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12 de diciembre de 2017
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¿Solos en el Universo? En busca de nuestros hermanos cósmicos
Ilustración: Aline Guevara

¿Solos en el Universo? En busca de nuestros hermanos cósmicos

Miguel Alcubierre

Pensar en la Tierra como el único mundo habitado en el espacio infinito es tan absurdo como pensar que en un campo de mijo sólo un grano crecerá.

Metrodoro, siglo IV a.C

Existen innumerables soles, incontables tierras giran en torno a esos soles en la misma forma que los planetas giran en torno a nuestro Sol. En esos mundos habitan seres vivos.

Giordano Bruno, siglo XVI

El universo es vasto, no sólo en el espacio, con sus billones de galaxias, trillones de soles y distancias inimaginables, sino también en el tiempo, con sus miles de millones de años de historia y de porvenir. Vivimos en una pequeña mota de polvo perdida en la inmensidad del espacio y la profundidad del tiempo. Citando a la Dra. Ellie Arroway, heroína de la novela Contacto de Carl Sagan:"Si nosotros somos la única civilización que existe en el Universo, que enorme desperdicio de espacio." (Y qué colosal pérdida de tiempo). La pregunta que surge es simplemente: ¿estamos solos? ¿Hay alguna otra inteligencia allá afuera que contemple también la noche estrellada y lamente su inmensa soledad?

Esta pregunta se ha hecho muchas veces a través de los siglos. A Giordano Bruno lo quemaron en la hoguera en Roma en el año de 1600 porque se atrevió, entre otras cosas, a especular sobre la existencia de un sinnúmero de mundos habitados. Pero nosotros vivimos en una época en la que no sólo podemos plantearnos la pregunta sin riesgo de nuestras vidas: también podemos tratar de contestarla de una vez por todas.

Una ecuación inteligente Preguntarnos simplemente si existen otras civilizaciones en el Universo es poco útil. Dado el tamaño del Universo, cualquiera contestaría inmediatamente que sin duda existen. Pero si están en el otro extremo del Universo nunca tendremos contacto con ellas. Mucho más interesante es preguntarse si existen otras civilizaciones en nuestro vecindario cósmico, es decir, en nuestra galaxia, y en caso afirmativo, ¿cuántas hay?

Semejante pregunta nos dejaría sin poder avanzar mucho. Mejor es seguir la usanza científica e intentar desmenuzar una pregunta tan grande en una secuencia de preguntas menos ambiciosas que nos lleven poco a poco a la respuesta final. La idea parece obvia, y con seguridad mucha gente intentó seguir este camino a lo largo de los siglos. Sin embargo, se atribuye el procedimiento más concreto al científicoestadounidense Frank Drake, y en particular a lo que ocurrió el día de Halloween de 1961. Ese día dio inició, en el Observatorio Nacional de Radio Astronomía en Green Bank, Virginia Occidental, EUA, una reunión entre un grupo interdisciplinario de científicos que se preguntaban precisamente cuántas civilizaciones inteligentes podían existir en nuestra galaxia. Durante la reunión se fundó la"Orden del Delfín", organización dedicada a buscar señales de inteligencia extraterrestre. Quedaba claro que para saber el número de civilizaciones que hay en la galaxia se necesitaba primero conocer el número total de estrellas en la galaxia, y en particular, cuántas estrellas nuevas se formaban cada año. También se necesitaba saber cuántas de estas estrellas tenían planetas; cuántos de estos planetas eran adecuados para la vida y en cuántos había surgido y una vez surgida, en cuántos de estos mundos aparecía la inteligencia. Finalmente, era necesario saber qué fracción de las especies inteligentes desarrollaba la tecnología necesaria para comunicarse con nosotros, y un punto fundamental: cuánto tiempo duraban esas civilizaciones antes de extinguirse (no tenemos por qué suponer que las civilizaciones son eternas). Después de pensar un poco, Drake concluyó que todos estos ingredientes podían usarse para construir una simple ecuación matemática que nos diera el número total de civilizaciones en nuestra galaxia:

N = R x p x n x l x i x c x T

En esta ecuación N es el número de civilizaciones en nuestra galaxia, es decir, lo que queremos calcular. R es el ritmo de formación de estrellas (cuántas estrellas se forman por año), p es la fracción de estas estrellas que tienen planetas, n es el número de planetas adecuados para la vida en cada sistema solar, l la fracción de estos planetas donde la vida de hecho surge, i la fracción de planetas con vida donde evoluciona la inteligencia, c la fracción de especies inteligentes que desarrollan tecnología, y finalmente T, la vida media de una civilización.

