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20 de agosto de 2017
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Hasta los huesos*
Foto: Ernesto Navarrete

Hasta los huesos*

Verónica Guerrero Mothelet

El grupo de biomateriales del Instituto de Investigaciones en Materiales de la UNAM ha logrado importantes avances en la regeneración de huesos y piel, así como en cementos óseos para fijar prótesis.

Tycho Brahe, astrónomo danés que vivió en el siglo XVI, es célebre por sus observaciones del cielo nocturno, pero lo que aquí nos interesa es su nariz: la perdió en un duelo y en su lugar portaba una prótesis de oro y plata. Otros personajes del pasado que usaron prótesis fueron, desde luego, los piratas, con su ojo de vidrio, pata de palo y mano de garfio. Y mucho más atrás en el tiempo, puede citarse una mandíbula encontrada en Honduras, de cerca de 1 500 años de antigüedad, que presentaba trozos de concha marina injertados en las cavidades donde alguna vez estuvieron los incisivos. Estos ejemplos podrían considerarse como antecedentes de los modernos biomateriales: sustancias que sirven para sustituir, completar o reparar un órgano o tejido y, en general, para recuperar la funcionalidad de una parte del organismo.

Biomateriales

Colocar un órgano artificial, inmovilizar un hueso con clavos, reconstruir una cadera con implantes de titanio o simplemente suturar una herida, todo esto sería imposible sin biomateriales. Entre los expertos que los desarrollan se encuentran los investigadores del grupo que dirige la doctora María Cristina Piña Barba, en el Instituto de Investigaciones en Materiales (IIM) de la UNAM.

La doctora Piña explica que los biomateriales son materiales naturales o sintéticos que pueden estar en contacto con los tejidos vivos por periodos largos sin causar efectos adversos en el organismo. Un material biológico puede modificarse para emplearse como biomaterial; por ejemplo, el pericardio de bovino, membrana que rodea el corazón de este rumiante, puede utilizarse para reparar úlceras en los humanos luego de un tratamiento químico.

María Cristina Piña cuenta que, en la Segunda Guerra Mundial, cierto soldado sufrió una profunda herida en el cuello. Para que pudiera respirar los médicos le pusieron una manguera de plástico. Pese a que la intervención permitió al soldado seguir respirando y comenzar a recuperarse de la herida, la manguera no resistió el movimiento y se rompió. A partir de entonces, los médicos empezaron a buscar materiales más resistentes.

Los biomateriales sintéticos más socorridos hoy son de tres tipos: metales, cerámicas y algunos polímeros (los polímeros son macromoléculas formadas de cadenas de moléculas más pequeñas llamadas monómeros; hay polímeros naturales y artificiales, los plásticos, por ejemplo, son polímeros). Los tres ofrecen ventajas en comparación con los materiales naturales. Son fáciles de manipular y de esterilizar, provocan menos reacciones inmunitarias y no es difícil conseguirlos.

Las biocerámicas y los biopolímeros funcionan mejor que los metales para reparar y reconstruir tejidos enfermos o dañados del cuerpo humano, entre otras razones porque son más resistentes a la oxidación y corrosión que los metales. También son menos propensos a la fricción y el desgaste, por lo que se les prefiere, por ejemplo, para fabricar prótesis de articulaciones.

Pruebas rigurosas

Las biocerámicas no deben ser tóxicas ni alergénicas. Por su interacción con los tejidos, pueden clasificarse en tres tipos: bioinertes, bioactivas y bioabsorbibles. El óxido de aluminio o alúmina es bioinerte, lo que significa que carece de actividad biológica y al implantarse no propicia que se forme tejido fibroso a su alrededor. Las cerámicas bioactivas como la hidroxiapatita, en cambio, se enlazan químicamente al tejido óseo, mientras que las bioabsorbibles se disuelven y son reemplazadas por el tejido circundante, como ocurre con los hilos de sutura en los tejidos internos.

La doctora Piña explica que los biomateriales se someten a rigurosas pruebas de compatibilidad. Éstas sirven para garantizar que ni el material ni lo que deja al degradarse sean nocivos para el organismo. El primer paso es verificar la citotoxicidad de las sustancias, esto es, si son o no tóxicas para las células. Para ello se preparan tres cultivos celulares; en uno se pone un material reconocidamente tóxico, en otro uno inocuo y en el tercero el material que se quiere probar. “Así vemos dónde queda nuestro material. Si las células se mueren en gran cantidad, el material es muy tóxico, y si no lo detectan se trata de un material inerte”, dice María Cristina Piña.

Bajo el músculo

Cada siete años tenemos un esqueleto nuevo, ya que las células llamadas osteoclastos se encargan de deshacer el hueso viejo y los osteoblastos de producir hueso nuevo.

El tejido óseo es el único que se regenera sin dejar cicatriz, pero su regeneración se va haciendo más lenta conforme avanza la edad.

