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30 de abril de 2017
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Las lesiones cerebrales en el futbol
Foto: Maxisport/Shutterstock.com

Las lesiones cerebrales en el futbol

Sidney Perkowitz

Tanto en el americano como en el soccer, los golpes en la cabeza (y los cabezazos a la pelota) pueden producir conmoción y traumatismo craneoencefálico. Ya es hora de proteger a los jugadores.

El futbol americano es un deporte rudo, con jugadores recios y fornidos que de un golpe dejan a sus contrincantes por tierra. Los practicantes de este deporte, atletas robustos con casco, hombreras y otras protecciones, por lo general se levantan como si nada tras un encontronazo o salen indemnes de debajo de un montón de gente, listos para la siguiente jugada, aunque a veces hay piernas o rodillas lastimadas que requieren sacar al jugador de la cancha. Pero la cosa puede ser mucho peor si un golpe en la cabeza les sacude el cerebro, causándoles una conmoción cerebral que a la larga provocará un deterioro de las funciones cognitivas inicialmente invisible, pero grave. Recientemente se ha descubierto que el futbol soccer (o futbol, a secas), deporte aún más popular, podría ser igual de peligroso para sus adeptos.

Realidad incómoda

Se están llevando a cabo investigaciones para mejorar la seguridad en el futbol y el futbol americano, así como para entender por qué la conmoción puede ser tan dañina para el cerebro. En el caso del americano, las pruebas de que puede causar conmoción se han ido acumulando durante mucho tiempo, pero la National Football League (NFL), organización multimillonaria que controla el futbol americano profesional, hizo la vista gorda hasta que la demandaron 4 500 ex jugadores. En 2015 un tribunal federal en Estados Unidos aprobó un convenio mediante el cual la NFL accede a desembolsar 765 millones de dólares para indemnizar a los ex jugadores con daño cerebral y para financiar la investigación sobre lesiones cerebrales. La NFL ha modificado sus reglas para reducir los impactos en la cabeza durante el juego.

Muchos observadores piensan que estas medidas son insuficientes y ponen en entredicho la validez de las estadísticas de conmociones cerebrales que ha presentado la NFL. Por si fuera poco, este problema afecta también a los jugadores de futbol americano estudiantil y en general a todos los amateurs. Pero el asunto ya se está reconociendo. Ahora le toca enfrentar la misma desagradable realidad al futbol soccer, deporte mucho más popular que el americano, con unos 250 millones de jugadores de ambos sexos en todo el mundo y multitudes de aficionados.

Lo malo de usar la cabeza

Puede parecer exagerado comparar el futbol con el americano en la capacidad de causar daño cerebral. En el americano el sonido de cascos que se embisten da idea de la gran cantidad de fuerza y energía que se transfiere en los impactos. Todo golpe en la cabeza puede darle una sacudida al cráneo suficiente como para producir conmoción (palabra que significa “sacudida violenta”) y traumatismo craneoencefálico (TCE), que pueden causar desde pérdida del conocimiento y confusión mental hasta lesiones a largo plazo.

Lo más preocupante es que incluso un traumatismo craneoencefálico leve que sólo deja al jugador fuera de combate unos instantes puede producir daños cognitivos progresivos si ocurre repetidamente. Este trastorno degenerativo, conocido como encefalopatía traumática crónica (ETC), se parece al mal de Alzheimer, con síntomas como depresión, pérdida de memoria e inestabilidad emocional. Al igual que el Alzheimer, la ETC es incurable y sólo se manifiesta al cabo de años, lo que dificulta el diagnóstico. Un indicio importante en la identificación de esta enfermedad fue descubrir ex jugadores de futbol americano cuyo estado mental se había deteriorado, en algunos casos desde edad temprana.

