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20 de agosto de 2017
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¿Cómo ves?
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Las doce velas
Imagen: Sandra Barrón

Las doce velas

Carlos Guevara Casas

Celebramos los 12 años de ¿Cómo ves? con otros tantos científicos que hicieron historia en la ciencia mexicana de los siglos XIX y XX.

Cumplir años no siempre es fácil. Para muchos esta dificultad igual ocurre si se llega a 16 que a 40 o 90 primaveras. Tal vez por eso en Papúa Nueva Guinea no se registra la edad y con esto se evitan las crisis de la adolescencia y de la madurez. Pero en muchas culturas los aniversarios son motivo de alegría y festejos, en parte porque hasta el siglo XIX la esperanza de vida apenas rebasaba los 40 años.

A los occidentales nos fascinan los múltiplos de 10 y en México nos cautivan, además, los sexenios. El resultado es que los mexicanos celebramos y sufrimos los aniversarios redondos, decimales y sexenales. Festejar se impone, y más cuando hay buenos motivos, como en este aniversario número 12 de ¿Cómo ves? que, en conjunción de tintes míticos, coincide con el aniversario 100 de la UNAM, el 100 de la Revolución Mexicana y el 200 de la Independencia, pretextos numéricos sin igual para hacer un recuento de 12 velitas en la historia de la ciencia mexicana de los últimos dos siglos. He aquí, por orden de aparición, una docena de científicos luminosos.

La naturaleza de México

José Mariano Mociño nació en Temascaltepec, Estado de México, en 1757, en una efervescencia científica que llevó a muchos investigadores a explorar los rincones más alejados del planeta. En ese momento era difícil adivinar que él mismo participaría en una de las últimas grandes exploraciones del mundo. Tras sus primeros estudios se trasladó a la capital del país, donde terminó el bachillerato. Luego de casarse y ser maestro en Oaxaca, regresó a la Ciudad de México para estudiar medicina; ahí conoció al naturalista Antonio Alzate (ver ¿Cómo ves? No. 108), quien tuvo gran influencia en los intereses científicos de Mociño.

La corona española planeaba una expedición a la Nueva España para tratar de conocer los recursos naturales que ésta poseía (ver ¿Cómo ves? No. 142). Durante años Mociño viajó por todo el territorio estudiando la flora y la fauna; fue hasta Nutka (en la actual Columbia Británica, en Canadá). Realizó casi 2 000 ilustraciones: 1 800 de plantas y el resto de vertebrados, insectos y otros organismos. Luego de la expedición, Mociño fue profesor en Francia y España. Murió en 1820 en Barcelona, a los 63 años, legando una obra que prologaba el futuro de una ciencia mexicana tan rica como su naturaleza.

No todo lo que brilla es oro; a veces es mejor

Andrés Manuel del Río fue una de las mentes más brillantes que habitaron México durante la Independencia. Nació en España, en 1764, dentro de una familia modesta, pero consiguió una beca y fue a estudiar a distintas escuelas en Francia, Inglaterra y Alemania, donde aprendió geología, química y minería. Llegó a México donde fue maestro, formó una familia y se enamoró no sólo de los minerales mexicanos, sino de toda esta tierra. En 1801, examinaba minerales de Zimapán, en el actual estado de Hidalgo, cuando uno de ellos le llamó la atención por sus insólitas características. Como al exponerlo al fuego se ponía de color rojo intenso, lo llamó eritronio, pues eritro significa rojizo. Su descubrimiento provocó una controversia mundial, pues muchos científicos pensaban que en realidad el eritronio era cromo. En 1830, Nils Gabriel Sefström lo redescubrió y le puso el nombre de vanadio en honor a la diosa escandinava de la belleza, Vanadis. Después se supo que el eritronio de Andrés Manuel del Río y el vanadio de Sefström eran la misma sustancia. Andrés Manuel del Río murió a los 84 años, el 23 de marzo de l849, recordado con respeto y admiración por mexicanos y españoles.

Dibujar el país

Hacer un mapa no es sencillo. No lo es hoy en día, y lo era menos, por supuesto, en el siglo XIX. Es tal vez por eso que la obra Atlas geográfico, estadístico e histórico de la República Mexicana, el primer trabajo de este tipo, es aún más sorprendente. Su autor fue Antonio García Cubas, quien nació en 1832 en la Ciudad de México. El desarrollo del Atlas fue una empresa descomunal, porque no se tenía una idea exacta de las dimensiones del territorio mexicano, que hoy sabemos de casi cuatro veces el tamaño de España. Pocos años antes, en la guerra con Estados Unidos, se perdió la mitad del territorio, lo que era evidente en los mapas que Antonio García le presentó a Santana, el presidente que perdió la guerra y que, se dice, lloró al darse cuenta de la extensión de lo que había entregado. Considerado el primer geógrafo del México independiente, Antonio García Cubas murió en 1912 tras una vida larga, en la que fue testigo de varias guerras y penurias, pero que no lo desanimaron. Antonio García fue maestro y publicó muchos libros, como el Atlas pintoresco e histórico de los Estados Unidos Mexicanos, con multitud de ilustraciones y datos sobre la mayor parte de los aspectos geográficos del país, incluyendo información demográfica y etnográfica.