Algunos de los factores que aparecen en la ecuación de Drake son números bien conocidos, y otros no tanto. Por ejemplo, los astrónomos saben bien que el número de estrellas que nacen en nuestra galaxia es de aproximadamente una al año, por lo que R = 1. En los últimos 10 años se han descubierto más de 100 planetas en órbita alrededor de otras estrellas, por lo que ahora creemos que una alta fracción de estrellas tiene planetas, tal vez una de cada dos, lo que implica que p = 1/2. Desconocemos el número de planetas adecuados para la vida en cada sistema solar, pues aún no conocemos muchos ejemplos de sistemas solares. Pero considerando que en nuestro sistema solar la Tierra tiene vida, y hay buenas razones para pensar que Marte pudo tener agua líquida y temperaturas adecuadas parala vida alguna vez, y que la luna de Júpiter llamada Europa puede tener condiciones adecuadas para la vida incluso el día de hoy, podemos suponer que hay dos planetas adecuados para la vida por sistema solar, por lo que n = 2.

Sabemos que la vida surgió en la Tierra hace más de tres mil millones de años, es decir, casi inmediatamente después de que las condiciones en la Tierra lo permitieron. Esto parece indicar que, dadas las condiciones adecuadas, la vida surgirá casi inevitablemente. Así pues, l = 1. Las cosas marchan de maravilla. ¿Y qué decir de la inteligencia? Pues bien, el único planeta habitado que conocemos es la Tierra, y si permitimos una definición de inteligencia algo más amplia que la común, es claro que hay varias especies altamente inteligentes en nuestro planeta. Estamos, desde luego, nosotros. Pero también están los chimpancés y los gorilas, y en el mar los delfines. Al parecer, dado el tiempo suficiente, la aparición de especies con alto grado de inteligencia es muy probable, por lo que i = 1.

Sustituyendo los resultados que llevamos hasta ahora en la ecuación de Drake llegamos a la siguiente simplificación:
N = c x T

Es decir, el número de civilizaciones en nuestra galaxia es simplemente el producto de la fracción de especies inteligentes que desarrollan una civilización, multiplicada por la vida media de las civilizaciones. Si suponemos que una proporción alta de las especies inteligentes desarrollan civilizaciones, digamos una de cada cuatro (nosotros sí, los chimpancés, gorilas y delfines no), vemos que el número de civilizaciones total será simplemente T dividido entre cuatro.

La pregunta final es, ¿cuánto duran las civilizaciones? El único ejemplo que conocemos es el nuestro, y si bien la civilización humana tiene miles de años, sólo en los últimos 100 años hemos sido capaces de enviar y recibir ondas de radio. Suponiendo que desapareciéramos mañana (T = 100), concluimos que como mínimo hay en nuestra galaxia unas 25 (100 ÷ 4) civilizaciones con tecnología lo bastante avanzada para enviar ondas de radio. Pero este número es demasiado pesimista, lo más seguro es que nosotros no nos extingamos mañana, y nuestra civilización probablemente subsista por miles de años más (después de todo la especie humana tiene ya unos 200 mil años de existencia). Deberíamos esperar entonces cientos o miles de civilizaciones allá afuera. Es más, aun si la mayoría de las civilizaciones duran sólo unos miles de años, bastaría con que una fracción pequeña encontrara la manera de sobrevivir millones de años para aumentar nuestra estimación a millones de civilizaciones en la galaxia.

Al parecer deberían existir al menos unos miles, y posiblemente millones de civilizaciones en nuestra galaxia solamente. Con esto vemos hasta dónde se puede llegar con algunas estimaciones sencillas mezcladas con algunos conocimientos astronómicos sólidos.