El futbol, a diferencia del americano, es un juego elegante en el que velocidad, agilidad y destreza valen más que la fuerza bruta. Los jugadores no usan casco ni hombreras; van ataviados ligeramente y por única protección llevan espinilleras. La violencia en el juego es motivo de expulsión, lo cual no impide que el futbol tenga un alto potencial para causar lesiones. Los jugadores se desplazan a gran velocidad, y en sus carreras pueden embestirse, tropezar y caer estrepitosamente al intentar apoderarse del balón, o estrellarse contra los postes de la portería. En el Mundial de Brasil, en 2014, hubo tres casos de pérdida del conocimiento por golpes en la cabeza, pero los tres jugadores insistieron en volver al juego contra las recomendaciones médicas. Uno de ellos, Christoph Kramer, de Alemania, sufrió la desorientación mental típica de la conmoción cerebral y tuvo que abandonar la cancha con ayuda.

Por si fuera poco, el futbol tiene una característica que casi parece diseñada a propósito para causar lesiones cerebrales. Además de usar los pies, el jugador puede controlar el balón con golpes de cabeza. Esto somete a la cabeza y al cerebro a fuerzas y torsiones que no pueden tolerar repetidamente. Quizá los efectos de estos impactos se acumulen para producir ETC, especialmente en los jóvenes y las mujeres, cuyos cuellos más pequeños y menos resistentes no ofrecen el soporte necesario para absorber estos golpes.

No se sabe a ciencia cierta cuánto daño causan los golpes de cabeza en el futbol pero, como en el americano, algunos casos señalan un problema real de TCE y ETC. En 2013 murieron dos conocidos jugadores de futbol: un ex campeón brasileño y un jugador semiprofesional estadounidense de 29 años. El análisis de sus cerebros mostró que padecían ETC. Hay casos parecidos anteriores. En 2002 murió Jeff Astle, jugador inglés del equipo West Bromwich Albions conocido por su habilidad en las jugadas de cabeza. Tenía 59 años pero su cerebro estaba tan deteriorado por la ETC, que un médico lo comparó con el cerebro de un hombre de 90 años.

La FIFA, como la NFL, se resiste a aceptar la posibilidad de que las lesiones causadas por el futbol puedan afectar el cerebro y la vida de los jugadores. La oposición de ambas organizaciones tiene por objetivo proteger un negocio muy rentable. Pero hace falta evidencia más allá de lo anecdótico para demostrar que jugar futbol puede tener efectos graves a largo plazo. Aún no contamos con pruebas científicas y clínicas indiscutibles de la relación entre el futbol y las lesiones cerebrales. Por el bien de este deporte y de sus adeptos, hay que entender cómo ocurren estas lesiones y encontrar maneras de proteger a los jugadores.

  • Tras un encontronazo los jugadores de futbol americano suelen salir ilesos. No obstante, puede ser grave si un golpe en la cabeza les sacude el cerebro, causándoles una conmoción cerebral que con el tiempo provocará un deterioro de las funciones cognitivas.
  • Todo golpe en la cabeza puede darle al cráneo una sacudida suficiente para producir conmoción y traumatismo craneoencefálico, que pueden causar desde pérdida del conocimiento y confusión mental hasta lesiones a largo plazo.
  • Un traumatismo craneoencefálico leve, que sólo deja al jugador fuera de combate unos instantes, puede producir daños cognitivos progresivos si ocurre repetidamente.
  • Un impacto rotacional es un golpe sesgado que produce un efecto de giro; la cabeza de un jugador de futbol americano puede sufrir torceduras extremadamente grandes y rápidas.
  • Controlar el balón con golpes de cabeza somete al cerebro a fuerzas y torsiones que éste no puede tolerar repetidamente.
  • La mayoría de los cabezazos que causan conmoción se deben a impactos entre los jugadores.

Aceleración

Se podría empezar por estudiar la biomecánica de los golpes a la cabeza para entender cómo pueden causar conmoción cerebral. En 2007 Kevin Guskiewicz, especialista en medicina del deporte, y sus colegas de la Universidad de Carolina del Norte, reportaron resultados pioneros para el caso del futbol americano universitario o colegial. Durante cinco temporadas los investigadores estudiaron a 88 jugadores dotados de cascos con dispositivos para medir la aceleración que producen las fuerzas típicas del juego. Los datos se transmitían por radio en tiempo real a unas computadoras situadas junto a la cancha. El análisis de más de 100 000 impactos de cabeza mostró que las fuerzas son descomunales, con aceleraciones de hasta 169 veces la de la gravedad (es decir, aceleraciones de 169g). Es un valor muy alto. En experimentos con trineos impulsados por cohetes para determinar los límites de aceleración para pilotos de combate y astronautas se demuestra que por arriba de 25g hay lesiones incluso con el cuerpo debidamente apoyado. Los datos de impactos rotacionales son igual de preocupantes. Un impacto rotacional es un golpe sesgado que produce un efecto de giro. La aceleración angular máxima que se midió fue de casi 2 400 revoluciones/s2, lo que indica que la cabeza de un jugador de americano puede sufrir torceduras extremadamente grandes y rápidas.