El examen de genotoxicidad prueba si el material altera los genes de las células. “En la prueba se emplean células extraídas de la sangre de donadores, las cuales se han separado y cultivado”, dice la doctora Piña. Si se altera el funcionamiento de las células, puede haber efectos genéticos. Luego se efectúan las llamadas pruebas preclínicas de biocompatibilidad, que se llevan a cabo en especímenes animales. En los países de primer mundo, comenta la doctora Piña, las pruebas preclínicas deben estar muy justificadas para que se autorice emplear unos cuantos animales, en general ratas, conejos y perros. En países como el nuestro no hace falta una justificación rigurosa para obtener autorización de usar grupos grandes de animales. Pero como las pruebas son tan costosas, por lo general son muy pocas las que se llevan a cabo y se hacen en ratas y conejos principalmente, rara vez en perros y cerdos.

Al final se hace la prueba clínica, con personas. Estas pruebas se realizan en clínicas y hospitales, con protocolos que deben presentar los médicos para aprobación de las comisiones de ética.

De la célula al hueso

Los huesos están formados por una parte orgánica y otra inorgánica. Ésta última está formada por la cerámica natural hidroxiapatita, la cual se va pegando a fibras de colágeno y va formando la matriz ósea. El grupo de investigación de la doctora Piña ha desarrolladovarios proyectos para regenerar huesos. En uno de los más exitosos se emplea hueso de bovino. Para eso se le extrae toda la materia orgánica, que es la que puede causar rechazo del sistema inmunitario del paciente, y sólo se deja la matriz ósea de hidroxiapatita, que es como el encaje. Este biomaterial se coloca donde hace falta hueso. Como es inerte, el organismo lo acepta y las células del hueso comienzan a colonizarlo. Al cabo de un tiempo, los osteoclastos (células encargadas de destruir el hueso) lo van degradando, al tiempo que los osteoblastos van formando el hueso propio del paciente. De esta forma, la matriz implantada termina por degradarse, pero se mantiene el tiempo que tarda en formarse el hueso nuevo. El procedimiento “acelera la formación de hueso, en comparación con lo que tardaría si no se colocara la matriz de hueso de bovino”, señala Cristina Piña.

Cuando se usa hueso del propio paciente para rellenar un hueco, la operación se denomina autoinjerto. Esta intervención conlleva dos problemas: por una parte, no se puede extraer mucho hueso para injertar, y por otra, se requieren dos cirugías, lo que implica más tiempo de recuperación y mayor costo para el paciente. “No tiene sentido, porque el hueso de bovino funciona igual”, dice la doctora Piña.

Con el propósito de optimizar el procedimiento, el equipo del IIM desarrolló un método para limpiar perfectamente el hueso de bovino, cortarlo e implantarlo. Este material ha pasado todas las pruebas de biocompatibilidad y se encuentra en la etapa de pruebas clínicas en pacientes humanos con el apoyo del Hospital Regional General Ignacio Zaragoza, del Instituto de Seguridad y Servicios Sociales de los Trabajadores del Estado (ISSSTE), con protocolos encabezados por el Dr. Fernando Cueva del Castillo.

La patente del material pertenece a la UNAM y lo produce una pequeña empresa mexicana llamada Biocriss, creada hace cuatro años por un grupo de estudiantes y algunos de los investigadores del Departamento de Materiales Metálicos y Cerámicos del IIM. “Biocriss es la empresa donde los egresados del área de biomateriales han llevado nuestras investigaciones hasta sus últimas consecuencias. Ya tienen todos los registros requeridos y cuentan con un laboratorio certificado. Ellos han impulsado a los médicos a colaborar y ahora ya terminaron los protocolos en hospitales. Esto permite que los desarrollos del grupo de biomateriales del IIM lleguen a los pacientes”, dice la directora del equipo, y añade: “tenemos una colaboración muy estrecha y frecuentemente nos apoyan en la ejecución de pruebas y con el suministro de materias primas”.

El grupo de Cristina Piña también aprovecha el hueso de bovino para producir una esponja de colágeno. Para fabricarla, ponen en solución ácida la matriz porosa que ya habían obtenido con los métodos antes descritos. La matriz pierde toda la hidroxiapatita y queda únicamente la colágena. La esponja se deshace, dejando solamente fibras, que se pueden inyectar en arrugas y cicatrices porque ayudan a regenerar cualquier tipo de tejido. Este estudio se lleva a cabo en conjunto con investigadores de la Universidad Autónoma Metropolitana de Iztapalapa.

Cemento óseo

Otro proyecto del grupo de biomateriales está dirigido a los cementos óseos. Cristina Piña explica que, “por ejemplo, cuando se rompe la cabeza del fémur, ya no se regenera, sobre todo en personas de la tercera edad”. En consecuencia, los médicos la extirpan y colocan una prótesis de titanio, que además tiene un cabezal de cerámica con un polímero para reducir la fricción. “Para anclar la prótesis al fémur, hay que poner cemento a su alrededor, que por lo general es fabricado con polimetil-metacrilato”. Aunque este material es biocompatible, tiene un problema: es un cemento que fragua lentamente (puede tardar años). Para acelerar la solidificación se usa un catalizador que hace aumentar la temperatura del cemento a cerca de 100 °C. Esto daña el tejido circundante que, con el tiempo, se desprende y vuelve a aflojar la prótesis; se corre el riesgo de que se rompa el fémur donde está implantada.

