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27 de marzo de 2017
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El inodoro del siglo XXI
Foto: Natthapong Suntorndech/Shutterstock

El inodoro del siglo XXI

María del Carmen Climént Palmer

Cada día vamos en promedio seis veces al baño. Al hablar del espacio ideal para eliminar nuestros desechos, pensamos en un cómodo inodoro blanco, que jale eficazmente, limpio y con privacidad. Esta opción es mucho menos accesible y moderna de lo que parece. Llevamos un siglo usando el mismo diseño de inodoro y urge cambiarlo.

No se sabe con certeza quién inventó el primer artefacto para orinar y defecar. Durante mucho tiempo nadie se privó de descargar sus desechos corporales en la tierra, detrás de algún arbolito quizá. Este método fue inobjetable hasta que comenzaron a aparecer cacas por todos lados. Entonces fue necesario crear un método más privado e higiénico. Así surgió la letrina, que sigue siendo el escusado de 12% de la población mundial. Las letrinas son agujeros en el suelo (de dos metros de profundidad aproximadamente) sobre los cuales se coloca una base para sentarse. Los desechos van a dar al fondo del hoyo, donde se integran a la tierra. Por muy profundo que sea el agujero, en algún momento se llena y hay que hacer otro... y otro y otro. De acuerdo con la revista Time, el palacio de Knossos, en Creta, construido hace alrededor de 4 000 años, fue uno de los primeros lugares con letrinas. Pero además de la falta de espacio para crear nuevos hoyos, las letrinas tienen otras desventajas como el mal olor y la contaminación del agua del subsuelo. Dichas deficiencias motivaron el diseño de nuevos sistemas.

El primer inodoro lo inventó un poeta: John Harrinton. Lo diseñó en el siglo XVI para la reina Isabel I de Inglaterra. Su idea consistió en unir un asiento a una cisterna de agua, todo en un recinto cerrado: water closet, de donde provienen las siglas WC. La pestilencia era el principal problema de este diseño, pues no tenía manera de evitar el reflujo del agua contaminada. Fue el relojero escocés Alexander Cumming quien dio fin al problema de los malos olores. Lo logró agregando un sifón: un tubo en forma de S en cuya curvatura queda retenido un volumen de agua limpia que funciona como tapón para impedir la salida de los gases. Cumming fue quien patentó por primera vez el inodoro en 1775. Casi un siglo después, el plomero inglés Thomas Crapper inició la fabricación a mayor escala de inodoros, y al poco tiempo, en Canadá, Thomas Avity añadió el flujo de vórtice autolimpiador (la caída de agua en espiral al interior de la taza que arrastra con más fuerza los desechos). Avity patentó este modelo y así dio lugar al diseño final del escusado contemporáneo. Ahora los encontramos de muchos colores, materiales y estilos, pero todos se basan en este modelo de hace ya más de 100 años.

Aguas residuales

Qué sensación tan placentera llegar a casa corriendo en un estado de urgencia y por fin estar ahí: el escusado frente a nosotros, como la salvación a nuestra vejiga llena. Y aún mejor, un minuto después jalamos y es como si nada hubiera ocurrido. ¿Nada? Ensuciamos y desperdiciamos entre seis y 13 litros de agua potable que irán a dar a otro lugar donde continuarán su efecto contaminante.

El volumen máximo de orina que podemos generar en 24 horas es de dos litros, que se distribuyen en unas cinco o seis idas al baño. Si cada descarga es de seis litros, se usan 30 litros de agua para desechar sólo dos litros de orina. El desperdicio es estratosférico. La cifra se vuelve abrumadora cuando la multiplicamos por familias, comunidades y poblaciones inmensas en todo el mundo. Y lo peor es que se trata de agua potable: agua que podríamos beber.

El inodoro común funciona como un “desaparecedor” de desechos: basta jalar una palanquita para que éstos salgan de nuestra vista. ¿Qué ocurre después? El escusado es el inicio de un largo recorrido. Con esos seis o 13 litros de agua, los desechos pasan a un tubo que normalmente desemboca en cuerpos de agua como ríos y lagos. Esto, además de ser un importante problema ambiental, degrada la calidad de vida de quienes viven en zonas aledañas a los espacios contaminados.

De acuerdo con datos de la Organización Mundial de la Salud (OMS) de 2007, en toda América Latina sólo se trata el 14% de las aguas residuales, y de éstas, sólo el 6% es tratado de manera apropiada. Es decir, la orina y excretas de 208 millones de personas llegan directamente al medio ambiente sin recibir tratamiento.

