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20 de septiembre de 2018
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De letras

No. 215 Miércoles de cenizas

Hace unos días la ceniza del Popocatépetl cubrió visiblemente una parte de la Ciudad de México. Con un poco de esfuerzo se podía sentir con los dientes el polvo vidrioso; los ojos no tenían que esforzarse, pues dolían y picaban espontáneamente. Para consolarme, intenté imaginar lo que sintieron los habitantes de Pompeya cuando se dieron cuenta de que los pequeños sismos y la columnita de humo del Vesubio, de los que hicieron caso omiso, eran el anticipo del material de la erupción que iba a acabar con sus vidas un día del año 79 d. C. No sucedió lo mismo con nuestro Xitle, pues hay evidencias de que Cuicuilco estaba prácticamente abandonada cuando ocurrió la erupción, por allí del año 280 d. C.; con su lava se creó el pedregal de San Ángel, del que todavía subsisten algunas reservas (en tanto no se acuerde de ellas alguna autoridad para acomplejar el paisaje con una construcción).

El Krakatoa, situado entre Java y Sumatra, tuvo en cambio consecuencias más extensas en el espacio y en el tiempo; tras la erupción de 1883, con una ola de presión que arrasó tierra y mar con energía de bomba atómica, el clima terrestre se alteró durante varios años. La película Krakatoa: al este de Java, de 1969, responderá a los curiosos, entre otras dudas científicas e históricas, por qué la canoa del parque de diversiones se llama como se llama. El Chichonal, en Chiapas, más modesto, sólo oscureció el cielo durante un par de días de 1982. Dos años antes el Santa Helena, en Estados Unidos, al hacer erupción produjo una avalancha masiva de escombros pocas veces registrada históricamente.

Los volcanes, ya sean imponentes, hermosos, molestos o letales, son evidencia de que el planeta está en constante actividad. Existen zonas de la corteza terrestre a temperaturas y presiones tan elevadas que el material de su interior se encuentra en estado líquido y gaseoso: el magma. Cuando hay oportunidad de salir a la superficie, el magma, acompañado de cenizas y material sólido, surge de manera más o menos violenta, más o menos rápida (en términos ya sea humanos, ya sea geológicos), y forma un cono alrededor de la salida. Por cierto, se anuncia como remedio para curar los barros del acné la arcilla volcánica, mezcla de agua y cenizas, producto a su vez del barro terrestre llamado volcán. Sin embargo, el vulcanismo no es exclusivo de la Tierra: algunos satélites, como el hermoso Io de Júpiter, ostentan volcanes activos.

La novela Los últimos días de Pompeya, escrita por E. Bulwer Lytton, ha dado lugar a numerosas adaptaciones cinematográficas, una muy famosa en 1959. A quien desee atestiguar la destrucción de Los Ángeles le aconsejo la horrenda Volcano, de 1997, paradigma, como diría mi amigo Sergio de Régules, de las películas de ultracatástrofe y del estereotipo de la boba científica.

De que una erupción volcánica puede producir sismos fueron testigos, aunque por corto tiempo, los pobres pompeyanos. Cuando empezó el nacimiento del Paricutín en Michoacán, en 1943, se sintieron temblores de parto en la ciudad de México. La erupción del Santa Helena se acompañó de temblores de magnitud intermedia (5.1). ¿Qué pasará con el Popocatépetl?, nos preguntamos con los ojos llorosos. ¿Dará lugar a Volcano II? En lugar de la ciudad de Los Ángeles, ¿se destruirá nuestra amada Ciudad de México, o, siendo modestos, por lo menos competirán las partículas contaminantes con la ceniza?

La página del Instituto de Geología de la UNAM nos tranquiliza: aun en el caso de que el Cerro que Humea hiciera una gran erupción, “difícilmente se podría esperar un sismo mayor al del volcán Santa Helena. Ni con el peor escenario posible para el volcán podría ocurrir un sismo como el de 1985, cuya energía liberada se debió a un fracturamiento en las costas de Michoacán”. Esto último, me imagino, para no confundir el magma con la magnesia.

Nos vuelve la sangre a las mejillas. Y el Centro Nacional de Prevención de Desastres (Cenapred) complementa las buenas noticias: “De acuerdo al volumen del Popocatépetl, no existe posibilidad de que se genere un sismo de grandes proporciones”. Así pues, podemos aguantar las eventuales lluvias de ceniza sin correr a hacer testamento. Con todo, si preferimos huir a otra ciudad, solo fijémonos en que no caiga en el cinturón volcánico.

No deja de sorprendernos este planeta. Pero si de verdad quieren llorar, aunque ahora de emoción estética, entren a la página del Museo Colección Blaisten y solácense con Cráter y la Vía Láctea (1960) del Dr. Atl.

 

Ana María Sánchez

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