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15 de diciembre de 2018
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Los rostros de la violencia
René Magritte, Los amantes (detalle).

Los rostros de la violencia

Martha Duhne

El 20 de abril de 1999, Eric Harris de 18 años y dylan Klebold de 17 llevaron a cabo una balacera en su escuela preparatoria, la Columbine High School, en Littleton, Colorado, en la que asesinaron a 12 de sus compañeros y a un maestro, hirieron a otros 23, y después se suicidaron.

Hechos violentos similares que involucran a adolescentes, se han repetido con diferentes rostros, nombres y número de víctimas en otros lugares del mundo y plantean una cascada de preguntas, pero la más importante es: ¿por qué?

Muchachos que matan

Se han escrito innumerables artículos tratando de explicar las posibles causas de estos acontecimientos, en apariencia totalmente inexplicables. A Eric y a Dylan los han llamado asesinos, locos, sicópatas, hasta engendros del demonio, pero estos trágicos sucesos le plantean una pregunta muy interesante a la ciencia: ¿qué puede suceder para que un bebé se convierta en un adolescente tan enojado y agresivo?

La ciencia aún está muy lejos de poder contestar esta pregunta, pero investigaciones recientes en la relación que existe entre la realidad social y sicológica de estos adolescentes y la bioquímica de su cerebro, vierte alguna luz en las posibles causas de la conducta agresiva que presentan. Las conclusiones que surgen de estas investigaciones no son tan simples como para concluir que la violencia está programada genéticamente, o que un asesino en potencia se esconde en los pliegues de los lóbulos frontales del cerebro, ni en una infancia con maltratos continuos. Es más bien una red extremadamente compleja de factores bioquímicos, sociales y sicológicos los que, en conjunto, pueden desembocar en una persona violenta y agresiva, capaz de cometer un asesinato. Sin embargo, entender los orígenes de la violencia nos ofrece pistas sobre cómo intentar prevenirla. ¿Se han encontrado diferencias fisiológicas o neurológicas en las personas que cometen asesinatos violentos?

La biología de la violencia

En una clínica de Fairfield, California, el doctor Daniel Amen realizó estudios en 50 asesinos y encontró que sus cerebros compartían algunas características comunes. La estructura llamada Giro Cingulado (o CG por sus siglas en inglés), que se localiza en el centro del cerebro, mostraba hiperactividad en todos ellos. El CG actúa como un transmisor del cerebro, lo que le permite cambiar de un pensamiento a otro. Cuando no funciona bien, la persona se queda atrapada en una sola idea, a la que regresa continuamente. También la corteza prefrontal, que parece actuar como un supervisor del cerebro, funcionaba muy lentamente en los 50 asesinos. “Si tienes pensamientos violentos de los que no puedes escapar y no existe un supervisor que los deseche, estás en problemas”, dice el doctor Amen. Este tipo de daño cerebral puede resultar de golpes fuertes en la cabeza así como de una exposición importante a sustancias dañinas para el bebé, como el alcohol, durante el embarazo.

Otras investigaciones han encontrado que, en general, los hombres físicamente agresivos tienen niveles altos de testosterona, una hormona sexual involucrada, entre otras funciones, en el desarrollo de las características sexuales secundarias de los varones (tales como la barba y la voz grave) y en la construcción de masa muscular. Estudios realizados en prisioneros de distintas cárceles mostró que los hombres con los niveles más altos de testosterona eran, en muchos casos, los que habían cometido crímenes violentos. Pero esta relación no es siempre directa y está mediada por muchos factores sociales como el uso de drogas.

Catorce estudios diferentes han encontrado que existe una marcada tendencia en jóvenes violentos a presentar ritmos cardíacos significativamente más bajos que personas menos agresivas. Otros estudios no han encontrado ritmos cardíacos anormales en sicópatas.

Se sabe también que los machos son el sexo más agresivo en casi todos los mamíferos y esto ha llevado a algunas personas a suponer que los hombres son naturalmente agresivos y que la violencia es una consecuencia natural de la biología masculina. Sin embargo, las variaciones en el número de homicidios en distintas sociedades hacen evidente que la cultura tiene gran influencia en la probabilidad de que un hombre cometa un asesinato. Por ejemplo, la proporción del número de asesinatos en Colombia es 15 veces mayor que la de Costa Rica, y la de Estados Unidos es 10 veces mayor que la de Noruega. Incluso existen diferencias regionales muy marcadas dentro del mismo país.

Pero las diferencias no son sólo geográficas. A nivel mundial, los homicidios juveniles se han duplicado en los últimos 15 años. Esto no se debe a que los cerebros con los que nacen los muchachos de ahora hayan cambiado en media generación, o a que una mutación genética los haya hecho más agresivos. Si el aumento de la violencia actual no puede explicarse por cuestiones fisiológicas o neurológicas, hay que intentar encontrar otras causas.

