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26 de junio de 2017
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De entrada

No. 222

Cuando Guillermo Cárdenas estaba preparando su reportaje sobre realidad virtual trajo a nuestras oficinas un visor que, acoplado a su teléfono celular, nos permitió ver un breve documental sobre el Sistema Solar en tres dimensiones descargado de YouTube. Casi todos tratamos de tocar algún planeta con la mano, tan cercana y sorprendente fue la experiencia. Guillermo nos explicó que esto es apenas una probada de lo que significa una tecnología que hace más de una década se anunciaba con bombo y platillo. La realidad virtual tardó en volverse accesible, y si bien todavía es caro procurarse una experiencia virtual más completa en la que se pueda interactuar con los escenarios presentados, no pasará mucho tiempo antes de que también sea accesible. En su reportaje, Guillermo describe las posibilidades que la realidad virtual abre para el aprendizaje, la investigación, la medicina y la psicologia, y, por supuesto, para el entretenimiento. Todo esto nos lleva a pensar que, como con cualquier tecnología nueva, también hay riesgos; por ejemplo, una posible adicción a interactuar con escenarios virtuales y olvidarse del mundo real, o accidentes provocados por nuestros propios movimientos en un mundo real mientras parte de nuestros sentidos funcionan en la realidad virtual. Habrá que esperar y ver, de preferencia con los pies en la tierra.

En esta edición, Claudia Hernández cuenta la historia de dos personajes, un italiano, discípulo de Galileo, y el otro francés, que acabaron con la teoría de que la naturaleza le tiene “horror al vacío”, determinaron la existencia de la presión atmosférica e inventaron cómo medirla.

Daniel Martín Reina narra la vida de otro personaje, la astrónoma Vera Rubin, fallecida hace apenas cinco meses; tenía 88 años de edad y era reconocida en todo el mundo por ser la primera persona en encontrar evidencias de que existe la materia oscura. Rubin fue además una mujer que inspiró a muchas jóvenes a dedicarse a la ciencia.

Con el artículo que completa esta edición, Guillermo Murray y Beatriz Tortarolo hacen que uno sienta cierta envidia de las vacas; o más precisamente, de sus cuatro estómagos. Tener estómagos múltiples les permite a las vacas comer una gran variedad de plantas que para los humanos, con un solo estómago, resultan indigeribles. Eso sí, las vacas lo pagan caro.

 

Estrella Burgos

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