El grupo de Cristina Piña ha mejorado un cemento que se desarrolló en Europa. Es un material, dice la investigadora, que “fragua entre 40 y 42°C. Nosotros encontramos aditivos que lo hacen más fuerte, y unos líquidos para que fragüe más rápido, en cuestión de minutos”. En contacto con los fluidos fisiológicos, este cemento se transforma con el tiempo en hidroxiapatita, es decir, se trata de un material que se va convirtiendo en parte del hueso. Cristina Piña agrega que estas innovaciones también han sido patentadas a nombre de la UNAM. Lo que falta es que una empresa las comercialice.

Tipos de biocerámicas

Hidroxiapatita. Es el material más empleado para reparar o sustituir hueso. Es una cerámica bioactiva, cuya superficie se enlaza directamente con el hueso. Existen varios métodos para obtenerla, ya sea mediante reacciones químicas —empleando hidróxido de calcio y una solución de ácido fosfórico—, o bien con métodos conocidos como sol-gel, que la producen en polvo, de donde se parte para formar tabletas o bloques compactos, si así se requiere. Una de sus aplicaciones más importantes es como recubrimiento de superficies metálicas para fijar prótesis ortopédicas y dentales, pero prácticamente puede sustituir cualquier hueso. Se utiliza también en cirugía plástica y cirugía espinal.

Zeolitas de aluminofosfatos. Son muy útiles para reparar la piel dañada por quemaduras, abrasiones, contusiones o laceraciones. Como es importante que el proceso de cicatrización sea rápido y eficaz, se ha propuesto emplear aluminofosfatos enriquecidos con calcio y zinc, elementos importantes para la regeneración de la piel y que permiten una mejor cicatrización del tejido, además de estimular el crecimiento normal del cabello.

Cementos óseos. Sirven para fijar las prótesis al hueso. Están fabricados con fosfatos de calcio y silicatos. Tienen la capacidad de fraguar rápidamente y en presencia de líquidos fisiológicos se transforman en hidroxiapatita, convirtiéndose con el tiempo en tejido óseo.

Nueva piel

Un grupo de investigadores de Cuba solicitó la ayuda del grupo de biomateriales del IIM para caracterizar una biocerámica de aluminofosfatos. La doctora Piña cuenta que los cubanos no podían producir el material para enviarlo en las cantidades necesarias. Entonces Adriana Tejeda, a la sazón alumna de Cristina Piña, se dedicó a fabricar un aluminofosfato que pudiera reproducirse cuantas veces fuera necesario, y consiguió una biocerámica. “La probamos en ratas y en humanos. Descubrimos que con ella la piel se regenera más rápido, sin producir cicatrices, e incluso permite que vuelva a crecer el pelo”, añade la investigadora.

Este desarrollo podría servir para tratar las consecuencias del “pie diabético”, una terrible complicación de la diabetes que hace que los tejidos del pie se infecten, se ulceren o destruyan. De hecho, comenta la investigadora, un médico de Cuautla lo utilizó con este fin en campesinos sin recursos. “Se ponían la cerámica con miel, para que no se les cayera, y fue una maravilla, porque el pie diabético se regeneraba rápidamente en vez de tardar años”. En ese momento no contaban con la posibilidad de realizar un estudio sistemático, pero ahora el grupo busca que alguna institución médica se interese en realizar la investigación clínica.

Pocos pero eficaces

El área de biomateriales del IIM cuenta con dos laboratorios. En uno de ellos se preparan los cultivos de tejidos, que se conservan en una incubadora. El espacio debe mantenerse prístino, por lo que se lava y desinfecta e incluso se irradia con rayos ultravioleta durante un periodo de 24 horas para garantizar que ningún germen patógeno contamine los cultivos. Se aprovechan también otras herramientas que ofrece el instituto: el trabajo con microscopios electrónicos y las pruebas de termodinámica se realizan en los laboratorios comunes, donde se caracterizan los materiales.

El grupo de biomateriales es poco numeroso. Además de la doctora Piña, lo integran sus estudiantes Adriana Tejeda, Ariana Labastida, Ismael Hernández, Karla Dávalos y el Dr. Héctor Rodríguez. Para realizar su trabajo requieren el apoyo de investigadores de otras dependencias. Por ejemplo, los implantes en animales se realizan en la Facultad de Medicina de la UNAM y las pruebas en células las hacen investigadores de la Universidad Autónoma Metropolitana. Así se suple la falta de investigadores de tiempo completo en el área de biomateriales, aunque, señala la doctora Piña Barba, “sería ideal que pudiera existir una continuidad en esta área, porque de lo contrario podrían perderse los frutos de un esfuerzo enorme”.

Verónica Guerrero es periodista, divulgadora y traductora, publica artículos e imparte talleres sobre los nuevos paradigmas de la ciencia.
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