Los primeros años

La capacidad de aprendizaje que tiene un bebé es asombrosa: en menos de tres años, gatea, camina, asimila un lenguaje y aprende a relacionarse con su medio. Pero un cerebro tan joven es también extremadamente vulnerable a heridas sicológicas que ocurran durante este periodo. Un niño pequeño que continuamente vive experiencias de tensión (como son el abandono, el maltrato o incluso el terror), experimenta cambios físicos en su cerebro. El flujo continuo de sustancias químicas relacionadas con conductas que producen tensión, tiende a reestructurar el funcionamiento del cerebro, poniendo su sistema de defensa en un estado de constante alerta. El resultado es un niño que muestra una agresión impulsiva. Para él, cualquier actitud que interprete como hostil, puede aumentar en su cerebro el nivel de hormonas relacionadas con respuestas a conductas de tensión.

En otros niños, el contacto constante con el dolor y la violencia, puede llegar a bloquear la respuesta natural a las situaciones de tensión, como un botón al que se le ha apretado tantas veces que deja de funcionar. Éstos son los muchachos con personalidades antisociales, que frecuentemente tienen una baja sensibilidad a las necesidades y emociones de otras personas.

Puede existir también un componente genético que desemboque en una personalidad antisocial. Aspectos del temperamento como la irritabilidad, impulsividad, hiperactividad y poca sensibilidad a las emociones de los demás pueden tener una base biológica. La manera en la cual se desarrolle un bebé que naturalmente sea poco reactivo a muestras de afecto, dependerá de la capacidad que tengan sus padres de estimularlo y formar lazos afectivos con él. Cuando un niño pequeño es excesivamente agresivo se debe entrenar a la familia a no enfrentarlo continuamente, retándolo y peleando con él, sino enseñarle formas no violentas de solucionar sus problemas y así reducir su frustración.

Las diferentes respuestas de los padres producen distintos cerebros y, por lo tanto, distintas conductas. El comportamiento es el resultado de un diálogo entre el cerebro y las experiencias y, a pesar de que las personas nacen con algunas características biológicas, el cerebro tiene muchas páginas en blanco. La infinidad de mensajes que recibe un niño de su entorno, le dará la pauta de cómo se espera que se comporte cuando sea adulto. Es por esto que padres que maltratan a sus hijos física o sicológicamente, a menudo fueron maltratados cuando niños. Los delincuentes, en muchos casos, tienen padres que abusaron del alcohol y de las drogas, eran criminales y fueron niños golpeados.

Esta secuencia de eventos no se cumple siempre, pero sí es un factor de riesgo: haber crecido en un ambiente violento o falto de afecto aumenta las probabilidades de crear personas violentas que repitan el círculo vicioso con sus hijos. A un niño le pueden repetir mil veces que es malo agredir y golpear a los demás, pero si a él lo han tratado a golpes e insultos, sus padres se gritan y observa que la violencia es la manera en la cual se resuelven los problemas, es probable que entienda que ésa es una forma aceptable de comportarse.

¿Violencia feliz?

La cultura popular actual, en canciones, videojuegos, Internet, películas y programas de televisión, ofrece muchos ejemplos en los cuales el personaje más pequeño, o el que ha sido humillado y agredido logra vengarse, matando y destruyendo a sus oponentes.

George Gerbner, investigador de la Escuela de Comunicación de Annenberg, en la Universidad de Pensilvania, ha estudiado por más de 30 años los efectos de la televisión en sus espectadores y encontró que en promedio hay más de cinco escenas violentas en una hora de programación en horario estelar y 25 actos violentos por hora en las caricaturas que se transmiten en los canales estadounidenses los domingos por la mañana, que son los mismos que transmiten nuestros canales comerciales. Un niño que en promedio vé tres horas y media de televisión al día, habrá presenciado más de 8 000 asesinatos y 100 000 actos violentos por televisión para cuando termine la primaria.

Nunca antes había estado la cultura tan saturada de imágenes violentas. En la primera película de Duro de matar se ven 18 asesinatos; en la segunda, 264. En Robocop I hay 32 muertos; en su secuela, 81. Las tres películas de El padrino apilaron 12, 18 y 53 cuerpos, respectivamente.

¿Cuál es el mensaje de toda esta violencia? La cantidad de escenas violentas en los medios fomenta la idea de que las conductas agresivas son normales y hasta deseables. “Vivir en una sociedad cargada de violencia genera agresividad en algunas personas y falta de sensibilidad, inseguridad y rabia en otras”, dice Gerbner, quien piensa también que el gran peligro de la televisión es que se ha convertido, no en un mero entretenimiento, sino en una religión moderna que presenta una visión del mundo que es coherente, violenta, agresiva, represiva, peligrosa y falsa. “Violencia feliz” llama Gerbner al tipo de violencia que se ve en los medios; violencia espectáculo, sin consecuencias. ¿Algún espectador se detendrá a pensar, como parte de la trama de la película, en las viudas, los huérfanos, las madres, o en qué implicarían los 264 muertos de Duro de matar II?

