales se reproduzcan en cautiverio. Es más, todavía hace dos años, no se les podía mantener vivos en cautiverio, pues morían a los pocos días de haber sido capturados. El acuario de Monterey, en California, ha sido el primero y el único en lograr mantener dos tiburones blancos juveniles en cautiverio, y sólo durante seis meses, periodo después del cual los liberaron.

Gran capacidad de alimentación

La madurez sexual de los tiburones blancos llega hasta que tienen entre 12 y 18 años, por lo que, para reproducirse, deben procurar mantenerse a salvo durante este periodo. Cuando lo consiguen, la hembra produce huevos, aunque no los expulsa. La fertilización se lleva a cabo mediante apareamiento, y los huevos se depositan en el útero, donde permanecerán durante el crecimiento de los embriones. A esto se le llama reproducción ovovivípara.

Los fetos de tiburón blanco no cuentan con una placenta para nutrirse; se alimentan de los huevos no fertilizados que la madre continúa produciendo durante toda la gestación. Después de entre 12 y 18 meses, la hembra por fin da a luz a las crías sobrevivientes y totalmente formadas, que para entonces miden cerca de un metro y medio.

Los adultos suelen alimentarse de leones marinos, focas, y mamíferos similares, a los que se tragan en grandes trozos y sin masticar. Comen también peces, tortugas marinas, algunos invertebrados como los moluscos, e incluso tiburones; además de animales enfermos o heridos y cierto tipo de carroña, por ejemplo, los restos de una ballena.

Así como hay zonas y momentos de riesgo para encontrarse con otras especies de tiburones, como ríos y playas de agua turbia, en el caso del tiburón toro; los buceos nocturnos en el de la tintorera o el tiburón tigre; los naufragios en altamar, en el caso del tiburón azul, uno puede toparse con un tiburón blanco durante un buceo en una zona llena de focas y lobos marinos. Aunque los humanos no somos presa natural ni el manjar favorito de ninguna especie de tiburón —y en muchos casos los ataques se deben a que el animal pudo haber confundido a algún incauto nadador con un lobo marino o una tortuga—, en ciertas condiciones especiales, si el tiburón supone que el humano que percibe no muy lejos es una presa fácil, no vacilará en acercarse y probarlo.

En general, los tiburones blancos son curiosos, y suelen investigar lo que encuentran en su territorio. Primero miran con cuidado, si el objeto les parece inofensivo, es posible que quieran probarlo. En realidad, los ataques de tiburón a los humanos son mucho más escasos de lo que nos han hecho creer. El gran tiburón blanco no merece la mala fama que tiene, y que les ha costado la vida a tantos ejemplares.

No es como lo pintan

Según Ramón Bonfil, el tiburón blanco es un animal hermoso. Puede alcanzar casi siete metros de longitud, aunque en promedio mide entre 3.5 y cinco metros. Llega a pesar más de tres toneladas y como sucede con la mayoría de los tiburones, las hembras suelen ser más grandes que los machos. Tiene una pigmentación poco común, ya que a pesar de su nombre, lo blanco es sólo la parte inferior de su abdomen; el resto de su cuerpo va del gris oscuro al café grisáceo. Su coloración le sirve de camuflaje en el momento de atacar a su presa; contra ella arremete desde abajo, en un veloz movimiento ascendente, durante el cual su oscuro lomo se confunde con el agua, lo que le ofrece la ventaja de la sorpresa.

Los tiburones no respiran por la nariz, pero tienen fosas nasales que como a la mayoría de sus parientes, les permiten olfatear a sus presas a través de una gran cantidad de órganos sensoriales llamados lamellae, que se conectan directamente con el centro de su cerebro, informando de cualquier olor interesante. Ésta es la razón de que puedan detectar la sangre a varios kilómetros de distancia.