Luces en el cielo

Supongamos por el momento que las estimaciones más optimistas basadas en la ecuación de Drake son correctas y que hay millones de civilizaciones extraterrestres en nuestra galaxia. ¿Vienen estos extraterrestres a visitarnos a la Tierra? Parecería fácil responder a esta pregunta con un simple "no". Después de todo basta con salir a la calle para notar que no hay grandes naves extraterrestres flotando sobre nuestras ciudades, ni hombrecitos verdes pidiendo que los llevemos a nuestros líderes. Sin embargo hay quienes aseguran que los extraterrestres no sólo ya están aquí, sino que frecuentemente se dejan ver e incluso nos dejan mensajes.

Quizá el ejemplo más conocido de argumentos usados a favor de la presencia de seres de otros mundos en la Tierra esel "fenómeno" OVNI: los Objetos Voladores No Identificados. El argumento va más o menos así: de vez en cuando algunas personas ven en el cielo luces que no pueden explicarse. Algo en el cielo que no podemos explicar es, por definición, un OVNI (vuela y no lo hemos identificado). Hasta aquí todo va bien, pero para el siguiente paso en el argumento les recomiendo ajustarse muy bien el cinturón de seguridad. El problema está en el triple salto mortal lógico que comúnmente sigue en esta parte: la afirmación de que OVNI y nave espacial extraterrestre son la misma cosa. ¿Es acaso una nave espacial extraterrestre la única explicación posible cuando uno ve luces en el cielo que no sabe qué son?

Las luces en el cielo no son el único ejemplo de este tipo de argumentos, hay otro ejemplo aún más divertido. Desde principios de los años 90 comenzaron a aparecer figuras geométricas hechas de espigas aplastadas en medio de campos de trigo en la campiña inglesa. Al principio, las figuras eran simples círculos muy bien trazados, lo que llevó a que algunos científicos se interesaran y supusieran que los círculos eran el resultado de algún fenómeno atmosférico semejante a un tornado, pero con la característica de tocar el suelo de forma muy repentina y delimitada, dejando un círculo casi perfecto. A lo largo de los siguientes años los círculos se vieron sustituidos por figuras más interesantes: primero conjuntos de muchos círculos de diversos tamaños, y después figuras geométricas complejas, desde el conocido conjunto de Mandelbrot (un ejemplo clásico de figura "fractal"), hasta una copia, con sugerentes alteraciones, de un famoso mensaje enviado al espacio por los astrónomos hace varias décadas (el mensaje de Arecibo). La complejidad de las figuras era tal que ya no había lugar a dudas: no podían tener un origen natural. Con certeza debía existir una intención deliberada detrás del fenómeno, una inteligencia que de manera consciente dejaba mensajes en los campos de cultivo. Muchos medios de comunicación, así como varios interesados en el "fenómeno" OVNI, rápidamente exclamaron que por fin nos encontrábamos ante la prueba irrefutable de que había seres extraterrestres tratando de comunicarse con nosotros. Pero, ¿era ésta realmente la única explicación posible?

La navaja de Occam ELa navaja de Occam Entra ahora en escena uno de los principios básicos del quehacer científico: la llamada "navaja de Occam", en honor al filósofo inglés del siglo XIV, Guillermo de Occam, quien lo enunció por primera vez. El principio dice más o menos así: cuando existen dos explicaciones posibles para un mismo fenómeno, la más sencilla suele ser la correcta (o en lenguaje más técnico, no se deben multiplicar las hipótesis mas allá de lo necesario). Pensemos primero en las luces en el cielo. ¿Qué es más probable? ¿Que unos extraterrestres viajen miles de años luz en avanzadas naves interestelares o que las luces sean simplemente un raro fenómeno atmosférico poco entendido por la ciencia? Pensemos también en las figuras en el trigo. Queda claro que las figuras tienen un origen inteligente pero, ¿cuál es la explicación más probable? ¿Que unos extraterrestres viajaron miles de años luz hasta la Tierra para después dejar figuras enigmáticas en la campiña inglesa, o que algunos seres humanos (inteligentes desde luego, e ingleses muy probablemente) se les ocurrió entrar de noche a los campos de cultivo de sus vecinos para dejar figuras divertidas en el trigo y después ir a reírse al bar más cercano? Personalmente, me inclino por el raro fenómeno atmosférico y los ingleses bromistas, aunque desde luego me parecen explicaciones mucho menos poéticas. Sería muy bonito que realmente fueran extraterrestres pero, por desgracia, a la naturaleza y a los bromistas ingleses les tiene completamente sin cuidado lo que yo pueda encontrar poético o no.

