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22 de octubre de 2020
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Medicina y terapias alternativas
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Medicina y terapias alternativas

Leonardo Sierra Longega

Para demostrar si funcionan, los tratamientos llamados alternativos deben someterse a las mismas pruebas de control de calidad que cualquier terapia de la medicina científica.

Siempre me ha despertado el interés el fervor con el que mucha gente defiende las terapias alternativas. Tengo allegados que son entusiastas usuarios de estas terapias, e incluso algunos que son terapeutas, por lo que con frecuencia me encuentro inmerso en discusiones sobre la eficacia de estas prácticas.

Alternativas

Hace tiempo se discute en los medios si las terapias alternativas son mejores que la medicina científica. Si se aborda este debate con un enfoque emocional, puede parecer que estas terapias aventajan a la medicina, por lo menos para tratar ciertas enfermedades. Por ejemplo, si uno tuvo una enfermedad y se curó después de seguir uno de estos tratamientos o si conoce a una persona a la que le ocurrió, es muy posible que esté dispuesto a jurar por la eficacia de la terapia. Pero un caso positivo no basta para probar que la causa de la curación fue la terapia y no otra cosa. En cambio cuando el problema se ha abordado con pensamiento crítico —con pruebas objetivas y sin estar previamente ni a favor ni en contra—, las terapias alternativas no han salido bien libradas en la comparación con los tratamientos basados en la ciencia.

Lo alternativo de las terapias alternativas es que se supone que son para sustituir a la medicina científica. Una gran cantidad de terapeutas y de pacientes entusiastas tratan de hacer ver esta modalidad alternativa como igual de científica que la medicina, pero no hay evidencia de que lo sea. El enfoque científico va más allá de una o dos experiencias personales que relatamos con emoción. Requiere ajustarse a un conjunto de conocimientos sistematizados, sustentados en la experiencia de otros que tuvieron el cuidado de documentar y de comprobar.

De alternativas a alternativa

En 1998 Marcia Angell y Jerome Kassirer, editores de la revista New England Journal of Me-dicine, escribieron en un editorial sobre la medicina alternativa: “Sólo hay medicina que se ha probado como se debe y medicina que no, medicina que da resultado y medicina que quizá sí y quizá no”.

“Una vez que un tratamiento se ha sometido a pruebas rigurosas deja de importar si al principio se le consideró como alternativo. Si se demuestra que es razonablemente seguro y eficaz, se acepta. Pero la evidencia no se puede sustituir con afirmaciones, especulaciones ni testimonios. Los tratamientos alternativos deberían someterse a pruebas científicas tan rigurosas como las que se les exigen a los tratamientos convencionales”.

Dicho de otro modo, hay de terapias alternativas a terapias alternativas. La herbolaria sostiene que ciertas plantas contienen sustancias curativas, lo que no solo es razonable, sino cierto (otro asunto es determinar el mecanismo de acción, las dosis correctas, sus efectos secundarios y extraer la sustancia pura, sin contaminantes). En cambio la homeopatía, inventada hace 200 años por el médico alemán Samuel Hahnemann, sostiene que diluir una sustancia hasta el infinito la hace más potente como medicamento, lo que contradice leyes naturales muy bien establecidas.

Las terapias alternativas con fundamentos plausibles tendrían que someterse a pruebas que demuestren que funcionan más allá de lo anecdótico (“mi tía se curó”). Y en ese caso dejarán de ser “alternativas” y pasarán a formar parte de la medicina científica. Con las terapias con fundamentos absurdos tal vez ni valga la pena molestarse.

–S. R

Control de calidad

Para distinguir la ciencia de la seudociencia podemos utilizar el pensamiento crítico y la actitud científica frente a los datos. Una afirmación, para considerarse científica, debe pasar por los estrictos filtros de calidad de una comunidad muy exigente. Esos filtros se han desarrollado a lo largo de varios siglos y han dado resultados probados. La forma científica de proceder es sencillamente la manera más confiable y segura de avanzar hacia un conocimiento de nuestro entorno.