La buena noticia es que de todos estos impactos sólo 13 provocaron conmoción cerebral. Pero los resultados son desconcertantes, porque la gravedad de la conmoción no corresponde a la magnitud del impacto que la provocó. Un golpe directo o rotacional más fuerte no necesariamente produce una conmoción más grave. Otro estudio, llevado a cabo en 2009 por un grupo de investigación diferente, confirmó que las grandes aceleraciones, en este caso de más de 80g, no necesariamente causan conmoción. Estos resultados dificultan definir los límites de tolerancia a la conmoción, así como mejorar el equipo de protección.

Estas investigaciones tienen menos tiempo en el futbol, en el que, además, son más difíciles de llevar a cabo porque los jugadores no llevan casco donde montar los instrumentos de medición. Pero en 2012 Erin Hanlon y Cynthia Birs, de la Universidad Estatal Wayne de Michigan, consiguieron medir por primera vez aceleraciones de cabeza en futbol femenil de niñas de 13 y 14 años. Las investigadoras montaron instrumentos inalámbricos y acelerómetros en bandanas compactas que no interferían con los movimientos de las jugadoras. Empero, el estudio se limitó a juegos de práctica porque las chicas estaban reacias a ponerse las bandanas en competencia.

Se obtuvieron datos para 24 jugadoras, los cuales se almacenaron en una computadora. El partido se videograbó para poder relacionar las aceleraciones medidas con sus causas: golpes de cabeza y otros impactos, la mayoría encontronazos y caídas, en los que no hubo diferencias importantes en cuanto a la fuerza ejercida. La aceleración más alta fue de 63g. Hubo aceleraciones angulares elevadas, pero no se diagnosticaron conmociones cerebrales durante el estudio. Ciertas jugadoras realizaron múltiples jugadas con la cabeza, pero el número no fue suficiente para evaluar sus efectos.

Estudios revelan:

  • Los jugadores que golpean el balón con la cabeza más de 1 800 veces al año presentan alteraciones cerebrales que se pueden relacionar con pérdida de memoria.
  • La causa más común de conmoción se debe a choques con otros jugadores; las jugadas con la cabeza son causantes de menos de un tercio de las conmociones.
  • Es necesario proteger a los jugadores de futbol de todos los impactos a la cabeza, no sólo de las jugadas que implican cabezazos.
  • Los jugadores con cuellos más fuertes padecen menos conmociones: las probabilidades de traumatismo encefálico se reducen en 5% por cada 4.4 newtons de incremento de fuerza en el cuello.
  • Las mujeres sufren más conmociones que los varones: 4.5 contra 2.8 por cada 10 000 partidos.

Cuidar la cabeza

En trabajos posteriores se han extendido mucho estos resultados. En 2015 Dawn Comstock, de la Universidad de Colorado en Denver, y sus colaboradores analizaron nueve años de datos acumulados de un gran número de jugadores de futbol de preparatoria, tantos varones como mujeres. Los investigadores encontraron que las mujeres sufren más conmociones que los varones: 4.5 por cada 10 000 eventos contra 2.8 por cada 10 000 eventos en los chicos (un evento es un juego de práctica o de competencia), quizá debido a que las chicas tienen la estructura del cuello más débil. La causa más común de conmoción fueron los choques con otros jugadores; las jugadas con la cabeza causaron menos de la tercera parte de las conmociones tanto en chicos como en chicas, pero la mayoría de los cabezazos que causaron conmociones ocurrieron junto con impactos entre los jugadores. Ambos tipos de impacto tuvieron efectos semejantes.