Adiós excremento, hola enfermedades

Además del desperdicio descomunal de agua y la contaminación ambiental hay un problema menos visible, pero igual de importante: la proliferación de enfermedades asociadas a la falta de higiene. Mientras el escusado convencional ha resultado para muchos el método perfecto para eliminar los desechos, para 2 500 millones de personas en el mundo el inodoro es una opción inaccesible e incluso inútil, ya que habitan en zonas sin agua ni drenaje. Así pues, ¿en qué condiciones orinan y defecan estas personas? Según datos de la OMS del 2014, el 18% de la población mundial defeca al aire libre (en 1990 la proporción era del 31%), el 12% lo hace en condiciones inadecuadas, como letrinas, y el 8% usa espacios compartidos. En cualquiera de estas condiciones, no se cumple con un buen saneamiento. Éste es un concepto central que se refiere a la correcta eliminación de las excretas humanas para prevenir enfermedades y favorecer la privacidad y dignidad. Para que el saneamiento sea adecuado la persona no debe tener contacto con sus desechos, por el contrario, éstos deben estar higiénicamente separados del humano. Actualmente 2 500 millones de personas tienen contacto con sus desechos al orinar y defecar. Los países más afectados se concentran en Asia meridional y África subsahariana. México se encuentra clasificado como uno de los países con buen saneamiento; sin embargo, aún existen muchas comunidades en las que los desechos no se eliminan adecuadamente. Esto produce focos de infección y enfermedades, sobre todo gastrointestinales. Estas enfermedades se transmiten por la vía fecal-oral, llamada así porque ocurre cuando los microorganismos de las heces pasan a la boca. Este mecanismo de infección sigue teniendo un impacto negativo en la salud pública a nivel mundial.

Lo que ocurre al defecar al aire libre ilustra cómo se transmiten las enfermedades si falta saneamiento. Quien defeca en el suelo es probable que, además, no tenga papel higiénico, agua ni jabón, por lo que las manos pueden contaminarse por contacto directo con las excretas. Con las manos contaminadas manipulamos el alimento o nos las llevamos directamente a la boca. Mientras tanto, las moscas llegarán a visitar las heces fecales y después emprenderán su vuelo hacia los alimentos, llevando con ellas partículas de excretas. Además, el contacto directo de la caca con el suelo puede contaminar las aguas cercanas, incluyendo las que utilizamos para cocinar. Ya sea por beber esta agua, por consumir alimentos con excretas o por llevarnos las manos sucias directamente a la boca, finalmente alguna persona ingiere heces que pueden ir acompañadas de virus, bacterias y parásitos. Si multiplicamos el efecto por millones de personas que defecan al aire libre diariamente, el resultado es un grave problema de salud pública.

Las diarreas son la segunda causa de mortalidad en niños menores de cinco años a nivel mundial (OMS 2013) y su origen es el mecanismo descrito. La mayoría de los microorganismos que se encuentran en las heces son inofensivos, pero algunos nos afectan terriblemente. Bacterias como la Escherichia coli y la Salmonella, virus como el Rotavirus o Calicivirus, o parásitos como la Giardia o los helmintos son agentes que pueden causar enfermedades diarréicas. Las 760 000 muertes de niños que ocurren por diarrea anualmente en el mundo podrían evitarse mejorando el saneamiento y otras prácticas de higiene. Para lograrlo se necesita un diseño de inodoro que se adapte a las variadas condiciones de vida, incluyendo la falta de agua y drenaje.

En busca del escusado perfecto

Así pues, urge reinventar el inodoro. Los escusados ahorradores de agua (que usan seis litros por descarga en vez de 13) han significado un avance importante para reducir el gasto del líquido, pero no lo eliminan por completo y no atienden la problemática de salud pública. Hasta hace poco era casi inimaginable pensar en un inodoro que funcionara sin agua. Hoy ya existen los baños secos, que muchos países están considerando como opción viable. En México el arquitecto y empresario César Añorve, de Cuernavaca, Morelos, se ha dedicado a la producción de baños secos desde hace casi 30 años. Por su parte, Cristian Corcuera y Óscar González, diseñadores industriales egresados de la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM), crearon un diseño de escusado que funciona sin agua y que aprovecha los desechos sólidos para hacer composta.