Refugio de tiburones

Hace apenas cinco años la Isla Guadalupe se dio a conocer al mundo como el mejor lugar para observar al tiburón blanco en su ambiente natural. Esta isla, de 250 kilómetros cuadrados, está situada 260 kilómetros al oeste de la península de Baja California. Su aislamiento del continente, debido a que tuvo un origen volcánico hace aproximadamente siete millones de años, la ha convertido en una zona única, con especies endémicas de flora y fauna. Por tal motivo, en 2005 la isla fue declarada Reserva de la Biosfera, quedando protegidas su flora, fauna y las aguas que la rodean en una extensión de 79 kilómetros a la redonda. Ahora esta región es un refugio para los tiburones blancos de México que lleguen a la zona.

Su oído es igualmente asombroso, y les es muy útil para encontrar comida. En especial, los atraen los sonidos de baja frecuencia, que podrían ser emitidos por una presa herida o enferma o, desafortunadamente, por el motor de alguna embarcación. En cuanto a gusto y tacto, estos selacios tienen una piel hipersensible. Su cuerpo está recubierto de una especie de papilas gustativas, con las que pueden distinguir el sabor de un objeto al frotarse contra él, y debajo de la piel poseen muchas terminaciones nerviosas que no sólo son sensibles al tacto, también pueden percibir el menor movimiento a su alrededor, así como obtener información sobre la temperatura del agua y la dirección de las corrientes.

Además, si alguien puede presumir de contar con un sexto sentido son los tiburones. Todos los seres vivos producimos algún tipo de señal eléctrica, que varía dependiendo de las actividades, y que es captada por unos órganos electrorreceptores, situados alrededor de la cabeza en el caso del tiburón blanco, conocidos como ámpulas de Lorenzini. Son pequeños canales llenos de una sustancia gelatinosa muy sensible a los campos eléctricos que para otros son imperceptibles. Así, pueden distinguir si su presa nada plácidamente, o bien si presenta un patrón de movimiento inusual, que podría ser indicativo de que está herida o enferma.

Por si fuera poco, la forma estilizada e hidrodinámica del tiburón blanco es perfecta. No obstante todo lo anterior, su principal instrumento de supervivencia es su provisión de varias hileras de grandes y afilados dientes, unos 50 por fila, que se reemplazan cada vez que es necesario. Por algo su nombre científico, Carcharodon carcharias, que en griego quiere decir dientes puntiagudos.

Tiburones mexicanos

En fecha reciente, Ramón Bonfil inició dos importantes proyectos: en Nueva Zelanda y en la Isla Guadalupe, México. En ambos casos, el propósito es estudiar las poblaciones locales de tiburón blanco para recabar información que ayude a diseñar mejores medidas para manejar y proteger esta especie, tanto en estos países como a nivel internacional.

Hasta hace pocos años, no se conocía la presencia de tiburón blanco en el occidente de México; hoy, los investigadores saben que hay una importante cantidad de ellos en la costa occidental de la península de Baja California y, principalmente, en la Isla Guadalupe. Si bien los tiburones blancos están registrados como especies en peligro de extinción dentro de la legislación mexicana, en la práctica no existe todavía una protección real. Para poder protegerlos es necesario identificar su hábitat, y sus áreas de apareamiento y crianza.

¿Quién protege a los tiburones?

A nivel internacional:

  • Considerado como especie “vulnerable” en la lista roja de especies en peligro de la Unión Mundial para la Conservación (IUCN) desde 1996.
  • Incluido en la Convención sobre Especies Migratorias (CEM) en 2002.
  • Dentro del Apéndice II de la Convención sobre el Comercio Internacional de Especies Amenazadas de Fauna y Flora Silvestre (CITES) de la ONU en 2004.