Con las manos bien lavadas

Hasta la segunda mitad del siglo XIX a los médicos no les gustaba lavarse las manos. Increíblemente, pensaban que era un insulto al paciente y la mayoría lo consideraban innecesario. Y eso que los microbios se conocían desde tiempo atrás, pero pocas personas los relacionaban con las enfermedades. Una de esas personas fue Francisco Marín, quien nació en 1837 en la ciudad de Puebla. Años más tarde viajó a la Ciudad de México y luego a París, Francia, para dirigir un hospital. A su regreso, en 1867, encontró su ciudad natal destruida por la guerra y el Hospital de San Pedro casi sin dinero. Lo que hizo Marín es sorprendente. De inmediato se concentró en la formación de médicos y demás personal sanitario, programó disecciones para capacitar enfermeros y médicos, diseñó esquemas didácticos y convirtió un lugar sucio donde la gente iba a morir en un hospital limpio donde cada día se salvaban vidas y se aprendía del cuerpo humano. Para lograrlo aplicó los conceptos de asepsia y antisepsia del famoso médico inglés Lister, sustentados en las ideas de Louis Pasteur e Ignaz Semmelweis (ver ¿Cómo ves? No. 28), que relacionaban las enfermedades con los microorganismos patógenos observables en el microscopio. Lister comenzó a emplear los antisépticos en 1865, y en 1867 dio a conocer sus ideas de manera formal, así que las acciones de Marín son simultáneas a las del inglés, lo que da muestra de lo actualizado que estaba.

En la tierra del sol naciente

Tal vez suene raro, pero en alguna ocasión la bandera verde, blanca y roja, con águila, serpiente y nopales, ondeó en lo alto de un asta en territorio del viejo Imperio Japonés. Durante una tarde de 1874, nuestra bandera coronó una colina cercana a Yokohama para señalar la presencia de la expedición astronómica mexicana a Japón para observar el tránsito de Venus. El planeta Venus pasa frente al disco del Sol aproximadamente cada 100 años. Desde que se descubrió, este fenómeno resultó de gran interés, especialmente cuando el famoso Edmund Halley propuso aprovecharlo para calcular la distancia entre la Tierra y el Sol, haciendo mediciones en distintos lugares y luego comparándolas. Los tránsitos de Venus eran ocasión para que los astrónomos de todos los países organizaran expediciones a los mejores lugares de observación con el fin de hacer las mediciones necesarias para calcular la distancia. Los expedicionarios mexicanos, encabezados por Francisco Díaz Covarrubias, salieron en ferrocarril hacia Veracruz, viajaron en barco a la costa este de Estados Unidos, luego en tren nuevamente a San Francisco y de ahí partieron a Japón, periplo inevitable por lo mal comunicado que estaba México en esa época.

Díaz Covarrubias nació en Xalapa en 1833 y estudió topografía en el Colegio de Minería, en la Ciudad de México. Fue profesor de astronomía y topografía en el Colegio de Minas y de matemáticas en la Escuela de Ingenieros. Aun cuando hizo grandes aportaciones a la geografía, su pasión en la vida fue la astronomía y a ella dedicó grandes esfuerzos, entre ellos la expedición a Japón. Ahí Díaz Covarrubias y su grupo montaron dos telescopios que traían desde México. Los aparatos estaban modificados especialmente para este proyecto. Los resultados de la expedición fueron un éxito. Apenas un año más tarde, Díaz Covarrubias y sus colaboradores los publicaron, adelantándose al equipo francés, que era el de más prestigio.

Primero en biología

Alfonso Luis Herrera nació apenas terminó el imperio de Maximiliano y murió en plena Segunda Guerra Mundial. Vio a Benito Juárez, Porfirio Díaz, Zapata y Carranza pasar por la presidencia de la República. Le tocó ver cambiar los carros tirados por caballos por autos, tranvías y aviones. Quizá por eso Alfonso se interesó en tantas cosas. Y aunque estudió farmacia, se consideraba a sí mismo biólogo. Al principio del siglo XX estuvo experimentando con gotas, formadas por aceites y resinas, que se parecían tanto a ciertas bacterias que hasta los expertos las confundían. Propuso una teoría acerca del origen de la vida y fundó la primera cátedra de biología en México; escribió el primer libro mexicano de biología y también el primero en el país sobre la teoría de la evolución de Charles Darwin.