En el caso de las figuras en el trigo la explicación correcta se supo con certeza cuando un grupo de jóvenes universitarios confesó a la prensa que ellos habían creado decenas de las famosas figuras a lo largo de los años como una broma, e incluso mostraron videos de ellos mismos haciendo algunas de las que habían causado más revuelo. ¿Crearon ellos todas las figuras? Muy probablemente no, después de todo, las buenas ideas se copian rápidamente. Con toda seguridad hay varios grupos más que siguen haciendo de las suyas sin confesarlo. La historia no termina ahí, tristemente. Aquellos que estaban convencidos de que las figuras eran de origen extraterrestre se apresuraron a decir (y lo dicen todavía, lo acabo de ver en la televisión otra vez hace unos días) que era imposible que figuras de tal perfección y complejidad fueran creadas por simples seres humanos. Sí claro. Y los egipcios no podían construir pirámides, ni los mayas eran capaces de mirar los movimientos de los astros, ni Mozart podía componer música tan hermosa por sí solo. De seguro todos eran marcianos. Este tipo de argumentos no sólo son a todas luces absurdos, sino que además muestran una profunda ignorancia de la capacidad humana.

Cuando existen dos explicaciones posibles para un mismo fenómeno, la más sencilla suele ser la correcta.

La navaja de Occam puede entenderse también de una forma alternativa que el famoso científico y divulgador de la ciencia Carl Sagan (quien por cierto participó en esa famosa reunión de la Orden del Delfín en 1961, a sus escasos 27 años) solía usar con frecuencia. La forma alternativa dice así: las afirmaciones extraordinarias requieren pruebas extraordinarias. En general, en la ciencia sólo aceptamos como verdaderos aquellos hechos para los cuales existe una evidencia clara. Sin embargo, cuando se nos pide aceptar como verdadero un hecho extraordinario, más allá de nuestras expectativas comunes y que puede incluso contradecir leyes de la naturaleza que consideramos bien establecidas, requerimos de evidencia al menos tan extraordinaria como el hecho mismo. En otras palabras, yo estoy perfectamente preparado a creerle a alguien que me dice que el otro día cayó granizo del tamaño de canicas en su casa, después de todo el granizo es bastante común aunque normalmente no sea tan grande. Creeré aún más si me enseña una foto del granizo. Pero no voy a creer en los fantasmas simplemente por ver una foto borrosa (o buena, da igual), las fotos pueden trucarse fácilmente. Necesitaría ver al fantasma yo mismo, y asegurarme de que no me están tomando el pelo. De igual modo ocurre con la presencia de seres extraterrestres en la Tierra. Ni una bonita foto, ni un entretenido video son suficientes. Haría falta evidencia física, algún artefacto hecho de un material desconocido, o una muestra de tecnología claramente superior a cualquier cosa que pudiera crearse en la Tierra. Sobra decir que este tipo de evidencia extraordinaria no ha llegado todavía (aunque hay quien insiste que la tienen guardada los estadounidenses en instalaciones secretas en el desierto de Nevada).

Ver para creer: un muy sano principio científico.

La búsqueda de inteligencia extraterrestre

En 1959 apareció un artículo trascendental en la revista Nature firmado por dos físicos, profesores de la Universidad Cornell, Giuseppe Cocconi y Philip Morrison, y tenía por título Searching for Interstellar Communications ("En busca de comunicaciones interestelares"). Los autores mostraban que los radiotelescopios de la época (telescopios que "ven" al cielo usando ondas de radio en vez de luz) ya eran lo suficientemente sensibles como para detectar señales de radio provenientes de estrellas cercanas y que fueran de igual intensidad que las señales que se nos escapan a nosotros al espacio en forma de emisiones de televisión. Esto significaba que ya éramos capaces de detectar civilizaciones como la nuestra en las estrellas cercanas.

