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18 de enero de 2018
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De entrada

No. 31

El 20 de febrero de 1962 John Glenn se convirtió en el primer estadounidense en orbitar la Tierra, en un vuelo que duró poco más de cuatro horas. Para llegar hasta ahí Glenn tuvo que pasar por una selección muy rigurosa, en la que él y muchos otros aspirantes a astronautas fueron sometidos a numerosas pruebas médicas, de resistencia física y psicológicas. Era una “búsqueda de superhombres”, como la calificó la revista Life. Los aspirantes tendrían que soportar enormes aceleraciones durante el lanzamiento de las naves y la brutal entrada a la atmósfera a su regreso, además de un ambiente de gravedad cero durante el vuelo orbital. Eran los albores de la medicina espacial y había muchas más preguntas que respuestas sobre lo que podría ocurrirle a un astronauta. Los avances en este campo bien puede representarlos John Glenn, quien realizó su segunda visita al espacio en 1999, con 77 años cumplidos; en esa ocasión su viaje duró una semana y él fue en calidad de “especialista de carga”, si bien su misión fue dejarse someter a varios experimentos de fisiología.

Lo que hoy sabe la medicina espacial de lo que le sucede al cuerpo humano cuando se aleja de su raíz terrestre es lo que se narra en el artículo de portada de la presente edición, un tema que se ha revitalizado con la puesta en órbita de las primeras piezas de la Estación Espacial Internacional y con el proyecto de enviar una misión tripulada a Marte a finales de esta década. Ya fue un anciano al espacio, y recientemente lo hizo un civil. Tal vez un día podrá ir cualquiera.

 

Estrella Burgos

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