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16 de septiembre de 2021
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Contacto en Polinesia
Foto: Thomas Athenol/Shutterstock

Contacto en Polinesia

Sergio de Régules

¿De dónde llegaron los primeros pobladores de las islas del Pacífico? La teoría tradicional sostiene que de Asia. Esa teoría reposa sobre evidencias arqueológicas, lingüísticas y culturales, pero un nuevo estudio en el que participan investigadores mexicanos aporta pruebas de que también hubo influencia de Sudamérica.

En 1937 el joven explorador noruego Thor Heyerdahl y su esposa, Liv Coucheron Torp, estaban sentados en la arena en una playa de la isla polinesia de Fatu Hiva, una migaja de tierra en medio del océano Pacífico. Los esposos llevaban un año viviendo en la isla en una cabaña que ellos mismos construyeron y alimentándose de frutos de la tierra y del mar. Al atardecer se sentaban en la arena a aspirar los aromas de la selva mientras la rompiente rugía en el arrecife.

—Qué extraño –dijo Liv—: del otro lado de la isla el oleaje nunca es tan fuerte.
—Es que estamos del lado del viento —observó Thor—. De este lado siempre hay marejada.

La playa daba al este. Siete mil kilómetros más allá del horizonte se encontraba Sudamérica. Un viento inexorable soplaba desde esa dirección. La corriente de aire pasaba de largo Fatu Hiva y alborotaba olas y palmeras en una vasta región de Polinesia.

Un anciano isleño amigo de los esposos les había contado la historia del jefe Tiki, antepasado de los polinesios, que trajo a su pueblo a esas islas desde un país misterioso situado hacia el Sol naciente.

Esa noche Thor no pudo dormir.

Diáspora en el Pacífico

Todos los humanos somos africanos. Nuestra especie nació en ese continente, pero un día nos quedó chico y emigramos en oleadas que fueron inundando todos los rincones del mundo: primero Europa y el cercano oriente, luego Asia, después —por vía del puente terrestre que existía en el estrecho de Bering— Norteamérica y Sudamérica.

Poblar islas costeras es fácil si uno tiene ingenio y decenas de miles de años. Lo difícil es conquistar el tiradero de partículas de tierra que salpican la vastedad del océano Pacífico como las chispas de una fogata esparcidas por el viento. Sin embargo, como narró Heyerdahl más tarde, cuando los primeros europeos llegaron a esas islas en el siglo XVIII encontraron “gente alta y bien parecida que los recibió en la playa con perros, cerdos y aves de corral”. ¿Cómo llegó ahí esa gente? Sus antepasados tuvieron que haber venido desde algún continente, atravesando miles de kilómetros de agua.

Antes de lanzarse a esas travesías azarosas y mortíferas, los precursores de los polinesios tuvieron que desarrollar técnicas avanzadas para construir embarcaciones y orientarse en el mar, y eso llevó tiempo. Hay discusión acerca de los detalles, pero según estudios arqueológicos, las islas de Polinesia se empezaron a poblar hacia el año 1000 a. C. y la primera fue Fiji. Para el año 1200 d.C. ya había gente en Nueva Zelanda, situada en el extremo suroeste de Polinesia; en Hawái, en el norte, y en Rapa Nui (la Isla de Pascua), en el extremo sureste y relativamente cerca de la costa de Sudamérica.

Aventura marítima

Aquel día en que contemplaba la rompiente en Fatu Hiva, Thor Heyerdahl concibió una hipótesis alternativa a la idea más aceptada, según la cual los primeros pobladores de Polinesia provenían de Asia. Para llegar a las islas del Pacífico desde esas costas hay que ser un gran navegante, como sin duda lo eran los antiguos polinesios. En cambio en la dirección contraria el viaje no requería tanta destreza: solo había que dejarse llevar por la corriente ecuatorial y los vientos alisios que soplan sin parar hacia el oeste y encrespan el mar del lado de barlovento en Fatu Hiva. Luego de mucho estudiar lo que se sabía de la cultura polinesia y de los antiguos pobladores de Sudamérica —y de observar que en las islas de Polinesia se cultiva el camote, originario de los Andes, desde antes de la llegada de los europeos—, Heyerdahl se convenció de que los colonizadores de las islas del Pacífico habían llegado por el este, desde el actual Perú.

