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18 de enero de 2018
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De entrada

No. 127

El pasado 24 de abril quienes hacemos esta revista llegamos a trabajar, como todos los días, a nuestras oficinas en el museo Universum. Si bien desde la noche anterior ya había circulado la noticia de una alerta epidemiológica y la suspensión de clases en todos los niveles escolares, nos sorprendió encontrar que el museo estaba cerrado. Y así debía ser, era el momento de aplicar todas las medidas que recomiendan las autoridades de salud, nacionales e internacionales, para controlar un brote epidémico. Para los habitantes de la Ciudad de México siguieron días difíciles, de incertidumbre, de temor. Poco a poco otros centros de reunión cerraron sus puertas: restaurantes, cines, teatros, bares, salas de concierto. Como en toda situación de emergencia, afloraron rumores y teorías de conspiración, a cual más disparatadas. La contraparte fue la información bien sustentada; la UNAM de inmediato abrió una página web titulada “Influenza: las respuestas de la ciencia” y transmitió todos los días por televisión y radio un programa con expertos que respondían a las preguntas del público. Otros medios también buscaron asesoría en la comunidad científica. Pero no todos lo hicieron y en muchos casos se cedió a la tentación del alarmismo.

A poco más de un mes de que un nuevo virus de influenza trastocara nuestras vidas la normalidad ha vuelto, pero en ella debemos mantener las precauciones indispensables para evitar contagios: el lavado de manos frecuente, el uso de tapabocas en el transporte público, buscar atención médica inmediata si presentamos los síntomas de la influenza y quedarnos en casa si estamos enfermos. Es de esperarse que estas medidas redunden además en la disminución de otras enfermedades infecciosas.

Para nuestro país el costo de la epidemia ha sido muy alto. También puso de manifiesto nuestras carencias: la necesidad de un sistema de salud que atienda más y mejor a la población y en el que se realice mucha más investigación que ahora, en laboratorios bien equipados. Pocas veces ha quedado tan clara la enorme importancia de dotar con más recursos a la ciencia, cuyos presupuestos anuales se han vuelto raquíticos, y la urgencia de fomentar una cultura científica en la población.

¿Cómo llegamos a esta epidemia? ¿De qué manera se conjuntaron los mecanismos de la naturaleza con las formas modernas de vida para propiciar su aparición? ¿Qué ha averiguado la ciencia sobre el nuevo virus? Éstas son algunas de las interrogantes que hemos buscado responder en la presente edición.  

 

Estrella Burgos

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