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18 de septiembre de 2018
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De letras

No. 217 Ivan Ilich se muere

Hace algunos años, cuando daba clase de redacción en un posgrado de biomedicina, para señalar la necesidad de que un profesionista tuviera una cultura amplia, más allá de sus necesidades e intereses técnicos, insistí en que mis estudiantes leyeran literatura, acudieran a conciertos y vieran buen cine. A la pregunta de qué estaban leyendo, excepto una rara avis que declaró una novela (de Harry Potter, me acuerdo), el resto del grupo, sin distinción de género, declaró solemnemente que sobre su mesita de noche los esperaba como lectura para terminar el día un journal especializado. Mi gesto no fue de incredulidad sino de pena. ¡De lo que se perdían!

Así que los puse a leer con carácter obligatorio La muerte de Iván Ilich, una novela pequeña y desgarradora escrita en 1886 por León Tolstói, el gran genio ruso, otro de los grandes cuentistas universales, autor también de la famosa Anna Karenina. El anzuelo era, aparte de la calificación por supuesto, el tema médico subyacente al relato.

El caso es que Tolstói, en un desbordamiento de realismo, describe con profusión de detalles la enfermedad que, primero con pequeñas molestias y después con saña y contundencia, lleva a la muerte al protagonista. A pesar de dichos detalles, que casi podríamos pensar que configuran un pedazo del expediente médico de Iván Ilich, jamás se menciona el diagnóstico. Así que ese fue el señuelo: leer la novela para dictaminar la causa “real” de la muerte del protagonista.

El truco surtió efecto (o la amenaza de una calificación más baja, tal vez) y dos semanas después entregaron por escrito su diagnóstico diferenciado, técnico, objetivo, duro y despiadado, como dicen que es la ciencia médica.

Salvo dos participantes que no estaban totalmente convencidos, el grupo declaró que se trataba de un claro caso de cáncer hepático. Todavía en clase discutieron algunos detalles de síntomas y signos, y se mencionó la desafortunada ausencia de exámenes fisicoquímicos y biópsicos con los que ahora contamos, de modo que cada quien sabe con certeza de qué mal se va a morir, aunque nadie la víspera, como reza el dicho.

El ejercicio fue un éxito: leyeron la novela. Sí, queridos lectores, no importa que me digan que no fue una lectura voluntaria. Pero años después me pregunté si en amena charla con el autor, León Nikoláievich Tolstói habría aprobado, ventas incrementadas aparte, mi experimento científico-literario. Dicho de otro modo, ¿el detalle médico es relevante para el relato? y ¿puede verse en todo caso como un ejercicio sui géneris de divulgación de la medicina preventiva, algo así como “si tiene estos síntomas, vaya a ver al médico en seguida”? La respuesta: claro que no es relevante, porque de lo que trata la novela no es de las enfermedades del hígado, sino del amor, el egoísmo, el sentido de la vida, la soledad frente al sufrimiento, la idea cierta y terrible de que para morir se tiene un solo protagonista: el moribundo. Por otro lado, si quieren enterarse de los síntomas y el pronóstico de una enfermedad, acudan a un manual y no a una novela.

A pesar de todo, estoy segura de que mis alumnos jamás olvidarán a Iván Ilich, ni las líneas finales del relato:

“¡Eh, muerte! ¿Dónde estás?” Buscó el
terror habitual que le inspiraba la muerte,
y no lo halló. “¿Dónde estás? ¿Qué es la
muerte?” No sentía terror ninguno. Por
consiguiente, la muerte no existía. En
lugar de la muerte había la luz.

—¡Ah, luego esto es así! —dijo en voz
alta—. ¡Qué alegría! Pasó aquello en un
segundo, y el significado del momento
no cambió. Mas, para los asistentes, su
agonía había durado un par de horas. En
su pecho agitábase algo, y su aniquilado
cuerpo era presa de sobresaltos. La agitación
y los estertores se hicieron luego
más raros.

—Esto ha concluido —murmuró
alguien detrás de él. Oyendo
aquellas palabras se dijo
interiormente: “La muerte
ha concluido.” Aspiró el aire
cálido, se detuvo en mitad
de la aspiración, se estiró y
murió.

Me ha costado trabajo, incluso en internet, encontrar una referencia cinematográfica: Así, de 1985, todavía orgullosamente de la URSS, del director Aleksandr Kaidanovski.

Por favor no se confundan con el homónimo del personaje: Iván Ilich (1926-2002), crítico de la educación escolarizada y la medicina institucionalizada, que pasó varios años de su vida en México.

 

Ana María Sánchez

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