Hay dos características fundamentales que se exigen a los resultados científicos. Una es la reproducibilidad. Un resultado científico debe poderse repetir por otros equipos de investigación. Si cuando otros equipos repiten el experimento no obtienen el mismo resultado, podría ser falso. Los resultados se publican en forma de artículo en revistas científicas profesionales, las cuales someten el artículo a revisión anónima y rigurosa por otros expertos en el tema. El filósofo Karl Popper propuso en los años 30 que las afirmaciones científicas, además, tenían que expresarse de tal manera que uno se pudiera imaginar formas de demostrar que son falsas. Esta idea se conoce como falsacionismo. Si un conjunto de ideas no puede ser cuestionado, sencillamente es un dogma, no una teoría científica. La ciencia se expresa de tal manera que sus afirmaciones se puedan someter a prueba sin ideas preconcebidas. Es lo contrario de un dogma, aunque no lo crean algunas personas que no entienden cómo se valida la ciencia.

Actualmente existe un número enorme de opciones de terapias alternativas: iridología, magnetoterapia, odontología focal, ozonoterapia, reflexología, cristaloterapia, terapia ortomolecular... y hasta “medicina” cuántica. Pueden ser prácticas ancestrales como la antigua medicina china, o tener menos de 200 años como la homeopatía (véase ¿Cómo ves? Núm. 206), o bien pueden ser un sinfín de prácticas recientes que tienen un común denominador: no son científicas porque no se han sometido a las pruebas de calidad que exige la ciencia.

Debatir con los entusiastas

Hace unos años, en un congreso dental supuestamente científico, confronté en forma muy enérgica a un ponente que proponía tratar casos de implantes dentales fallidos por medio de las seudociencias (terapia neural entre otras). El conferencista nunca pudo articular una palabra coherente para rebatir mi cuestionamiento. Para mi mayor sorpresa, a la mayoría del público no le había parecido mal dicha conferencia y, de hecho, les disgustó mi intervención. En ese momento confirmé, una vez más, que estas disciplinas alternativas están arraigadas en nuestro espacio cultural y son una manifestación universal.

Todas las sociedades del mundo se encuentran invadidas por este mundo alternativo, unas más, otras menos. Algunos gobiernos e instituciones las reconocen en mayor o menor medida y han buscado regularlas. Los Institutos Nacionales de Salud de Estados Unidos y la Organización Mundial de la Salud, entre muchas otras instituciones, han tratado de clasificarlas y han emitido normas oficiales para algunas de estas disciplinas, como la homeopatía y la herbolaria.

Si estas terapias son seudociencias que se quieren hacer pasar por ciencia, ¿cómo podemos enfrentarlas y demostrar lo que realmente son?

Parece que el enfrentarlas en forma agresiva no logra el objetivo ni de convencer ni de ser escuchados. A sus simpatizantes y entusiastas tenemos que ofrecerles argumentos que muestren la línea que separa las terapias alternativas de la medicina considerada científica.

Para ofrecer una mejor narrativa, debemos explicarles a los potenciales pacientes, y especialmente a los terapeutas alternativos, que, si quieren demostrar que no son charlatanes, es necesario que sus terapias sean acreditadas científicamente y que, para esto, es necesario que sean sometidas a estudios doble ciego (véase ¿Cómo ves? Núm. 187). El método doble ciego es una herramienta que se usa para evitar que los resultados de una investigación puedan estar influidos por el sesgo del observador (el sesgo es un prejuicio que produce una desviación o distorsión de lo que se está estudiando) o por el efecto placebo (que consiste en que el paciente mejora aunque la terapia sea inútil). En estos estudios normalmente se forman dos grupos de pacientes, uno es el grupo de control, al que no se le da tratamiento en realidad (se le da un placebo, o sea, algo aparentemente idéntico, pero sin efecto químico alguno) y otro el grupo experimental, al que se le da el tratamiento que se está investigando (homeopatía, por ejemplo). En un estudio doble ciego ni los pacientes ni los investigadores que registran los datos saben a qué grupo pertenece cada paciente, y en un estudio bien diseñado no saben qué es lo que se está estudiando, solamente lo saben aquellos que han diseñado el estudio.