Alfonso Luis Herrera quería que la gente aprendiera y por eso promovió la fundación del Zoológico de Chapultepec, que hoy lleva su nombre. Las circunstancias de su muerte dan cuenta de su espíritu incansable de investigación: se cuenta que murió junto a su microscopio y con un lápiz en la mano.

De Chihuahua a Marte

El 3 de enero de 2004 el robot Spirit llegó a Marte y comenzó a explorar la superficie del mítico planeta rojo. Tal vez no lo parezca, pero esto hubiera resultado imposible sin las aportaciones de un chihuahuense. El 2 de octubre de 1900, como presagiando el futuro del siglo XX, nació en Ciudad Guerrero, Chihuahua, el que sería uno de los fundadores de la cibernética y la informática: Arturo Rosenblueth. Tras sus primeros estudios, se trasladó a Monterrey, donde se hizo pianista. Ganaba dinero en los cines, acompañando al piano las películas mudas. Intentó estudiar medicina, pero la falta de recursos le impidió seguir. Afortunadamente consiguió una beca y pudo irse a Francia para terminar la carrera. Más tarde obtuvo otra beca que lo llevó a trabajar con el matemático estadounidense Norbert Wiener. Ambos, junto con Julian Bigelow, escribieron en 1943 un artículo titulado Comportamiento, propósito y teleología, que está considerado como el trabajo que fundó la cibernética, disciplina que estudia desde la señal de un nervio o las hormonas del cuerpo, hasta las señales eléctricas de un motor y los robots, como el Spirit.

Nutrida como ninguna

La víspera de la Nochebuena de 1898, en Cusihuiriachic, en el inmenso estado de Chihuahua, nació uno de los hombres de medicina más importantes de la historia de México: Salvador Zubirán. Su carácter indómito ante la vida no era casualidad. Los conflictos entre distintas comunidades de Chihuahua, a principios del siglo XX, obligaban a su madre y al pequeño Salvador a viajar carabina en mano. Zubirán estudió medicina en México y Estados Unidos; inició su trabajo clínico en un área que afectaba de manera directa la vida de millones de mexicanos y el futuro de la nación: la nutrición. Su vida estuvo dedicada a desarrollar programas de mejora nutricional, de investigación médica y de creación y consolidación de instituciones de alto nivel académico. Fue rector de la UNAM de 1946 a 1948 y durante su gestión inició la construcción de la Ciudad Universitaria. A punto de cumplir los 100 años de edad, murió en el instituto que hoy lleva su nombre, dejando grandes avances científicos, pero sobre todo miles de vidas plenas gracias a una mejor nutrición.

Rayos cósmicos

Apenas unos meses antes de que empezara el siglo XX, en abril de 1899, la Ciudad de México dio la bienvenida a uno de sus hijos más interesados en el Universo: Manuel Sandoval Vallarta. Habiendo hecho la preparatoria durante la Revolución Mexicana, en 1917 aprobó todos los exámenes para estudiar en Estados Unidos, donde poco después obtuvo el grado de doctor en física. Tras su paso por Europa, donde fue alumno de Albert Einstein y Max Planck, entre otros, retornó a México. Fue profesor de la Universidad Nacional Autónoma de México y el Instituto Tecnológico de Massachusetts. Publicó decenas de artículos sobre mecánica cuántica, teoría de la relatividad y hasta sobre el origen y composición de los rayos cósmicos, cuyo misterio ayudó a resolver. Al mismo tiempo, trabajó para impulsar la educación y la investigación científica en el país. Honrado por numerosas instituciones del mundo entero por sus contribuciones al saber humano, don Manuel Sandoval Vallarta falleció en México en 1977.

Corazón de cacto

Los 100 años de vida de una de las mejores botánicas en la historia nacional empezaron en las calles del antiguo pueblo de Mixcoac, hoy parte de la Ciudad de México. Ahí nació en 1901 Helia Bravo Hollis, en el seno de una familia maderista. Tras estudiar la preparatoria, ingresó a la carrera de biología en 1925, en la Universidad Nacional y posteriormente al posgrado en la misma institución. Luego de sus estudios, fue invitada a incorporarse al flamante Instituto de Biología de la UNAM, donde su talento de inmediato la hizo destacar. Para la década de 1930 ya publicaba trabajos sobre botánica, entre los cuales destaca uno sobre las lemnáceas del Valle de México, unas plantas acuáticas con forma de lenteja que eran tan abundantes como desconocidas. De ahí en adelante su trabajo de investigación se fue centrando en el estudio de una de las familias de plantas más bellas y representativas de nuestro país: las cactáceas. Así que de los lagos del altiplano su labor pasó a las zonas semidesérticas del país. Su trabajo Las cactáceas de México, de 1937, es un clásico de la botánica mundial. Desde entonces sus aportaciones no cesaron; clasificó cerca de 60 grupos taxonómicos e hizo multitud de reorganizaciones en la clasificación de cactus y agaves. Helia Bravo fue fundadora de la Sociedad Mexicana de Cactología y del Jardín Botánico de la UNAM y perteneció a numerosas organizaciones científicas internacionales. En honor a su incansable trabajo, el hermoso Jardín Botánico del Desierto, en Zapotitlán, Puebla, lleva su nombre.

