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23 de abril de 2017
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¿Es inevitable el conflicto entre los sexos?
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¿Es inevitable el conflicto entre los sexos?

Constantino Macías García

En la naturaleza, cuando se trata de la reproducción sexual lo que conviene a machos y a hembras suele ser muy distinto.

Seguramente una proporción sustancial de todo lo que ha escrito la humanidad está relacionada con la naturaleza del conflicto entre los sexos. Pero, como muchos otros fenómenos, necesitamos estudiarlo en otros organismos para poder interpretarlo en forma objetiva. Nuestras culturas le han sobrepuesto tantas capas de "explicaciones" morales, religiosas o históricas, que no sentimos casi nunca la necesidad de buscar fundamentos biológicos a lo que nos parece un problema solamente cultural. Sin embargo, hay muy buenas razones biológicas para esperar que ese conflicto sea la norma en las especies sexuales. Pero ¿qué es exactamente eso de "conflicto sexual"?

Intereses genéticos

Cualquier definición es un esfuerzo por abarcar en pocas palabras todos los posibles casos de un fenómeno dado. Eso implica que hay que leer una y otra vez las definiciones, y buscar el significado de cada una de sus partes: es tan difícil escribir una buena definición, como leerla adecuadamente. Yo propongo que el conflicto entre los sexos es toda aquella manifestación de las diferencias en los intereses genéticos de machos y hembras relacionadas con la formación de parejas reproductivas.

Al referirme a "toda aquella manifestación" quiero decir que el conflicto no solamente se expresa en pleitos, y que podemos ver evidencia del mismo tanto en la conducta como en la forma y la fisiología de los machos y las hembras. "Diferencias en los intereses genéticos" significa que las características genéticamente determinadas, como son algunas pautas conductuales o ciertas características físicas, que resultan más valiosas en un macho no necesariamente son convenientes en una hembra, y viceversa (véase recuadro). Finalmente, la "formación de parejas reproductivas" supone que el conflicto no se relaciona, por ejemplo, con la cantidad de alimento que consumen los machos en relación al que consumen las hembras, o con alguna otra diferencia ecológica de ese tipo. Más bien, de acuerdo con esta definición, el conflicto se relaciona con los papeles que desempeñan ambos sexos en la reproducción. Se trata del conflicto sobre cuándo y con quién reproducirse, y sobre cuántos recursos (tiempo y esfuerzo) invertir en las crías que resulten de esa decisión. En efecto, el conflicto entre los sexos tiene su raíz en las diferentes formas en que machos y hembras invierten en la crianza. Tales diferencias son inevitables en la reproducción sexual y para entenderlas conviene echar una ojeada a lo que suponemos fue el origen de la sexualidad.

Diferencias entre machos y hembras

La consecuencia biológica mas importante del apareamiento es la combinación de los genes de un macho y los de una hembra en un nuevo individuo. En este crío van a confluir los destinos de algunos genes de la madre y del padre. Los genes determinan, en interacción con el ambiente, las características que tendrá el nuevo individuo y es posible que los atributos que funcionaron bien en el padre, por ejemplo tener adornos exagerados para atraer pareja, no funcionen igualmente bien en una hija, a quien dichos adornos lejos de aportarle beneficios le resulten sumamente costosos. Esto ocurre porque hay características externas que han evolucionado específicamente para mandar señales que sabrán interpretar los animales de una misma especie.

Por ejemplo, en los gorriones es común que los machos tengan una mancha negra en el pecho, cuyo tamaño indica dominancia. Un macho al que se le pinta una gran mancha negra es percibido como rival por los machos dominantes y es atacado violentamente por ellos. Esa misma suerte correría una hembra que tuviera esa mancha negra en el pecho.

También puede ocurrir que las características que funcionan bien en la madre, como la predisposición de las hembras de algunas aves para incubar, tengan efectos indeseables en un hijo, ya que un macho ornamentado que se siente a incubar los huevos atraería sobre el nido la atención de los depredadores. Un ejemplo que lo ilustra es el de las calandrias; los machos tienen un plumaje negro y amarillo muy llamativo, mientras que las hembras son pardas. Por otro lado, cuando una característica está controlada por los mismos genes en machos y en hembras, puede ser imposible optimizar simultáneamente en ambos sexos la magnitud del atributo. En otras palabras, no se puede ser al mismo tiempo el mejor macho y la mejor hembra.