Es también de extrema importancia tener un número grande de participantes, pues unos cuantos casos no son concluyentes, estadísticamente hablando. Y estos resultados, en caso de ser positivos, deben ser repetidos por otros investigadores que confirmen lo mismo. Nada fácil, pero necesario para asegurar que la terapia estudiada sí tiene efecto y no es solo un placebo.

La mayoría de los practicantes de las terapias alternativas desconocen cómo se hace un estudio científico. Por lo general únicamente refieren casos particulares de éxito para los que no encuentran otra explicación que el efecto de su terapia, cuando en realidad hay una gama de explicaciones no mágicas para la mejoría de sus pacientes.

Cómo distinguir

Las disciplinas o terapias alternativas, aunque son muchísimas y de todo tipo, tienen características en común, que hacen que uno las identifique como seudociencias. Estas son algunas:

• Contradicen lo que sabemos de la naturaleza.
• No han pasado la prueba rigurosa de un estudio de doble ciego.
• Aceptarlas exige creer, no entender.
• Se presentan como remedio de una gran variedad de males.
• Se justifican enumerando unos cuantos casos de éxito sin valor estadístico.
• Atacan únicamente los síntomas del paciente, no la causa del mal. 
• Utilizan diagnósticos inventados por los terapeutas.

¿Por qué son tan populares las terapias alternativas si la mayoría no pasan las pruebas científicas de eficacia? Cuando falla la medicina científica y las personas se sienten impotentes ante la enfermedad, es común recurrir a explicaciones sobrenaturales, o por lo menos ajenas a la ciencia, tal como lo describimos extensamente en un capitulo del libro del cual soy coautor, Más allá del pensamiento crítico. Y parece que funcionan por nuestra tendencia natural a ver patrones donde no existen (por ejemplo, formas en las nubes, caras en una mancha de humedad). También por nuestra tendencia a relacionar sucesos cercanos en el tiempo, pero posiblemente inconexos. Si uno toma un remedio alternativo y al poco tiempo se cura, tenderá a pensar que la curación se debió al remedio aunque pueda no ser cierto. Parece que muchas personas, o quizás todos, tenemos una tendencia a creer en fenómenos contraintuitivos o seudociencias que expliquen lo que no entendemos o no podemos solucionar.

Así pues, hay diversas causas por las que se puede interpretar que dichas terapias funcionan. A continuación abordamos algunas de ellas.

Es innegable que el efecto placebo existe y de hecho se utiliza como parámetro en los estudios científicos. En muchas de las terapias alternativas quizá sea mayor el efecto placebo que la terapia, pues los terapeutas son casi siempre empáticos y apelan a la espiritualidad y las emociones, que influyen notablemente sobre el ánimo y predisposición de muchos pacientes.

En la mayoría de las ocasiones, después de un fracaso médico, el enfermo acude a la terapia alternativa en segunda instancia, y esa es una ventaja para el segundo tratante, pues así este conoce lo que no funcionó. Y a veces el paciente mejora con solo dejar de tomar un medicamento que quizá no era el indicado.

Muchas enfermedades tienen una duración concreta, o bien tienen ciclos, con periodos activos y periodos de remisión, lo que muchas veces coincide con la terapia alternativa, creando la percepción de que fue la terapia lo que curó al paciente. Las enfermedades virales, las alergias y las enfermedades autoinmunes son algunos ejemplos.

