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02 de diciembre de 2020
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El riesgo está en todas partes
Ilustración: Eva Lobatón

El riesgo está en todas partes

Santiago Gracia Garrido, Marcos Rosetti Sciuto, Robyn Elizabeth Hudson y Florencio Valdez Maltos

Estar dispuesto a jugársela no solo es cuestión de personalidad: también influye la situación particular en la que decidimos arriesgarnos.

En agosto del año 1492 se efectuó una importante expedición dirigida por el Almirante Cristóbal Colón para llegar a China navegando hacia el poniente. La expedición requirió la colaboración de muchos, empezando por los Reyes Católicos, que financiaron la operación. Una empresa de tal magnitud implicaba riesgos enormes: desde pérdidas materiales para la Corona de Castilla y Aragón hasta la vida del almirante y su tripulación. Grandes expectativas, grandes incentivos y una actitud cooperativa fueron ingredientes necesarios para llevar a cabo la expedición. Cada participante se estaba jugando algo en espera de obtener un beneficio.

Riesgos y riesgos

Seguramente alguna vez has salido de casa sin chamarra ni paraguas para ir más ligero pese a que el día estaba nublado y frío o has tenido que decidir, después de juzgar el tráfico, si cruzar la calle directamente o usar el puente peatonal. Quizá con la intención de entablar una charla con algún chico o chica que te gusta y no conoces has intentado romper el hielo con una broma para despertar su interés. En todas estas situaciones hay algo que perder, pero al mismo tiempo existe la oportunidad de obtener un beneficio. En otras palabras, hay un riesgo. Ciertamente los desenlaces desfavorables de estas tres situaciones no son igual de desastrosos. La vida no se acaba si la broma sale mal, pero sí puede terminar por intentar cruzar las grandes avenidas de la Ciudad de México en horas pico. Esta disparidad suscita la pregunta: si las consecuencias de ciertas acciones no comprometen nuestras vidas, ¿podemos considerarlas como conductas de riesgo? ¿Hay que jugarse la vida en una ruleta rusa o perder todos los ahorros en una apuesta para hablar de riesgo? ¿O basta, por ejemplo, con hacer el ridículo tras un comentario desatinado o terminar empapado en un chubasco por haber dejado el paraguas en casa?

El psicólogo James Byrnes, de la Universidad de Maryland, y sus colaboradores sugieren definir el riesgo de manera amplia, incluyendo tanto comportamientos innegablemente riesgosos (por ejemplo, consumir drogas, tener relaciones sexuales sin protección o conducir un automóvil a alta velocidad) como conductas con desenlaces inocuos (perder un dulce en un juego de la kermés). Esto es importante porque no solo los adultos corren riesgos: también la infancia tiene los suyos. Algunos investigadores han realizado estudios en espacios recreativos como los zoológicos en donde se observa el contacto, la proximidad e interacción de los niños con los animales; otros han llevado a cabo ingeniosos experimentos en los que los niños apuestan dulces o canicas a los cuales se les asignan valores. Estos estudios no solo muestran que desde chicos corremos riesgos, sino que desde la infancia hay diferencias conductuales entre individuos: unos son más temerarios que otros. Entre nuestros amigos y amigas, había algunos que se atrevían a trepar más alto en un árbol y seguramente tendremos un conocido que acabó con un brazo enyesado después de alguna travesura que se salió de control. ¿Por qué algunas personas son más osadas que otras? ¿De qué dependen estas diferencias? La verdad es que no sabemos.

La situación sí importa

La tendencia a correr riesgos o a no correrlos es un producto complejo de la interacción de nuestras bases biológicas (por ejemplo, nuestros niveles hormonales) y del ambiente en el que nos desarrollamos, el cual incluye la educación que recibimos, la influencia de nuestra familia, los roles de género que prevalecen en nuestra sociedad, nuestros hábitos, experiencias y circunstancias. La adolescencia es un ejemplo de cómo las bases biológicas influyen sobre las tendencias de riesgo. Durante este periodo se producen modificaciones en ciertas regiones del cerebro, así como una liberación creciente de hormonas que modifican nuestra conducta. Las estadísticas muestran que durante la adolescencia y adultez temprana ocurren más accidentes automovilísticos, es más común el abuso en el consumo de alcohol y otras drogas, y son más frecuentes las relaciones sexuales sin protección. La conducta del adolescente se caracteriza, entre otras cosas, por un aumento en la búsqueda de experiencias novedosas, y este tipo de experiencias favorece la liberación de algunos neurotransmisores como la dopamina, la cual genera una sensación de bienestar. Sin embargo, las preferencias de riesgo no se pueden reducir a explicaciones enteramente biológicas: el ambiente y las circunstancias nos moldean.

