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25 de septiembre de 2018
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De letras

No. 214 Zombis de actualidad

Ustedes han de saber que la palabra “zombi” es de origen haitiano y se refiere, dice el diccionario, a una persona que se supone muerta y reanimada por arte de brujería con el fin de dominar su voluntad. ¿Cabe imaginar mayor truculencia?

La noche de los muertos vivientes (1968) de George A. Romero no fue la primera película de zombis, pero sí la más terrorífica de cuantas puedan verse. La trama es muy simple: un grupo de personas se refugia en una granja cuando los muertos comienzan a cobrar vida. Como es de esperarse, los muertos quieren hacer crecer su número. La trama parece obvia, pero la ausencia de efectos especiales, quizá debido al bajo presupuesto, detona nuestra imaginación. Y el final es inesperado. Tiempo después de su estreno, la película se volvió clásica, “de culto”, referencia obligada de las cintas de terror, no sólo de zombis. La crítica la considera hoy una de las 100 mejores películas de la historia.

Uno pensaría que con las películas de muertos resucitados ocurre como con los tacos al pastor: que una vez probado el primero ya no habrá novedades. Sin embargo, los zombis están de moda en películas y programas de televisión, con efectos especiales cada vez más “realistas”.

Pues ningún divulgador escéptico y aséptico se atrevería a afirmar lo que yo afirmo: los zombis sí existen, y no son monigotes de película mediocre disfrazados con harapos sanguinolentos que asustan a adolescentes desprevenidos. Son seres humanos, como ustedes y yo, pero que por desgracia han perdido una parte del cerebro. No la perdieron en batalla campal por herida de ballesta, ni como el pobre de Phineas Gage en accidente ferrocarrilero (una barra de hierro le atravesó el cráneo, y aun así se levantó y siguió trabajando); tampoco en batalla neurológica por accidente vascular. La batalla es tecnológica y no me refiero a esos efectos especiales.

Para fundamentar mi afirmación, es decir, que los zombis existen, tras consultar a los expertos en zombilogía llego a la siguiente lista de características que permiten distinguir a un zombi de un vivo:

1. Un zombi tiene la mirada perdida. Sus ojos, si todavía los tiene, no siguen el movimiento ni la luz.
2. Un zombi no experimenta emoción alguna, ni siente dolor.
3. Solo la parte más primitiva de su cerebro está en funcionamiento; sus acciones son dirigidas por quien lo revivió.
4. Sus movimientos son lentos y a menudo torpes.
5. Son anormalmente fuertes y tienen una resistencia que solo la magia puede explicar.

También dicen los entendidos, aunque no todos están de acuerdo en esto, que es muy característico el olor a podrido que los envuelve, así como la piel despegada, los gusanos que brotan de todas partes de su cuerpo y el aspecto harapiento. No son agradables de ver, es cierto, pero tienen ventajas: no se enferman, no se alimentan y tampoco necesitan descansar ni dormir.

En fin, la voluntad del zombi está supeditada a la de su reanimador, a quien sirve como esclavo. Incluso, hay quien piensa que los propios magos asesinan a los vivos para acrecentar sus ejércitos de esclavos zombis. Pero no es posible tanta felicidad... Los zombis pueden convertirse en un peligro para su propio creador, ya que existe la posibilidad de que otro mago reprograme al zombi y haga que se vuelva contra su creador original. O que, como en La noche de los muertos vivientes, ya nadie sepa quién es quién.

Si quieren observar zombis, ahórrense la visita al cementerio. Vayan ustedes un viernes, a eso de las dos de la tarde, a los alrededores del Metro Copilco. Observen a los jóvenes que deambulan zigzagueantes y se tropiezan con los transeúntes, a los que no ven aunque haya intercambio de empujones o pisotones. Repentinamente se detienen como si no hubiera vivos a su alrededor y recomienzan su errática marcha... Traen bata blanca o chamarra, a modo de ocultar la putrefacción. Fíjense bien y podrán palomear la lista completamente: zombis sin lugar a dudas.

La otra acepción de zombi es “atontado, que se comporta como un autómata”. La magia es una tecnología que les impide usar el cerebro y los hace cuerpos en movimiento. El creador es un aparato llamado celular que traen en la mano o en la ropa y al que se conectan por las orejas. Su voluntad está supeditada a los mensajes vacíos o a la música inane que el celular les infunde.

Por cierto, algunos autores tratan de hacer pasar a la creatura de Frankenstein por zombi para poder recomendar obras literarias sobre el tema. No las hay.

 

Ana María Sánchez

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