Para demostrar que no era imposible, Thor Heyerdahl emprendió una de las aventuras más célebres del siglo XX. Se fue a Perú, construyó una balsa con materiales naturales y técnicas que habrían estado disponibles hace miles de años y la nombró Kon-Tiki. El 28 de abril de 1947 se hizo a la mar desde el puerto de El Callao, al norte de Lima, con cinco coexpedicionarios y un loro. Ciento un días y 7000 kilómetros después (y sin el loro, que desapareció en una marejada para consternación de todos), la balsa encalló en el arrecife del atolón de Raroia. Heyerdahl narra lo que ocurrió durante esos 101 días en el libro La expedición de la Kon-Tiki, que fue un éxito de librería instantáneo (y merecidamente: es un libro apasionante). Sin embargo, la hipótesis de colonizadores sudamericanos en Polinesia no prosperó entre los antropólogos, que habrían preferido evidencias más rigurosas que las que podía aportar la travesía del equipo noruego para rechazar la hipótesis tradicional y bien establecida.

Matices

Thor Heyerdahl murió en 2002 y hoy lo recordamos mucho más como aventurero que como científico. La travesía de la Kon-Tiki sirvió más como entretenimiento que como ciencia, y durante mucho tiempo la idea de pobladores sudamericanos en Polinesia se consideró dominio de charlatanes.

Y se sigue considerando, si uno insiste en que las islas se poblaron exclusivamente desde Sudamérica. Pero la cosa cambia si matizamos: ¿y si solo hubo contacto entre Polinesia y Sudamérica? Esto abre posibilidades menos descabelladas: quizá los antiguos sudamericanos solo llegaron a algunas islas donde ya había gente (por ejemplo, a Rapa Nui, la más cercana al continente) —o bien fueron los Polinesios los que llegaron a Sudamérica, lo que es mucho más fácil de creer en vista de las habilidades náuticas de los isleños.

Eso explicaría el asunto del camote y otros paralelismos entre las dos culturas que inquietaban a los científicos desde el siglo XIX: en 1837 un escritor francés observó el parecido entre embarcaciones de pesca usadas en la costa de Chile y en las islas del Pacífico. Poco después un capitán británico señaló que “canoa” se dice kialu en Patagonia y kialoa en Polinesia. Difícil creer que sea casualidad. Para 1968, aunque Heyerdahl seguía desprestigiado, ya se consideraba por lo menos probable que las dos culturas hayan estado en contacto antes de la invasión europea.

Contacto

Para disipar las dudas habría que encontrar restos arqueológicos de asentamientos polinesios en Sudamérica o viceversa, pero esa línea de investigación no ha dado frutos (aunque se sigue explorando). La alternativa es buscar otro tipo de vestigios de contacto entre ambas poblaciones: vestigios genéticos. Para decirlo sin ambages ¿tienen los polinesios genes sudamericanos? ¿Esos genes datan de antes de que los barcos europeos mezclaran todo a partir del siglo XVIII?

El estudio genético más reciente se publicó en la revista Nature en julio de 2020 y es obra de un equipo dirigido por Alexander Ioannidis y Javier Blanco. El equipo está compuesto por investigadores de México, Estados Unidos, Noruega, Chile y el Reino Unido. Las instituciones mexicanas que participaron son el Laboratorio Nacional de Genómica para la Biodiversidad (LANGEBIO) del CINVESTAV (Irapuato), el Instituto Nacional de Medicina Genómica y el Laboratorio Internacional de Investigación sobre el Genoma Humano de la UNAM (Juriquilla).