Nacidos para matar era la película preferida de Dylan Klebold y de Eric Harris quienes lograron reunir, en el sótano de sus casas, un arsenal de cuatro armas de alto calibre, una bomba hecha con un tanque de propano de 10 kilos y más de 30 bombas pequeñas construidas por ellos mismos con pólvora, clavos y vidrios rotos. Y buena parte de la sociedad estadounidense sigue pensando que es su legítimo derecho tener acceso a las armas.

¿Qué podemos concluir?

A todos nos aterran los hechos que sucedieron en la preparatoria de Columbine, pero vivimos en una sociedad en donde la violencia se ha convertido en un espectáculo; es cotidiano el maltrato a los niños y a las mujeres; la intolerancia es una constante en las relaciones entre las personas de distintas ideas, culturas, religiones o preferencias sexuales; la impunidad de ciertos sectores de la población no es la excepción, sino la regla; más de la mitad de la población vive en la pobreza y la justicia ha dejado de ser ciega (¿alguna vez lo fue?), pero sí tiene color de piel y clase social. Debería resultar igual de aterrador que los sucesos de Columbine, el haber aprendido a ver a un niño de cuatro años pidiendo limosna a las once de la noche como quien vé un semáforo.

Resulta muy simplista y hasta cómodo poner etiquetas, culpar a otros, encontrar una causa, una sola que explique estos asesinatos en los que se han perdido tantas vidas, esperanzas, sueños, futuros. Pero el tema de la violencia es extremadamente complejo y presenta muchas facetas distintas. Y, la verdad sea dicha, no nos es ajena.

Si la conclusión fuera que la principal causa del aumento de la violencia entre adolescentes está únicamente en una patología del funcionamiento de su cerebro o en la conducta dictada en sus cromosomas, mucho podríamos hacer para combatirla. Pero si es el resultado de muchos factores, el problema es realmente complejo. Y en este coctel de factores, todos tenemos nuestra cuota de responsabilidad; aspectos en los cuales pensar, decidir y actuar.

Violencia a todo color

George Gerbner nació en Hungría y emigró a Estados Unidos huyendo del fascismo. Luchó en la segunda Guerra Mundial y se convirtió en héroe. De regreso en su país se dedicó a estudiar los efectos de la televisión en el público, en particular la violencia, y comenzó a contar los asesinatos y su frecuencia en ese medio masivo de información. Actualmente, desde la Escuela de Comunicación de Annenberg en la Universidad de Pensilvania, Estados Unidos, se ha convertido en uno de los expertos en el tema.

Después de treinta años de analizar la violencia en la televisión en Estados Unidos —por lo menos la mitad de esos programas se transmiten en México— y su influencia en los telespectadores, Gerbner concluye lo siguiente:

  • Nunca antes una cultura estuvo tan inundada de imágenes violentas a todo color; por supuesto hay sangre en los cuentos de hadas, puñaladas en la mitología, asesinatos en Shakespeare, y guerras y batallas en los libros de texto, pero esas representaciones de violencia son expresiones culturales legítimas, incluso necesarias para equilibrar consecuencias trágicas.
  • El uso selectivo y simbólico, definido históricamente, de la violencia del heroísmo, la crueldad o la auténtica tragedia se ha sustituido por la violencia con final feliz.
  • Los estadounidenses dedican un tercio de su tiempo libre a ver televisión.
  • Sólo 1.3% de los personajes que aparecen en las series transmitidas en los mejores horarios son pobres.
  • Por cada hombre blanco que es víctima hay 22 mujeres víctimas que pertenecen a minorías raciales.
  • Los malos son mayoritariamente varones, de clase baja, jóvenes y extranjeros (muchos latinos).
  • No hay diferencia entre la violencia presentada con humor y la que parece seria; de hecho, la primera es más peligrosa porque hace ver a la violencia como un comportamiento aceptable.
  • En general, la televisión da la idea de que el mundo es peor de lo que realmente es. Esto provoca sentimientos de temor y ansiedad y que la gente esté dispuesta a aceptar medidas gubernamentales extremas contra la violencia.
  • Los actos violentos por televisión quitan al público el sentido trágico de la vida que es necesario para la compasión.

Gerbner, quien encabeza el Movimiento por el Ambiente Cultural, no recomienda la censura pero propone diversificar la programación con el fin de producir menos materiales violentos y más programas que muestren a las minorías y a las mujeres de manera favorable; en resumen, que las historias sean contadas más por quienes tienen algo que decir que por quienes tienen algo que vender.

Martha Duhne es bióloga; desde hace varios años se dedica a la divulgación de la ciencia, sobre todo en medios audiovisuales. Ha sido productora entre otros programas de Ciencia hoy, en TV UNAM, inter@100.xia, del canal 11.

Agradecemos a los doctores Marcelino Cereijido, investigador del Centro de Investigación y Estudios Avanzados del IPN y Humberto Nicolini, jefe de la División de Investigaciones Clínicas del Instituto Mexicano de Psiquiatría, su asesoría en la elaboración de este artículo.

 
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