Curiosamente, de manera simultánea e independiente, Frank Drake había llegado a la misma conclusión y había decidido poner manos a la obra. Drake obtuvo apoyo para utilizar los radiotelescopios de Green Bank para un proyecto de búsqueda de posibles señales de radio provenientes de civilizaciones extraterrestres. El proyecto se llamó Ozma, nombre tomado de las historias del mago de Oz. Las observaciones se realizaron durante varias semanas a fines de 1960 y se concentraron en dos estrellas cercanas similares al Sol: Tau Ceti y Epsilon Eridani. Pese a algunas falsas alarmas que causaron momentos de gran emoción, el proyecto terminó sin encontrar señales de inteligencia extraterrestre, lo que no era tan extraño considerando que sólo se habían observado dos estrellas por un tiempo muy corto.

Sin embargo, Drake y sus colaboradores aprendieron algo muy importante. Buscar señales de civilizaciones extraterrestres era posible, no era muy difícil, y quizá había que hacerlo sistemáticamente. Una de las consecuencias del proyecto Ozma fue la realización de la conferencia de la Orden del Delfín de 1961, donde Drake formuló su famosa ecuación. Y ambas cosas dieron inicio a un nuevo programa de investigación científica: el programa de búsqueda de inteligencia extraterrestre, o SETI por sus siglas en inglés (Search for Extra-Terrestial Intelligence).

Durante las siguientes décadas, los proyectos SETI se siguieron unos a otros, unas veces aquí, otras allá, con poco apoyo de la comunidad científica en general y sin encontrar nada muy interesante, pero eso sí, con instrumentos cada vez mejores, observando más estrellas, durante más tiempo y en más frecuencias de radio distintas. El esfuerzo se limitaba casi siempre a observar sin enviar mensajes de manera deliberada (salvo algunas excepciones; véase recuadro). La razón es sencilla: en primer lugar, lo más probable es que la mayor parte de las civilizaciones sean considerablemente más antiguas que la nuestra (sería mucha casualidad que muchas fueran tan recientes como la nuestra), por lo que han tenido más tiempo de enviar señales. Tiene entonces más sentido que nosotros nos concentremos en escuchar, por lo menos por un tiempo. Además, como mencioné antes, nosotros enviamos mensajes continuamente al espacio sin querer a través de nuestras señales de televisión. Los extraterrestres con radiotelescopios modestos que estén a menos de 50 años luz de distancia ya saben que estamos aquí, y probablemente se estén divirtiendo en este momento viendo episodios de Mi marciano favorito o La isla de Gilligan que les acaban de llegar.

Los proyectos SETI continuaron sin mucho apoyo durante varios años, hasta que en 1984 se fundó el Instituto SETI en California, con fondos privados. El instituto sigue operando hasta la fecha con Frank Drake como director. A principios de los 90, la NASA inició un proyecto SETI que sistemáticamente buscaría señales de inteligencia extraterrestre en miles de estrellas. Sin embargo, un año después el congreso estadounidense retiró los fondos para el proyecto, lo que terminó con los proyectos SETI financiados por ese gobierno. Muchos de los científicos que trabajaban en este proyecto se unieron al Instituto SETI, donde en 1993 se inició el proyecto Fénix, un ambicioso programa de observaciones que continúa hasta la fecha.

Si bien hasta hoy los proyectos SETI no han encontrado evidencia de civilizaciones extraterrestres, los científicos no pierden el optimismo. Hace unos meses, Seth Shostak, investigador del Instituto SETI, actualizó los cálculos basados en la ecuación de Drake para concluir que deben existir en la galaxia entre 10 000 y un millón de civilizaciones con capacidad de enviar mensajes de radio. Anticipando posibles adelantos en la potencia de las computadoras, y aumentos en la capacidad de observar más estrellas en gamas de frecuencia más amplias, Shostak concluye que es muy probable que se detecte una señal de radio extraterrestre en los próximos 20 años. ¿Exceso de optimismo? Tal vez, pero qué emocionante sería si Shostak tiene razón.