Este resultado subraya la necesidad de proteger a los jugadores de soccer de todos los impactos a la cabeza, y no sólo de las jugadas que implican cabezazos, pero también hay pruebas de que estas jugadas, repetidas muchas veces, pueden tener efectos a largo plazo. Usando resonancia magnética de difusión (RMD), una forma avanzada de imágenes por resonancia magnética, Michael Lipton, neurocientífico del Colegio de Medicina Albert Einstein de Nueva York y sus colaboradores encontraron que los jugadores que ejecutan un gran número de jugadas con la cabeza presentan anomalías cerebrales. En 2013 estos investigadores informaron que los jugadores aficionados que golpean el balón con la cabeza más de 1 800 veces al año presentan alteraciones cerebrales que se pueden relacionar con pérdida de memoria. Lipton está llevando a cabo una extensión de su estudio, llamada Estudio Einstein del Futbol Soccer. Financiado por los Institutos Nacionales de Sa lud de Estados Unidos, el estudio consistirá en examinar el cerebro de 400 jugadores aficionados que se ofrecieron como voluntarios por dos años.

Banco de cerebros

En ninguno de estos proyectos se examinan los vínculos entre los impactos y la ETC. Para eso haría falta examinar cerebros de jugadores muertos, que fue como se descubrió la prevalencia de ETC en los jugadores de futbol americano, pero que, en el futbol, sólo se ha hecho con Jeff Astle y algunos otros. Esta enfermedad se identifica por cúmulos de cierta proteína en el cerebro que interfiere con las funciones cognitivas. Lamentablemente, aún no hay manera de observar este signo en pacientes vivos, lo que impide el diagnóstico oportuno y posible tratamiento. La única posibilidad es examinar el cerebro después de la muerte para identificar los cúmulos y saber si el jugador padecía ETC.

Gran parte de este trabajo se ha llevado a cabo en un “banco de cerebros” dirigido por Ann McKee, reconocida neuropatóloga asociada al Departamento de Asuntos de los Veteranos de Guerra y a la Universidad de Boston. Para 2015 McKee y sus colaboradores habían analizado los cerebros de 165 individuos que jugaron futbol americano a todos los niveles, desde escolar hasta profesional. Los resultados son concluyentes: de 91 ex jugadores de la NFL, 87 (o sea, el 96%) padecían ETC, y 79% de todos los jugadores (profesionales y aficionados) tenían la enfermedad.

Si el futbol tuviera un banco como éste, aportaría datos valiosos, pero hasta ahora ha sido difícil hacerse de cerebros de futbolistas fallecidos, especialmente de mujeres y jóvenes. De los 307 cerebros (principalmente de atletas) que han analizado McKee y sus colaboradores, sólo siete pertenecen a mujeres, y ninguno mostró signos de ETC. En marzo de 2016, empero, Brandi Chastain, autora del gol que le dio la victoria a Estados Unidos sobre China en la final del Mundial de Futbol Femenil de la FIFA en 1999, anunció sus intenciones de donar su cerebro al laboratorio de McKee. La publicidad que recibió la decisión de Chastain podría impulsar que se establezca un banco de cerebros de jugadores de futbol soccer, pero eso no ocurrirá pronto.

Menos cabeza

Mientras avanzan los estudios a largo plazo, ¿qué pueden hacer los jugadores, sus familias, los entrenadores, la FIFA y otras organizaciones de futbol? He aquí dos posibilidades: reducir la importancia de las jugadas de cabeza donde sea posible y desarrollar y fomentar formas de entrenamiento que incrementen la resistencia de los jugadores a los golpes de cabeza.

Como me explicaron dos jugadoras, el entrenamiento en futbol está encaminado a desarrollar la técnica de golpear el balón con la cabeza, quizá en menoscabo de la salud de los deportistas. Jenny Mascaro fue estrella de futbol en la universidad, luego jugó profesionalmente y fue alterna del equipo femenil estadounidense que ganó una medalla de oro en 1996. Mascaro me contó que a ella y a sus compañeras les enseñaban a recibir el balón directamente con la frente para controlarlo mejor, pero nunca les enseñaron “cómo recibir el balón para reducir riesgos”. En una ocasión, el entrenador puso una máquina “que disparaba balones hasta a 15 metros de altura para que practicáramos los golpes de cabeza”. Con la inquietud actual de otros jugadores y ex jugadores acerca del peligro de ETC, Mascaro añadió: “¡Cómo desearía no haberlo hecho!”