En 2014 el genetista Andrés Moreno Estrada y la antropóloga Karla Sandoval del LANGEBIO fueron a Rapa Nui e invitaron a la comunidad a participar en el estudio del equipo de Ioannidis y Blanco. Obtuvieron muestras genéticas de 166 isleños. Dos estudios previos de la población de esa isla habían llegado a conclusiones opuestas en lo tocante a antepasados sudamericanos, lo que dejó en el aire el asunto del contacto entre las dos culturas. Rapa Nui era el sitio natural para buscar la mezcla por ser la isla polinesia que más cerca está de las costas de Sudamérica. Pero Ioannidis, Blanco y sus colaboradores tenían otra idea: no limitarse a los habitantes de esa isla, sino analizar la herencia genética de habitantes de muchas otras (188 individuos de 17 poblaciones de islas muy dispersas por el Pacífico ecuatorial).

Hacía poco otros investigadores habían demostrado por medio de simulaciones de los vientos y las corrientes marinas que viajar en balsa de Sudamérica a Polinesia es más fácil si se parte de la región de Ecuador y Colombia (Heyerdahl partió de Perú, más al sur, y fue necesario remolcarlo 80 kilómetros mar adentro para que lo arrastrara la corriente ecuatorial). El equipo de Ioannidis y Blanco comparó los genomas polinesios con los de poblaciones indígenas de toda la costa pacífica de Sudamérica, desde Colombia hasta Chile. Para no dejar cabos sueltos, incluyeron poblaciones de Europa y África en su búsqueda de los antepasados de los polinesios modernos.

No fue ninguna sorpresa encontrar rastros de antepasados europeos que databan de los últimos tres siglos, la época colonial de las islas polinesias, algunas de las cuales siguen siendo territorios de Francia y del Reino Unido. Los patrones genéticos europeos que encontraron los investigadores reflejan fielmente la historia colonial de las islas: hay genes franceses en las islas de la Polinesia Francesa y genes españoles en Rapa Nui (que es territorio chileno). En los habitantes de Rapa Nui con antepasados europeos pero sin antepasados sudamericanos, los investigadores encontraron secuencias genéticas provenientes de Francia, lo que es lógico porque los primeros europeos que se establecieron en esa isla eran franceses.

El equipo encontró un caso de material genético en común entre Rapa Nui y la isla de Mangareva. Ahora bien, se sabe que en 1871 unos misioneros franceses se trasladaron de la primera a la segunda. Al parecer no cumplieron muy cabalmente sus votos de castidad porque esparcieron más genes de lo que conviene a un misionero.

Lo que sí resultó una sorpresa fue encontrar componentes genéticos de poblaciones sudamericanas no solamente en Rapa Nui, sino en islas situadas más al oeste: el grupo Palliser, las Marquesas (entre ellas Fatu Hiva) y la isla de Mangareva. Había dos componentes genéticos sudamericanos: uno resultó ser característico de poblaciones indígenas de la región de Colombia (el componente centroamericano, lo llaman los autores) y el otro de poblaciones de Chile, como los mapuches y los pehuenches.

En los habitantes de Rapa Nui los investigadores encontraron que el componente chileno en un individuo aumenta en proporción con los genes europeos, lo que refleja el hecho de que ambos componentes llegaron juntos cuando la isla se pobló de chilenos con antepasados tanto indígenas como españoles tras la anexión de la isla por Chile en 1888. En cambio, el otro componente genético sudamericano venía asociado exclusivamente con los genes polinesios. “Esto sugiere que el componente centroamericano llegó a Rapa Nui independientemente del europeo”, escriben los autores del estudio. “A diferencia del componente chileno, el centroamericano varía poco de un individuo a otro en Rapa Nui, lo cual indica que proviene de una mezcla más antigua”.

¿Navegantes accidentales?