De buena estirpe

Es casi seguro que los organismos originales que poblaron las aguas de nuestro planeta se reproducían asexualmente, es decir, se dividían para dar origen a dos o más organismos nuevos, idénticos a su progenitor y entre sí. Si consideramos a cada bacteria, pólipo o planaria individualmente (contándolas una por una), encontraremos que actualmente la mayoría de los seres vivos aún puede reproducirse de esa manera.

Sin embargo, una consecuencia de la reproducción asexual es que el material genético de un individuo pasa sin cambios a sus descendientes, de modo que se produce muy poca variabilidad genética. En cada división asexual se duplica el material genético en dos, y se transmite de manera casi intacta de una generación a otra. Digo "casi" porque después de algunos miles de copias ocurren errores pequeñitos, que llamamos mutaciones, en algunos de los nucleótidos, que son las "letras" del alfabeto genético. Estos pequeños cambios, si no causan graves problemas, se van acumulando, y esto conduce a la diferenciación de estirpes o linajes, que son grupos reducidos de individuos que son ligeramente diferentes a otros, como los descendientes de una misma familia. Por ejemplo, la bacteria Escherichia coli, que vive en mamíferos y aves, tiene casi tantas estirpes como el número de especies en las que habita. Es raro que las mutaciones sean benéficas debido a que es muy difícil que un cambio al azar mejore un diseño que ya es muy bueno. Imagina, por ejemplo, que decides hacer un cambio al azar en la maquinaria de un reloj; es poco probable que el resultado fuera un reloj que funcionara mejor que el original. Ésta es una forma de evolución lenta, debido a que los linajes van haciéndose diferentes por azar.

Las ventajas del sexo

Otra forma de evolución es mediante selección natural. Si existe alguna característica entre los organismos que conforman una población que haga que uno de ellos (digamos el "A") tenga mayor éxito reproductivo (más hijos en toda su vida) que otro (digamos el "a"), ese atributo "ventajoso" se heredará a sus descendientes y pasará a ser la variable más frecuente en las generaciones futuras (habrá puros "A"). Por ejemplo, la mayoría de las polillas de la especie Biston betularia que vivían en los bosques de Inglaterra antes de la Revolución Industrial eran de color claro, lo cual les servía como protección al confundirse con las cortezas de los árboles. Pero al cubrirse los árboles con el hollín de las fábricas, los pájaros encontraban fácilmente a estas polillas claras, con el resultado de que las oscuras sobrevivieron mejor, se reprodujeron más y se volvieron las más abundantes.

Imaginemos ahora un mundo primitivo con diferentes estirpes de algún organismo unicelular, digamos las amibas, viviendo cada una por su lado. Ahora, supongamos que algunas de esas estirpes pueden intercambiar parte de su material genético. El resultado inmediato sería que existiría mucha más variabilidad entre las amibas (existirían las amibas de cada estirpe, más las muchas posibles combinaciones entre ellas). Con mas variabilidad, la selección natural tendría más de dónde elegir y la evolución podría proceder más rápidamente.

Ahora imaginemos que esas amibas son parasitadas por un microbio (una bacteria), y que la defensa de la amiba frente a este microbio es la estructura de su membrana celular. Como las bacterias se reproducen a gran velocidad, aparecerán durante la vida de la amiba algunas bacterias que logren encontrar la manera de traspasar su membrana. Si la amiba se reprodujera asexualmente, esa bacteria exitosa atacaría a todos los descendientes de la amiba. Pero si la amiba se reproduce sexualmente, todos sus descendientes serán ligeramente diferentes en muchos aspectos, incluyendo la estructura de su membrana celular, ¡y las bacterias no podrán parasitarlas a todas! En realidad, las amibas se reproducen asexualmente, pero otros protozoarios, como los paramecios, intercambian de vez en cuando material genético antes de dividirse, en una forma de sexualidad un tanto simple.

¡Viva la diferencia!