¿Dónde están?

Enrico Fermi fue un famoso físico italiano, premio Nobel de física en 1938, responsable de la construcción del primer reactor nuclear del mundo en una cancha de squash en la ciudad de Chicago en 1942 y uno de los líderes del proyecto Manhattan para la creación de la primeras bombas atómicas. Cuenta la historia que en sus ratos de ocio Fermi pensaba acerca de las civilizaciones extraterrestres. Aún no existía la ecuación de Drake, pero Fermi había ideado algo similar, pues también había concluido que en nuestra galaxia debería haber miles o millones de civilizaciones.

Pero Fermi era un pensador muy agudo y no se quedó ahí. Dedujo que, si existían tantas civilizaciones, la mayor parte deberían ser mucho más antiguas que la nuestra (porque somos una civilización muy reciente). Además, la galaxia existe desde hace poco más de 10 mil millones de años, por lo que era probable que algunas de estas civilizaciones tuvieran muchos millones de años de antigüedad. Unas civilizaciones así de antiguas causan un serio problema, a saber: nuestra galaxia tiene la forma de un disco de unos 100 mil años luz de diámetro. Viajando a la velocidad de la luz tomaría 100 mil años cruzarla de lado a lado. Si sólo pudiéramos viajar a una décima parte de la velocidad de la luz, nos tomaría un millón de años cruzar la galaxia. Un millón de años puede parecer mucho tiempo para nosotros, pero es un abrir y cerrar de ojos en la escala de tiempo cósmica. Conclusión: si existieran civilizaciones así de antiguas, ya deberían estar aquí, y simplemente no hay pruebas de ello.

Este argumento se conoce como la paradoja de Fermi: un cálculo sencillo indica que debe haber miles o millones de civilizaciones en nuestra galaxia, algunas deben ser muy antiguas, pero si fueran tan antiguas ya estarían aquí. Así pues, ¿dónde están? La cosa es aun más seria: no sólo no hay evidencia de extraterrestres en el pasado o en el presente de la Tierra, tampoco hemos encontrado rastros de actividad inteligente en nuestros estudios astronómicos. Tenemos explicaciones completamente naturales de todos los fenómenos astronómicos que hemos estudiado hasta la fecha, sin excepción. Uno podría esperar que una civilización muy avanzada tuviera un impacto visible en su vecindario cósmico. Pero no hemos encontrado nada.

No pienso engañarlos diciendo que conozco la respuesta correcta a esta paradoja. Nadie la conoce. Pero lo que sí podemos hacer es proponer una serie de soluciones posibles y analizar cada una. Cada quien se quedará con la que más le convenza.

Solución I. Los viajes interestelares son imposibles o muy difíciles e imprácticos.

Esta es la explicación de la paradoja de Fermi que defienden los entusiastas duros de SETI. Pero no es una explicación sólida. Es cierto que, hasta donde sabemos, es imposible viajar más rápido que la luz, pero no hay ningún principio científico que prohiba viajar a velocidades menores. También se dice que para acercarse a la velocidad de la luz hace falta tanta energía, que es prácticamente imposible. En efecto, pero ¿quién dijo que se necesita viajar al 99% de la velocidad de la luz para llegar a las estrellas? Si pensamos en viajar sólo al 10% de la velocidad de la luz, los requerimientos energéticos se reducen a un nivel que resulta perfectamente razonable. Y, como hemos mencionado, viajando a esta velocidad se podría atravesar la galaxia en sólo un millón de años.

Solución II. Los extraterrestres sí exploran la galaxia, pero aún no han llegado aquí.