A nivel nacional:

  • Sudáfrica (1991).
  • Namibia (1993).
  • Estados Unidos (1997).
  • Australia (1999).
  • Malta (2000).*
  • Nueva Zelanda (2007).
  • México (2007).**


* A pesar de la virtual extinción del tiburón blanco en el Mediterráneo, Malta es el único país europeo que lo protege.
** Con la aprobación de la norma NOM-029 para la pesca sustentable, se pretende proteger a especies de tiburones y rayas que requieren medidas de conservación, como el gran blanco, el tiburón ballena, el peregrino y la manta raya gigante.

Con ese fin, Bonfil quiere investigar cómo estos tiburones utilizan el espacio y cuáles son sus hábitos migratorios, que podrían llevarlos a cubrir distancias tan grandes como lo hace Nicole. De hecho, nos refiere que en fecha reciente otra tiburona, Claudia, que marcó en Isla Guadalupe, realizó un viaje hasta el norte de Hawai, recorriendo más de 3 500 kilómetros. Por ello también es importante conocer la relación entre las poblaciones de México y las de otras partes, como Hawai y la costa oeste de los Estados Unidos, para saber si existe una cruza entre ellas. Este investigador piensa poner la información que se reúna a disposición del gobierno mexicano, cuya participación en la protección del tiburón blanco es imprescindible para su supervivencia.

Sin embargo, obstáculos económicos han impedido proseguir el proyecto de Isla Guadalupe en forma regular. Para sortear los escollos, Bonfil busca la colaboración de otros investigadores establecidos en México, y así obtener los recursos necesarios para continuar estos estudios.

Para evitar la extinción del gran blanco es necesario reducir la mortalidad de esta especie causada por la pesca directa o accidental a nivel mundial, asegura Bonfil, aunque reconoce que ésta es una cuestión difícil, ya que las técnicas pesqueras tradicionales no son selectivas y continuamente capturan tiburones blancos. Una solución efectiva, señala, sería identificar las áreas con mayor abundancia de tiburones blancos y las más importantes para ellos, y prohibir en dichos lugares el tipo de pesca que potencialmente los capture de manera indiscriminada. “Mi trabajo y el de algunos otros investigadores es precisamente identificar bien esas áreas, y poder hacer propuestas para su protección”, explica.

Precisa que los tiburones blancos, como muchos otros condrictios, son la punta de las redes tróficas, o cadenas alimenticias, y por ello contribuyen de manera fundamental a mantener el equilibrio y salud de algunos ecosistemas marinos. Si el tiburón blanco desapareciera, se perdería este equilibrio, con cambios desastrosos e irreversibles. Por ejemplo, se observarían explosiones demográficas en las poblaciones de los depredadores medios, por falta de un depredador superior que las controlara. A su vez, esto podría provocar una extraordinaria reducción de otras poblaciones de presas. Al final, las proporciones de población se modificarían radicalmente, trayendo un desastre no sólo ecológico, sino también económico, ya que muchas especies que tienen importancia comercial podrían verse diezmadas por el efecto en cadena de la desaparición del tiburón blanco.

Al margen de su importancia como parte de esta red de ecosistemas, el tiburón blanco es un animal soberbio que encierra aún muchos misterios. El trabajo apenas ha comenzado y, sin duda, conocer los sitios cruciales para esta especie requiere de muchos años más de investigación. Es importante que continúe, porque finalmente, como dice Ramón Bonfil, “Sólo puede protegerse aquello que se conoce”, si no el gran tiburón blanco puede quedar en la historia de las grandes especies que alguna vez nos acompañaron.

Verónica Guerrero Mothelet es periodista, divulgadora y traductora; publica artículos e imparte talleres sobre los nuevos paradigmas de la ciencia.

 
En ediciones anteriores
Slide 1

El gen maestro y el don del lenguaje

Slide 2

Aire limpio, ¿un milagro?

Slide 3

Fusión nuclear, de las estrellas a la Tierra

Facebook Twitter Google+ YouTube

promociones2 promociones1 promociones3
suscripción Antología Nuestro canal en Youtube Evita el ciberbullying Nutilus Valor UNAM
Subir