Bien, ya tenemos organismos que intercambian su material genético, pero aún no tenemos sexos diferenciados, es decir, machos y hembras distintos, de modo que éste debe haber sido el paso siguiente. Las primeras formas de sexualidad seguramente se parecían a lo que aún practican organismos muy sencillos como las bacterias o a lo que hacen algunos protozoarios: un organismo produce y libera al medio (o directamente a su pareja sexual) fragmentos de su material genético que luego son incorporados al genoma del receptor. Otra forma de reproducción sexual, que suponemos apareció después, implica la producción de gametos, es decir, células con la mitad de los genes de los progenitores. Estos gametos son liberados al medio (como sucede en erizos, o en muchos peces y anfibios) o directamente pasados a una pareja (como ocurre en aves, reptiles y mamíferos). Si los gametos tuvieran todos los genes de su progenitor, al juntarse dos de éstas células se produciría un organismo con el doble de genes de los que debería tener. Esto no sucede así, ya que la producción de gametos en individuos como nosotros, diploides (o sea que tenemos dos versiones de cada gen: uno materno y uno paterno), implica reducir a la mitad el número de genes que porta un gameto para que, al combinarse con los del otro progenitor, el número de genes sea el característico de la especie. Por ejemplo, todas las células de nuestro cuerpo tienen 46 cromosomas, salvo nuestros gametos (óvulos y espermatozoides), que tienen 23. Un aspecto importante es que el proceso de reducción y combinación de los genes que recibimos por vía paterna y materna da como resultado un ser nuevo, único e irrepetible.

Por supuesto, al principio los gametos se liberaban en el medio, quizá en el agua, y se encontraban al azar. Si todos los organismos hubiesen producido gametos muy móviles, éstos habrían tenido una alta probabilidad de encontrar al otro gameto, pero para ser móviles tendrían que haber hecho lo que tú y yo hacemos cuando queremos transportarnos con soltura: viajar ligeros. Esto implica prescindir de los almacenes de recursos necesarios para nutrir al nuevo organismo, por lo que la combinación de dos gametos móviles habría sido común pero, al no contar con los nutrientes indispensables, las crías difícilmente hubiesen sobrevivido. También habrían sido poco exitosas aquellas poblaciones de individuos que produjesen solamente gametos con grandes almacenes de nutrientes: las crías habrían tenido suficientes recursos para sobrevivir, pero los dos gametos casi nunca se habrían encontrado por ser muy poco móviles. Por supuesto, al leer lo anterior se habrá hecho evidente cuál fue la solución a este dilema: si la mitad de los individuos produce gametos móviles (sin recursos) y la otra mitad produce gametos inmóviles con muchos recursos, es muy probable que ambos se encuentren y la viabilidad del embrión que resulte de esta unión sea suficientemente alta. Esto condujo a la aparición de dos sexos: machos que producen gran cantidad de espermatozoides, que son móviles y no cuentan con muchos nutrientes, lo que supone que no es demasiado costoso producirlos (por eso son muchos) y hembras que producen pocos óvulos. Producen pocos porque éstos tienen muchos nutrientes que serán usados por el embrión y cuesta mucho producirlos. Con un sexo que invierte poco y otro que invierte mucho en un mismo crío tenemos las condiciones iniciales del conflicto.

Saber con quién

Una primera fuente de conflicto es con quién aparearse. Un solo macho puede, en principio, fecundar los óvulos de todas las hembras de su población. Sin embargo, al hacerlo estará invirtiendo en muchísimos descendientes sólo una fracción de lo que cada hembra invierte en un solo crío. En esta desigualdad está la raíz del conflicto entre los sexos. Por lo común las hembras tienen determinado el número máximo de descendientes que habrán de producir, lo que supone que una hembra no puede tener muchos más hijos que cualquier otra hembra: todas tienen un número parecido de óvulos disponibles. Esta situación es muy distinta de lo que ocurre en los machos, quienes pueden (cuando menos en teoría) tener tantos hijos como óvulos hay disponibles en todas las hembras de su población. Por supuesto, si un macho logra fecundar a muchas hembras, éstas no tendrán hijos con los otros machos, es decir que por cada macho exitoso que se aparee con varias hembras, habrá uno o más machos que no consigan aparearse con ninguna. La consecuencia es que, mientras que la mayoría de las hembras tienen varios hijos, algunos machos tendrán muchos hijos y muchos machos no tendrán ninguno. De acuerdo con la lógica de la selección natural, si un macho tiene algo que lo hace capaz de aparearse con muchas hembras (digamos que tiene una característica que le da alguna ventaja sobre los otros machos, por ejemplo, que las hembras lo consideren muy "guapo"), y si ese algo es heredable, en muy pocas generaciones todos los machos de esa población tendrán ese "algo" (la mayoría serán descendientes del macho guapo).