Cúmulo de estrellas

Cuando alguien nace en medio de dos continentes, la vida se presenta siempre como un viaje. Tal vez por eso a Paris Pishmish, nacida en la ciudad de Estambul, entre Europa y Asia, el viaje de la vida la llevó a convertirse en una destacada científica en nuestro país. Luego de estudiar matemáticas y astronomía en su ciudad natal, a principios de los años 30, y más tarde en Estados Unidos, ya en plena Segunda Guerra Mundial, Paris Pishmish llegó a México. Mientras el mundo luchaba, ella comenzó a mirar los cielos desde Tonantzintla, Puebla, en el Observatorio Astronómico Nacional (que después se trasladó a la sierra de San Pedro Mártir, en Baja California). Tiempo después, ya en la UNAM, se convirtió en una destacada y querida maestra e investigadora. Escribió más de 100 artículos de investigación, descubrió varios cúmulos de estrellas (algunos de los cuales llevan su nombre), propuso una teoría que explicaba la forma espiral de algunas galaxias, e introdujo nuevas técnicas de investigación astronómica en México. Murió en 1999, a los 98 años de edad, dejando una herencia de varias generaciones de científicos mexicanos.

Velita nuclear

Apenas iniciada la primavera de 1938, justo cuando Alemania invadía Viena y se anexaba Austria, nacía en Veracruz Alejandra Jáidar Matalobos, el 22 de marzo de 1938. Tal vez por nacer en fechas tan llenas de actividad científica acerca de la energía nuclear su vida se encauzó en esa búsqueda del saber íntimo de la materia. Ingresó en la UNAM a los 17 años y fue la primera mujer egresada de la carrera de física. Se recibió con una tesis sobre física nuclear. A principios de los años 70 llevó a cabo distintas investigaciones sobre técnicas nucleares en el Laboratorio Chadwick de Inglaterra, así como en la Universidad de Maryland, Estados Unidos. También fue indispensable su trabajo para poner en marcha las actividades del acelerador de partículas Van der Graaf, que en su momento fue el más grande de Latinoamérica. Además fue una gran entusiasta de compartir el saber y el asombro que da la ciencia. Trabajó arduamente en divulgar la ciencia por medio de libros, artículos y documentales de televisión. Fue la iniciadora de la exitosa colección de libros "La ciencia desde México" (hoy llamada "La ciencia para todos") del Fondo de Cultura Económica, así como una de las fundadoras de la Sociedad Mexicana para la Divulgación de la Ciencia y la Técnica (SOMEDICYT). Alejandra Jáidar murió en 1988, tras una vida llena de trabajo y entusiasmo por el saber. La SOMEDICYT otorga en su honor el Premio Nacional de Divulgación de la Ciencia.

Hacia al futuro y más allá

Esta lista, como todas, es prima de la injusticia y hermana del olvido. Hay mucho más que contar, como la paradoja de Luis Miramontes, creador de la píldora anticonceptiva, que tuvo 10 hijos, o la vida del incansable Ignacio Chávez y sus estudios sobre el corazón, reconocidos en todo el mundo. O los aportes del físico Marcos Moshinsky al campo de las partículas elementales, por los que obtuvo el Premio Príncipe de Asturias 1988. O las investigaciones arqueológicas de la maestra Eulalia Guzmán... Hay muchos hombres y mujeres que han hecho historia en la ciencia de nuestro país. La lista completa es muy larga, por fortuna, lo que nos recuerda que nuestra identidad e historia también se han forjado en las aulas y los laboratorios.

Más información

  • Trabulse, Elías, Historia de la ciencia en México, Fondo de Cultura Económica, México, 1994.
  • www.luiseugeniotodd.com/todd/ images/stories/pdfs/BHCM.pdf
  • www.izt.uam.mx/cosmosecm/ EMC_COSMOS_HOME.html
  • Carlos Guevara Casas es biólogo por la UNAM, donde imparte las materias de evolución e historia y filosofía de la biología en la Facultad de Ciencias. Es coautor de los libros Educación para la salud (Ed. Santillana) y de De todo corazón (ensayos sobre historia, arte y cardiología, Ed. Trilce) y autor de Historia de la cardiología en México (Ed. Trilce). Ha publicado artículos académicos y de divulgación y es columnista del suplemento Letra S en el diario La Jornada.

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