La galaxia no sólo es muy extensa, además tiene miles de millones de estrellas. Es muy posible que no nos hayan encontrado. Pero la explicación tampoco es buena. Resulta que no sólo es posible atravesar la galaxia en un tiempo relativamente corto, sino que también es posible colonizarla completamente, hasta la última estrella, en un lapso no mucho mayor. Imagínense que una civilización envía dos naves a colonizar sus estrellas más cercanas. Las colonias se establecen y después de algún tiempo, cada una envía dos naves más. Y así sucesivamente. A cada nueva colonia sólo se le pide enviar dos naves. Aún así, el número de colonias aumenta geométricamente: dos, cuatro, ocho, dieciséis... No es difícil ver que así se puede colonizar la galaxia completa en un lapso breve, determinado por la velocidad de las naves y el tiempo que le toma a cada colonia establecerse. Si se puede llegar a una nueva estrella y establecer una colonia en, digamos, 500 años (lo que parece muy razonable), todas y cada una de las estrellas de nuestra galaxia estarían colonizadas en unos cinco millones de años. Y cinco millones de años sigue siendo un suspiro en la escala de vida de la galaxia y en la escala de evolución biológica. Basta recordar que los ancestros de los humanos se separaron de los ancestros de los chimpancés hace unos siete millones de años. Es decir, la primera civilización que decidiera colonizar la galaxia lo lograría antes de que cualquier competidor en potencia tuviera tiempo de bajarse de los árboles (o arrastrarse del pantano, o subirse a las montañas, o dar cualquier otro paso que requiriera su evolución hacia la inteligencia).

Solución III. Los extraterrestres listos se quedan en casa.

Muy bien, dicen otros, tal vez los viajes interestelares son posibles, pero no tienen mucho caso. Cualquier extraterrestre medianamente listo se daría cuenta de que no vale la pena viajar y se quedaría en casa, estudiando la galaxia desde lejos. Esta explicación también falla, pues supone que todas las civilizaciones posibles (miles, o miles de millones) han decidido quedarse en casa. Parece muy aventurado suponer tal uniformidad en los planes de las civilizaciones extraterrestres. Bastaría con que una sola decidiera salir a explorar para caer otra vez en la paradoja. Y finalmente, si un argumento de este tipo se pudiera aplicar a las personas, la industria del turismo estaría en aprietos.

Solución IV. Ya están aquí, pero no se dejan ver, o por lo menos no fácilmente.

Esta explicación se conoce como la "hipótesis del zoológico". Supone que los extraterrestres nos observan sin intervenir porque somos una especie de reserva ecológica, con grandes letreros de "no alimente a los animales". Sobra decir que ésta es precisamente la explicación de la paradoja de Fermi que haría muy feliz a los que creen en los OVNIS. Sin embargo, tiene el mismo problema que la explicación anterior: supone que todas las civilizaciones visitantes posibles han decidido dejarnos tranquilos. ¿Todas son así de benévolas? ¡Qué suertudos somos!

• Solución V. Las civilizaciones se extinguen antes de lograr explorar la galaxia.

Tal vez lo que pasa es que todas las civilizaciones acaban por desaparecer, se autodestruyen en una guerra nuclear, o son víctimas de una terrible plaga, o algo así, antes de llegar a colonizar gran cosa. Pero esta explicación tiene dos dificultades. La primera es la misma de antes, la uniformidad. ¿Ninguna civilización, de entre miles o millones, han logrado sobrevivir mucho tiempo? La otra dificultad es que si una civilización logra comenzar una colonización, disminuye rápidamente la probabilidad de que se destruya. Es como poner huevos en muchas canastas. A medida que aumenta el número de canastas, se reduce la probabilidad de que suceda algo que pueda provocar la destrucción de todos los huevos.