Entre los años 600 y 1200 los habitantes de lo que hoy es Colombia y Ecuador construían grandes balsas capaces de navegar en altamar, con las cuales al parecer comerciaban con los pueblos de México y Centroamérica. Me imagino que no es imposible que alguna balsa extraviada (o más probablemente muchas) haya sido arrastrada por los vientos alisios y la corriente ecuatorial, los cuales, como muestran las simulaciones, la habrían llevado a las islas Marquesas o al archipiélago Tuamotu. En cuanto a los víveres, no hay de qué preocuparse: Thor Heyerdahl narra que todos los días caían peces voladores en la cubierta de la Kon-Tiki. No había necesidad de pescar para procurarse alimento. La lluvia puede haber suministrado el agua, aunque también es posible que las balsas mercantes llevaran suficientes provisiones para los dos o tres meses que duraría la travesía accidental a Polinesia. En todo caso, los investigadores señalan que “estos dos archipiélagos están en el centro de la región en la que encontramos un componente genético de indígenas colombianos”. Y más adelante añaden que estos archipiélagos serían también el punto de partida más probable de una expedición polinesia que hiciera el viaje en sentido contrario aplicando la técnica de navegación contra el viento, que los isleños dominaban.

Así pues, todo cuadra: los genes sudamericanos que se encuentran en las poblaciones polinesias al parecer provienen de la región de Colombia. Los vientos y las corrientes favorecen viajes de ida y vuelta entre Polinesia y esa misma región. Añádase que, como se señala en el artículo, los indígenas cañari de Ecuador llaman “kumal” al camote, palabra muy parecida a su equivalente en polinesio, “kumala”. De que hubo contacto, lo hubo.

Misterio persistente
¿Pero cuándo? El equipo de Ioannidis y Blanco determinó la antigüedad de la intrusión de genes indígenas americanos en las poblaciones de Polinesia. La cosa queda así: las primeras islas en las que aparecen los genes sudamericanos son las Marquesas de las que forma parte Fatu Hiva, donde Heyerdahl concibió su hipótesis. La fecha que arrojan los estudios genéticos es alrededor del año 1150. Las islas Palliser y Mangareva registran el contacto a partir de 1230. Un método complementario e independiente arroja una fecha de 1234, más o menos 90 años, para el contacto entre Polinesia y Sudamérica. En Rapa Nui, en cambio, los genes sudamericanos aparecen hasta 1380, contra todo lo esperado.

Los investigadores concluyen que la manera más sencilla de explicar estos resultados es que hubo un único contacto entre poblaciones polinesias y sudamericanas en vez de un contacto prolongado debido, digamos, a una relación comercial entre las dos regiones. Los datos no dicen dónde ocurrió ese encuentro, pero los autores alegan que fue durante el periodo de descubrimiento y colonización de las islas de la Polinesia oriental. Los exploradores polinesios habrían llevado la mezcla genética a otras islas. Los investigadores escriben: “Así, el componente indígena americano prehistórico que se encuentra en Rapa Nui, en el cual se han centrado tantas investigaciones, probablemente se originó en un contacto que no ocurrió en Rapa Nui, sino en alguna isla colonizada anteriormente por los polinesios”.

La fecha de 1150 para el primer contacto en Fatu Hiva concuerda con la fecha en que se calcula que se pobló esa isla, “lo que suscita la intrigante posibilidad de que al llegar, los pobladores polinesios hayan encontrado en la isla una pequeña población indigena americana ya establecida”. Aunque “no podemos desechar una explicación alternativa: que un grupo de polinesios haya llegado al norte de Sudamérica y haya vuelto acompañado de indígenas americanos, o con la mezcla genética”. Habrá que ver. Por ahora, Thor Heyerdahl puede reposar tranquilo en su tumba: tras muchas décadas de desdén, el mundo académico está empezando a apreciar el valor de su aventura marítima en el Pacífico.

Sergio de Régules es coordinador científico de ¿Cómo ves? y ganador del Premio Nacional de Divulgación de la Ciencia “Alejandra Jaidar” 2019.
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