A la mala

¿Y dónde quedó el conflicto? ¿Acaso no les conviene a las hembras tener hijos guapos? Sí, les puede convenir, pero no olvidemos que los demás machos, los no guapos, estarán bajo presión para lograr algunos hijos aunque sea "a la mala". Si para la hembras es adecuado elegir un macho guapo, entonces para la mayoría de los machos que no sean guapos la mejor estrategia será "engañar" a la hembra durante su elección. Esto lo logran de diversas maneras: impidiendo que las hembras evalúen a los machos (por ejemplo, frecuentemente los machos de peces como el cola de espada intentan copular sin antes haber cortejado a la hembra); interceptando apareamientos (hay machos en algunas especies de saltamontes que no cantan, pero se instalan cerca de los machos que sí lo hacen e interceptan a las hembras cuando se dirigen a ellos); o bien imponiéndoles apareamientos no deseados (como los patos, que obligan a las hembras a copular aún cuando éstas ya se hayan apareado con otros machos). Hay especies en donde los machos pueden recurrir a apareamientos subrepticios, cuando las hembras están ocupadas en otras actividades como comer o evitar a sus depredadores (esto se ha demostrado en el pez guppy de Trinidad).

Entonces, el primer tipo de conflicto entre los sexos es el que está relacionado con el apareamiento y resulta de la tendencia de los machos a aparearse con tantas hembras como sea posible, mientras que las hembras intentan aparearse sólo con los mejores machos.

Para ser elegido

Una consecuencia de este conflicto en las especies en que las hembras sí pueden evitar los apareamientos que no desean, es que sus preferencias por ciertos machos impondrán costos que estos machos tendrán que pagar para ser los elegidos. Por ejemplo, los machos de las aves en general no pueden forzar a las hembras a copular si éstas no lo desean. Eso les ha permitido ser selectivas. El resultado ha sido que, para atraer a las hembras, los machos deben tener ornamentos a veces tan extravagantes como las colas de los pavorreales. Como seguramente es muy costoso en términos materiales, energéticos y ecológicos, producir, mantener y exhibir un adorno tan llamativo como esas colas, solamente los mejores machos pueden presentarse con esta ventaja frente a las hembras, y ellas, al elegirlos para aparearse, estarán pasando a sus hijos las características que hicieron del padre un macho superlativo. El conflicto aquí radica en que las preferencias de apareamiento de las hembras imponen a los machos un costo frecuentemente excesivo.

Pero, como vimos antes, no en todas las especies las hembras controlan los apareamientos. En muchas especies los machos, o una proporción de ellos, evitan los costos de exhibirse frente a las hembras y obtienen apareamientos en forma subrepticia. Esto supone un conflicto porque probablemente a las hembras no les conviene ser privadas de la posibilidad de elegir a su pareja, y por lo tanto de contar con el beneficio de tener hijos sólo con los mejores machos. Entonces las hembras pueden optar porque sus camadas sean engendradas por varios machos. Aquí el lector, más rápidamente quizá que la lectora, habrá detectado una fuente de conflicto. Éste radica en que a cada macho le conviene, desde el punto de vista genético, asegurar que el número de sus propios descendientes sea el máximo, lo que no es compatible con compartir la paternidad de una camada con otros machos y ha dado pie a una gran cantidad de características de los animales que hasta hace poco nos parecían solamente curiosidades. Por ejemplo, los perros y algunos otros cánidos prolongan el periodo que pasan con la hembra durante y después de la cópula, conducta que se conoce como "resguardo de pareja". Hay roedores que depositan "tapones" en las vaginas de las hembras, que son barreras químicas o físicas para evitar que pase el esperma de otros machos. Algunas especies de insectos manipulan a las hembras para que depositen rápidamente los huevos recién fecundados y no acepten machos en el futuro; los grillos y las moscas depredadoras entretienen a la hembra con "regalos nupciales": espermatóforos, que son paquetes con esperma que depositan en el extremo del abdomen de la hembra y pueden contener nutrientes, o incluso les dan presas que han atrapado para que ellas las coman mientras copulan.

