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21 de enero de 2018
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De entrada

No. 71

Saber qué y cómo pasó. Ésta es la motivación de los detectives, ya sea que investiguen un delito, o como en varias disciplinas científicas, busquen reconstruir el pasado. Y todo buen detective está equipado y entrenado para reconocer pistas y huellas, analizarlas y tratar de darles un significado.

Así lo hacen los paleoicnólogos, con la peculiaridad de que los rastros que estudian corresponden a animales que vivieron hace miles, e incluso millones, de años. Los rastros dan cuenta no sólo de los animales que existieron entonces, también de las relaciones con su entorno y las condiciones del mismo: son piezas de la historia de la vida en la Tierra. Se trata de un trabajo paciente y cuidadoso, que requiere además de espíritu aventurero. Cómo se realiza es lo que dos investigadores, Raúl Gío y Catalina Gómez Espinosa, nos cuentan en el artículo de portada.

El pasado es también tema de los astrónomos; cada vez que hacen observaciones de los objetos que pueblan el cosmos, lo que están viendo es cómo eran esos objetos al momento de emitir la luz que se recoge en los telescopios. Y muchas veces lo que ven ya no existe, porque la luz, aunque sea lo que más rápido viaja en el Universo, tarda cierto tiempo en llegar hasta nosotros. La del Sol, ocho minutos. La de la estrella más cercana al Sistema Solar; cuatro años; la de otras galaxias, millones y miles de millones de años… Y mientras más grandes son los telescopios, mejor y más lejos podemos observar, más hacia atrás en el pasado. Por eso el tamaño de los telescopios no ha dejado de aumentar, y muy notoriamente en las últimas décadas. Pero es muy posible que en 10 o 15 años nosotros seamos testigos de un avance asombroso: la puesta en operación de telescopios gigantescos, como canchas de fútbol, varias veces más grandes que los actuales. Norma Ávila relata en su artículo “Enormes ojos terrestres” cuáles son los planes para construirlos y las incógnitas en el conocimiento del Universo que podrían ayudar a resolver.

Mientras eso ocurre, podemos deleitarnos con algunas maravillas del presente, en esta ocasión las majestuosas y ondulantes rayas que ha fotografiado Eduardo de la Vega en mares mexicanos. O interesarnos por conocer a fondo lo que suele pasar inadvertido hasta que sopla el viento o llegan las lluvias: la atmósfera, que Héctor Domínguez nos describe en detalle, invitándonos a apreciar y cuidar esta cubierta diáfana y protectora que hace posible la vida en la Tierra. Una Tie­rra que gira, por cierto, sin que lleguemos a percibirlo. Pero podemos verlo, como demostró ingeniosamente Jean-Baptiste Foucault, a mediados del siglo XIX, con su célebre péndulo, en lo que se considera uno de los experimentos más elegantes de la física. Su historia la narra en la sección “Así fue” Luis O. Manuel, físico y divulgador que colabora con nosotros por primera vez, desde Argentina.

 

Estrella Burgos

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