Herbolaria

La herbolaria es un digno representante de las terapias alternativas. Aunque sea la precursora de la farmacología y aunque casi todos nos hayamos sentido mejor con algunos remedios caseros, actualmente se sigue usando sin ningún rigor científico.

Un buen ejemplo de esto es lo que ha pasado con el Ginkgo biloba, un árbol que se identifica mundialmente como un agente cuyas hojas mejoran la memoria. En 2008 la revista Journal of the American Medical Association publicó un estudio que se llevó a cabo en cinco instituciones de investigación independientes entre 2000 y 2008 con 3 000 participantes voluntarios sanos de unos 75 años. Al final, 246 individuos del grupo de control y 277 que tomaron Ginkgo biloba desarrollaron demencia. El estudio concluye que la terapia no tuvo ningún efecto. Otro estudio de la revista The Lancet con algo más de 20 años sugiere que esta terapia incluso puede tener efectos nocivos. Hoy en día, además de los efectos en la memoria, a esta planta le adjudican muchos otros. Si no se ha probado ni siquiera su efecto positivo sobre la memoria, ¿tendrá realmente las otras propiedades que se le atribuyen?

Decídete por la ciencia

Si tuvieras una enfermedad grave como apendicitis aguda, ¿con quién acudirías? ¿Con un terapeuta alternativo? ¿O con un cirujano abdominal experto que te extrajera el apéndice con laparoscopia y te prescribiera antibióticos? Con la primera opción es muy probable que pierdas la vida.

Es entendible que elijas un tratamiento alternativo para el control de muchos padecimientos crónicos, y nada te hará renunciar a este si te has sentido mejor. Pero considera que ese terapeuta (homeópata, iridólogo, acupunturista, etc.) no podrá verdaderamente ayudarte a curar o controlar un padecimiento serio o que ponga en peligro tu vida. Esto es de especial importancia en la pandemia que estamos viviendo.

Las redes están inundadas de recomendaciones para la prevención, control o cura de la COVID-19. Se pueden encontrar sugerencias desde enjuagues con sal, derivados de cloro, diversos tés, vitamina C, orina de vaca, planta de coca, desinfectantes. Ninguno de ellos ha servido, y por el contrario algunos pueden ser muy dañinos. Pero, al mismo tiempo, se están estudiando en forma científica más de 200 productos que son sustancias antivirales y se están desarrollando vacunas contra la COVID-19 (véase ¿Cómo ves? Núm. 262). Algunos ya han dado indicios positivos, pero no se podrá generalizar su uso hasta no haber hecho estudios científicos rigurosos que demuestren no solo que son eficaces, sino que no tienen efectos secundarios graves. Eso lamentablemente es tardado, pero al cabo del tiempo tendremos medicamentos que combatan al virus y muy posiblemente una o más vacunas para prevenir la enfermedad que causa.

Las vacunas desarrolladas por la investigación médica han salvado y seguirán salvando millones de vidas. Han logrado erradicar la viruela y el sarampión (ahora en peligro de resurgimiento por los movimientos antivacunas) y una gran cantidad de enfermedades que ponen en peligro nuestras vidas. Además, los alcances de la ingeniería genética y los factores de crecimiento son algunos ejemplos de líneas de investigación que no solo son prometedoras, sino que han hecho avances importantísimos y hay evidencia suficiente para pensar que en no mucho tiempo se incorporarán cotidianamente para prevención y tratamiento de enfermedades.

¿Podemos esperar que las terapias alternativas logren algún día avances que cambien trascendentalmente nuestro presente y nuestro futuro? Es muy probable que no.

Más información

Leonardo Sierra Longega es pionero de la implantología dental, con 30 años de experiencia y fundador del primer programa formal de alto nivel en esa área en la UNAM, donde cursó especialidad en Periodoncia y Maestría en Odontología. Es coautor del libro Más allá del pensamiento crítico, Grupo Rodrigo Porrúa, Cd. de México, 2017.

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