Un amplio debate se generó a partir de la evidencia acumulada que muestra que los hombres son, en general, más arriesgados que las mujeres. Al principio se debatía si esto se debía a diferencias biológicas entre hombres y mujeres, pero más tarde se planteó la posibilidad de desenmarañar el problema investigando comunidades matriarcales, es decir, sociedades en las que la mujer tiene un rol preponderante en las decisiones políticas y en las prácticas sociales. En estas sociedades se acorta considerablemente la brecha de las tendencias de riesgo entre hombres y mujeres, poniendo en entredicho ideas obtusas comunes en nuestra sociedad sobre cómo son las mujeres y cómo son los hombres.

Otra situación que muestra la influencia del ambiente en lo referente a las conductas de riesgo es encontrarse en presencia de otros. Resulta que la gente se la juega más cuando está bajo la mirada de otras personas, especialmente hombres vistos por mujeres. De acuerdo con un estudio publicado en la revista Evolutionary Psychology, los hombres, en ciertos contextos, se muestran más arriesgados cuando hay mujeres. Quizá jugársela es una forma de pavoneo. Según los autores del estudio podría ser un despliegue para atraer al sexo opuesto. Lo anterior muestra que no solo modificamos nuestro comportamiento cuando otros nos ven, sino que los ajustes que hacemos dependen de quiénes son esos otros.

Por último, podemos ser más o menos arriesgados según cómo se nos plantee una situación. Supongamos que tenemos que pagar una multa. El policía nos ofrece dos opciones: pagar 1000 pesos o echar un volado. Si cae sol no pagas ni un centavo, pero si cae águila pagas doble. Resulta que la mayoría de la gente opta por el volado que es, a todas luces, la opción arriesgada. Al parecer, cuando se trata de evitar una pérdida, por lo general la gente se la juega más que cuando hay ganancias (por ejemplo, recompensa segura de 1000 pesos o un volado a doble o nada). En este último caso la gente tiende a ser más conservadora, es decir, elige menos el volado. ¿Cómo saber qué tan arriesgado es alguien? ¿Cómo medir las decisiones y las conductas de riesgo?

El difícil problema de medir

Cotidianamente hablamos de riesgo. “¡Órale, rífatela!”, “¡no le saques!”, “yo que tú, no me la juego”. De manera intuitiva entendemos qué es el riesgo. Sin embargo, en términos de medición, no existe una regla universal para medir las conductas de riesgo. No existe un aparato que nos permita declarar si una persona es arriesgada, si lo será en ciertas situaciones, o si lo será a lo largo de su vida. Esto puede ser intimidante. En ciertas disciplinas científicas podemos medir propiedades de manera directa: la cantidad de alcohol en una bebida, la tasa de mortalidad de una enfermedad o la longitud en centímetros de un hueso. Como el comportamiento no funciona de esa manera, se impone la investigación y desarrollo de metodologías ingeniosas. Una forma ágil y productiva de estudiar las conductas de riesgo es mediante una simple entrevista. Sin embargo, como te podrás imaginar, es fácil mentir, exagerar u ocultar datos en una encuesta, ya sea de manera consciente o inconsciente. No es lo mismo decir que sí te atreverías a saltar del trampolín más alto que estar en ese trampolín y dar el salto. Por eso es común encontrar una falta de correspondencia entre lo que la persona reporta y lo que hace.

Otra forma de estudiar conducta es mediante la observación. Uno puede colocarse al lado de una calle y ver cuántos deciden cruzar por el puente y cuántos cruzar entre los autos, y mientras tanto registrar sexo, edad aproximada, hora del día y otros elementos que puedan resultar de interés. El problema del estudio en el que solamente se observa es que no se puede intervenir, lo cual limita la cantidad y el tipo de información que podemos obtener. Una alternativa moderna es trabajar con bases de datos epidemiológicos, estudiando numéricamente la edad y el sexo. Por ejemplo, en las muertes resultantes de deportes extremos: ¿cuántas personas que se accidentan en una moto resultan ser hombres y cuál es su edad promedio? Por desgracia, en estos estudios no podemos saber los antecedentes de las acciones y solo vemos el resultado de la conducta.