En varios países de América Latina como Ecuador, Perú, El Salvador y Haití, el inodoro seco ha significado la posibilidad de mejorar el saneamiento de muchas comunidades. Pero no sólo los países en vías de desarrollo han puesto atención en esta nueva opción; el interés por cambiar el inodoro es mundial. Finlandia, por ejemplo, cuenta con una asociación del inodoro seco que busca fomentar el desarrollo y difusión de escusados sustentables. Pero el máximo proyecto a gran escala para reinventar el inodoro es el que impulsa la fundación Bill and Melinda Gates, la cual acometió en 2011 el reto de reinventar el inodoro, destinando millones de dólares a los mejores diseños. La motivación esencial del concurso fue mejorar las condiciones de vida de los 2 500 millones de personas sin acceso a saneamiento seguro y reducir la muerte infantil por diarrea. Uno de los requisitos del concurso fue que el inodoro funcionara sin agua. El ganador fue el Instituto Tecnológico de California, con un diseño de inodoro que funciona con energía solar y genera hidrógeno y fertilizante. Es un modelo sumamente complejo; requiere de celdas solares y un extenso equipo para transformar los desechos. Este reto ha llegado a más países; recientemente fueron convocadas China e India. Por ahora, los modelos nacidos del concurso son muy complicados y costosos. Sin embargo, hay diseños de inodoros secos que llevan años y que podríamos adoptar.

El inodoro seco

Algunos inodoros secos están pensados para integrarlos a zonas rurales, pero también hay para viviendas urbanas. Se pueden adaptar hasta a un departamento. De manera general, el funcionamiento de un baño seco, como también se les conoce, se basa en separar la orina de las excretas, las cuales se deshidratan. La taza está dividida en dos secciones, una para orina y otra para excremento. Éste se cubre con una mezcla de tierra seca y cal (algunas mezclas pueden incluir ceniza o aserrín). El objetivo es deshidratar el excremento, y al mismo tiempo evitar microorganismos infecciosos y malos olores. La cal es un alcalinizante que se añade a la tierra para bajar la acidez del excremento. Se incluye en una proporción 10 veces menor que la de tierra. La cal también funciona como desodorante. La sección donde se almacenan las excretas cubiertas de mezcla debe vaciarse al cabo de varios meses. Es importante respetar este tiempo para permitir que éstas se transformen y se integren a la tierra.

Combinar las excretas con la mezcla secante resulta en la formación de una composta que se puede usar para enriquecer la tierra (se puede agregar a jardines o a las macetas en el interior de la casa), con lo que se cierra un ciclo natural.

Los inodoros secos tienen ventajas muy claras: ahorro de agua potable, reducción de la contaminación ambiental, generación de composta útil para la tierra y sobre todo, la posibilidad de que todas las comunidades cuenten con saneamiento apropiado para mejorar la salud pública. Para gozar de estas ventajas, debemos tener cuidados distintos a los que estamos acostumbrados, ya que un mal uso del sanitario seco puede derivar en graves problemas, incluyendo malos olores y proliferación de microorganismos indeseables.

Los puntos clave para hacer un buen uso de un escusado seco son: ubicarlo en un lugar bien ventilado, mantener el espacio siempre seco (recordemos que el principio de funcionamiento es la deshidratación), siempre orinar en la sección correspondiente para evitar que se moje la sección de excretas, usar una buena mezcla de cal y tierra y cumplir con los tiempos de vaciado para que las excretas se deshidraten e incorporen a la tierra.

El tiempo que pasamos en el retrete es un valioso momento de privacidad. Mientras nos sentamos ahí nuestros pensamientos fluyen libremente hasta que se quedan en pausa al jalar la palanca, pero en realidad ahí empieza la historia. Con cada descarga del escusado afectamos el ambiente. Pero para quienes no tienen un inodoro adecuado, hacer sus necesidades significa poner en riesgo su salud. Reinventar el inodoro representa la posibilidad de disminuir el desperdicio de agua y más importante aún, de mejorar la salud pública en todo el mundo.

Más información

  • Prignano, Ángel Oscar, El inodoro y sus conexiones: la indiscreta historia del lugar de necesidad, que por común, excusado es nombrarlo, Editorial Biblos, Buenos Aires, 2007.
  • Cuidar el agua es cosa de todos. Gobierno del Distrito Federal, Secretaría del Medio Ambiente, en http://cuidarelagua.df.gob.mx/tips.html#enelbano
  • Programa de Manejo, Uso y Reuso del Agua en la UNAM, Baños secos y su mantenimiento adecuado en www.pumagua.unam.mx/balance_muebles_ahorradores_bano_seco.html
  • Unidad de Ecotecnologías, UNAM, Manual de construcción de baño ecológico seco en http://ecotec.unam.mx/Ecotec//wp-content/uploads/Manual-de-construccionde-ba--o-ecologico-seco.pdf

María del Carmen Climént Palmer es médica veterinaria zootecnista por la UNAM, maestra en ciencias de la producción y la salud animal; actualmente cursa una maestría en comunicación de la ciencia en la Universidad de Sheffield, Inglaterra. En 2014 ganó el Premio Nacional de Divulgación Periodística en Sustentabilidad.

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