Hombrecitos verdes o grises

Habrá quien se pregunte, ¿y cómo serán los extraterrestres? ¿Serán acaso como nos los pinta Viaje a las estrellas, con orejas puntiagudas o cráneos con crestas? ¿O como los marcianos de los cuentos, hombrecitos verdes con dos antenitas? Estas respuestas resultarían hasta cómicas si no fuera porque en los medios de comunicación se ha popularizado la imagen de extraterrestres humanoides grises, delgados y con grandes ojos negros, como los de la la serie de televisión Los archivos secretos X. Baste decir que, desde el punto de vista biológico, es imposible que lo extraterrestres sean humanoides, con dos piernas y dos brazos como nosotros, con orejas puntiagudas o no, ya sean verdes o grises. La forma del cuerpo humano, y de todas las demás criaturas terrestres, es el resultado de miles de millones de años de evolución, donde a cada paso los cambios han sido causados por mutaciones al azar, moldeadas por la selección natural. ¿Cómo son los extraterrestres? Parafraseando algo que leí, y cuyo origen no recuerdo: vayan al zoológico o acuario mas cercano y escojan a sus anchas. Los extraterrestres tienen la misma probabilidad de parecerse a un cangrejo o a un pulpo que a nosotros. La especie humana es única, y aún cuando existieran millones de civilizaciones en el espacio, ninguna sería como nosotros.

¿Extraterrestres unicelulares?

¿Adónde hemos llegado con estas posibles explicaciones de la paradoja de Fermi? Todas las explicaciones que hemos dado tienen fallas, sobre todo si hay millones de civilizaciones en la galaxia. Las explicaciones basadas en la dificultad de los viajes interestelares fallan. Las únicas que podrían funcionar son las sociológicas (los extraterrestres no quieren viajar, sí quieren pero no nos molestan, o se destruyen antes de llegar). Éstas podrían ser correctas en principio, pero sólo si el número total de civilizaciones en la galaxia es muy pequeño (cuantas más haya, más probable es que alguna sí quiera viajar, sí nos moleste o no se destruya). No podría haber millones, y quizá ni siquiera miles, de civilizaciones, pues de ser así alguna ya habría roto con la norma. Como bien lo resume Ian Crawford en la revista Scientific American de julio de 2000: "La única civilización tecnológica que conocemos actualmente, es decir la nuestra, todavía no se ha destruido, muestra todos los signos de ser expansionista y nunca se ha mostrado particularmente reacia a interferir en los asuntos de otras criaturas vivientes." ¿Seremos tan poco comunes?

Pero, si realmente hay pocas civilizaciones en la galaxia, ¿qué pasó con las estimaciones basadas en la ecuación de Drake? ¿En dónde estuvo el problema? El número de planetas en la galaxia y la fracción de éstos que podrían albergar vida son más o menos seguros. También parece muy probable que la vida surja con facilidad en los lugares propicios. De modo que no podemos alterar mucho esos números.

El problema sólo puede estar en las suposiciones posteriores. Tal vez la vida primitiva sea muy probable, pero la vida compleja lo sea menos. En nuestro propio mundo la vida unicelular surgió hace unos 3 500 millones de años, mientras que los organismos multicelulares complejos surgieron hace apenas unos 600 millones de años: durante cerca de 2 500 millones de años los seres más complejos en la Tierra fueron las bacterias. Tal vez el paso a la vida multicelular sea muy poco probable y la galaxia esté llena de planetas con vida unicelular. Y, aun suponiendo que la vida compleja aparezca, la llegada de la inteligencia y la tecnología puede también ser muy poco probable. Los dinosaurios dominaron la Tierra durante 150 millones de años y nunca desarrollaron la inteligencia de un chimpancé. Las civilizaciones tecnológicas podrían ser extremadamente poco comunes.

¿Debemos dejar de buscar y decirle a los investigadores de SETI que apaguen sus radiotelescopios? Claro que no. Todos estos argumentos pueden estar errados y sólo demostrar nuestra enorme ignorancia. La única manera de saber con certeza si estamos solos o no es buscar. Después de todo, si encuentran algo será el descubrimiento científico más importante de la historia, y si no encuentran nada, valoraremos más la existencia de nuestro propio mundo. ¡Adelante SETI!

Miguel Alcubierre es físico, egresado de la Facultad de Ciencias de la UNAM. Obtuvo el doctorado en la Universidad de Gales, en Cardiff, Reino Unido y fue investigador en el Instituto Max Planck de Física Gravitacional, en Golm, Alemania. Actualmente se desempeña en el Instituto de Ciencias Nucleares de la UNAM.

 
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