Finalmente, tenemos la opción experimental. Aquí elegimos personas mediante un proceso aleatorio y las exponemos a situaciones financieras simuladas, como si fuera una escena de teatro. Entre los ejemplos de este tipo de experimentos se encuentran algunos similares a los que mencionamos anteriormente: la ganancia segura de 1 000 pesos o la opción de echar un volado y ganar el doble o quedarse en ceros. Tal como en el teatro o en las películas, la inmensa mayoría de estas situaciones simuladas no son completamente equiparables a las decisiones de riesgo que tomamos en la vida cotidiana, ya que las opciones no tienen valores numéricos y en muchas circunstancias solo podemos intuir las probabilidades de que ocurra un evento. Otros experimentos usan cartas, canicas o palancas para crear juegos de azar. Evaluaciones de este tipo son muy informativas porque algunas variables pueden manipularse con la finalidad de entender su efecto en las conductas resultantes (por ejemplo, cambiar el color, el tamaño o el tipo de recompensa y ver cómo afecta la conducta de interés). Experimentos como estos ofrecen ventanas que nos permiten ver la forma en que la gente toma decisiones e identificar qué elementos afectan esas decisiones. No perdamos de vista que estas evaluaciones son simplificaciones y muchas veces lo que ocurre en el experimento no corresponde con lo que ocurre en la realidad. En la vida real uno no va presionando botones o jalando palancas dentro de situaciones artificiales y controladas. Un aspecto emocionante del estudio de la conducta es la necesidad de considerar evaluaciones de distintos tipos y, de ser posible, seguir desarrollando e implementando nuevas metodologías de investigación.

Nos la jugamos juntos

La inmensa mayoría de estudios sobre conductas de riesgo describen situaciones individuales: fumar, elegir echar un volado, cruzar una avenida, practicar un deporte extremo. Lo que salta a la vista es que el riesgo muchas veces es colectivo. Podemos nombrar situaciones cotidianas muy simples en las que, generalmente, se toman decisiones de riesgo de manera consensuada y se coopera para lograr objetivos comunes: solicitar un crédito hipotecario en pareja, criar a los hijos, planear y ejecutar un viaje con amigos, asaltar un banco e incluso someter un artículo de varios autores a dictamen a una publicación científica. De hecho, empezamos mostrando un ejemplo de riesgo colectivo: las expediciones de Cristóbal Colón. Sin emitir juicios morales, es innegable que estos viajes cambiaron el curso de la historia, tanto para Europa como para los pueblos originarios del continente americano. Hay historias similares en distintas épocas y es justamente el riesgo colectivo lo que las ha hecho posibles.

Para comenzar, podríamos indagar sobre la unidad más sencilla de cooperación: dos personas. ¿Qué ocurre cuando dos individuos cooperan para lograr un objetivo común dentro de una situación que implica riesgos? Esta y otras preguntas son de particular interés para el grupo de investigación de Psicobiología del Desarrollo de la UNAM, que ha trabajado en el desarrollo e implementación de experimentos mediante tareas y juegos que constituyan símiles de lo que ocurre en la vida real.

Esperamos que con este texto te hayamos convencido y puedas ver que el riesgo está en todas partes. Corremos riesgos con frecuencia y desde que somos niños. Existen riesgos que implican pérdidas menores y otros en los que se puede perder hasta la vida. Hemos señalado que hay bases biológicas en nuestras preferencias de riesgo, pero que estas son como plastilina: el ambiente en el que vivimos las moldea. Además, te mostramos las distintas formas de evaluación y las limitaciones de cada una. Por último, enfatizamos la importancia del estudio de conductas de riesgo grupales y cooperativas. Y aunque el riesgo se asocia fundamentalmente con el daño y con la pérdida, en ocasiones también paga. No se trata de evitar los riesgos, sino de aceptar los pertinentes.

Medina-Mora, María Elena, Adolfo Martínez Palomo y Guillermo Soberón, Padecimientos relacionados con las conductas de riesgo, libro digital, El Colegio Nacional, Cd. de México, 2016: libroscolnal.com

Santiago Gracia Garrido es estudiante del Posgrado en Ciencias Biológicas en la UNAM e investiga nuevas metodologías de evaluación de conductas de riesgo. 

Marcos Rosetti Sciuto lidera la unidad periférica del Instituto de Investigaciones Biomédicas en el Instituto Nacional de Psiquiatría Ramón de la Fuente Muñiz.

Robyn Elizabeth Hudson es investigadora del Instituto de Investigaciones Biomédicas de la UNAM en donde coordina el grupo de Psicobiología del Desarrollo.

Florencio Valdez Maltos es profesor de primaria y tiene un gran interés en la evaluación de conductas de riesgo en niños.

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