Samantha Baggett Bohon, ex compañera de equipo de Mascaro, es de la misma opinión. Me contó que en su carrera sufrió dos conmociones cerebrales por encontronazos con otras jugadoras y una por recibir mal un balón en la cabeza. Hoy que es entrenadora femenil principal de la Universidad Embry-Riddle de Florida, Bagget Bohon, ella y otros entrenadores han modificado los métodos de entrenamiento para proteger a sus jugadores; por ejemplo, limitando los ejercicios de golpear con la cabeza balones que vienen a alta velocidad.

Con todo, se ve lejano un cambio en la importancia de las jugadas de cabeza en los partidos profesionales, altamente competitivos; pero ya hay movimientos para reducirlas o eliminarlas para jugadores vulnerables. En 2014, alegando una “epidemia de casos de conmoción cerebral”, un grupo de jugadores y sus familiares demandaron a la FIFA y organizaciones estadounidenses de soccer por su desinterés. A diferencia de los jugadores que demandaron a la NFL, este grupo no solicitó indemnización monetaria, sino cambios de las reglas de la FIFA para limitar el uso de los golpes de cabeza para jugadores jóvenes y que se ofrezca atención médica inmediata en caso de lesiones durante el partido. En 2015 la organización de futbol de Estados Unidos (U.S. Soccer) anunció pautas para eliminar totalmente las jugadas de cabeza para jugadores de menos de 10 años y circunscribirlas a los entrenamientos para jugadores de 11 a 13 años.

Más cuello

Otra estrategia es proteger a los jugadores de todos los impactos a la cabeza, incluyendo los causados por choques con otros jugadores, fortaleciéndoles el cuello. E n 2 013 D aw n Comstock, autora principal del artículo de 2015 sobre lesiones en el futbol escolar, presentó datos correspondientes a cerca de 7 000 jugadores de futbol, basquetbol y lacrosse, tanto chicos como chicas. El trabajo mostró que los jugadores con cuellos más fuertes padecen menos conmociones, y que las probabilidades de traumatismo encefálico se reducían en 5% por cada 4.4 newtons de incremento de fuerza en el cuello. El fortalecimiento del cuello aún no forma parte de la preparación normal de un futbolista, pero Comstock recomienda unos ejercicios sencillos que se pueden incluir en la rutina de entrenamiento personal.

Estos cambios no bastan para disipar el temor de padecer daños cognitivos que empiezan pronto pero se desarrollan en silencio durante años. Todo deporte implica riesgos, pero uno de los motivos de la popularidad de futbol es que tradicionalmente se le ha considerado seguro. Hoy sabemos que este popular deporte conlleva sus propios peligros. Los estudios científicos y clínicos podrán mitigarlos. En su artículo de 2015 Comstock y sus colaboradores señalan que se podrían prevenir hasta la mitad de las lesiones en los deportes juveniles. Para conseguirlo será necesario que haya jugadores que se ofrezcan voluntarios para ser estudiados en vida y después de la muerte. Como dicen los autores del Estudio Einstein a sus posibles participantes: “El futbol es un juego hermoso. Ahora tú puedes ayudarnos a descubrir cómo hacerlo más seguro.”

Más información

  • Vaquero Crespo, Jesús, Daño cerebral postraumático, Fundación Mapfre, Madrid, 2007.
  • Tlatempa Sotelo, Patricia y Gonzalo Pérez Villalva, “Lesiones deportivas más comunes”, Universidad Autónoma del Estado de México, en http://goo.gl/Rnjs5L
  • Dirección General del Deporte Universitario: http://deportes.unam.mx/medicina/index.php

Sidney Perkowitz, profesor emérito de la cátedra Candler de física en la Universidad Emory de Atlanta, Georgia, ha escrito sobre la conmoción cerebral, la TCE y la ETC en el futbol americano y en combate. Sus libros más recientes son Universal Foam 2.0 (2015) y Frankenstein 2018 (en preparación). sidneyperkowitz@physp.net

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