Por supuesto, a cada estratagema de los machos, suele corresponder una contra-estratagema de las hembras. Las hembras de roedores, por ejemplo, se quitan los tapones que les ponen los machos antes de copular con el siguiente macho. Y las hembras de algunos grillos se comen los espermatóforos que el macho les regaló, pero no usan el esperma de ese macho para fertilizar los huevos. De hecho, muy probablemente la diversidad de estilos de cortejo y apareamiento que vemos en la naturaleza sea consecuencia del conflicto entre los sexos sobre la paternidad de las crías.

La crianza

El conflicto entre los sexos no termina con el apareamiento. Las hembras, como ya vimos, son generalmente quienes invierten más tiempo y esfuerzo en las crías. El problema es cuánto deben invertir en cada una. Ésta es otra fuente de conflicto porque, de nuevo, lo que es óptimo para los machos no necesariamente lo es para las hembras. Generalmente mientras más se invierte en el cuidado de las crías, mayor es la probabilidad de que sobrevivan hasta alcanzar la edad reproductiva. En general, a la madre le conviene invertir tanto como sea necesario para maximizar esta probabilidad, sin comprometer demasiado sus propias expectativas de reproducirse nuevamente. Por otro lado, el éxito reproductivo del padre depende únicamente de la probabilidad de que sus crías sobrevivan y no le afecta realmente el estado de la madre al final de la crianza. En otras palabras, lo que le conviene al macho es que la hembra invierta mas allá de lo que a ella le conviene. Esta forma de conflicto se da generalmente en especies vivíparas, como son los mamíferos, donde la madre transporta y nutre al embrión dentro de su cuerpo.

Recapitulando, hemos visto que existe una clara diferencia en el tiempo y el esfuerzo que invierten los dos sexos en la producción de gametos: los machos producen muchos espermatozoides relativamente "baratos", y las hembras un menor número de óvulos mucho más "caros". Dada esa diferencia básica, en cada evento reproductivo machos y hembras tienen que decidir cuándo y con quién reproducirse, cuántas crías tener con esa pareja, cuánto invertir en ellas, y cómo evitar compartir esa pareja con otros (o con otras, como en el caso de algunas aves, en que el macho también participa en el cuidado de sus crías, alimentando a los pollos). La mejor respuesta a cada una de esas situaciones suele ser diferente para el macho y para la hembra; eso constituye el conflicto entre los sexos.

¿Somos la excepción?

En lo fundamental, en todas las especies el conflicto entre los sexos se explica de la misma manera y no tendría por que ser una excepción la especie humana. Es cierto, llevamos siglos y siglos repitiéndonos en todos los idiomas que no somos como "los animales", que estamos por encima de sus motivaciones y conductas. Pero llevamos el mismo tiempo registrando en la literatura, también en todos los idiomas, los pormenores y las consecuencias de los celos, engaños, raptos, divorcios y abandonos. Es difícil argumentar que son fundamentalmente diferentes la conducta del macho de golondrina que persigue en vuelo a su hembra fértil a menos de un metro de distancia para frustrar intentos de cópula de otros machos, y la conducta del joven humano que interpone su cuerpo entre su pareja y las miradas de otros muchachos. Es claro que en nuestra sociedad, las consecuencias negativas del conflicto entre los sexos vulneran más frecuentemente el bienestar de las mujeres que el de los hombres. Es deseable que aprendamos a limitar esas consecuencias, y me parece que uno de los caminos para lograr este fin es entender cuál es el origen biológico del conflicto, cómo se manifiesta, y cuáles son, precisamente, sus posibles consecuencias. En lugar de sentirnos atados por nuestro legado biológico, nos debe resultar liberador el entender su origen y su significado.

Constantino Macías García es investigador del Instituto de Ecología de la UNAM y se ha especializado en el estudio del comportamiento animal, particularmente en lo que se refiere a la selección sexual.

 
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