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18 de diciembre de 2017
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De letras

No. 224 Como ala de libélula

La señora Wu Li, recostada en el diván, estiró sus bellas piernas sedosamente enfundadas.

—Querido Wang Ying, me causa honda pena la guerra...

Emocionado, él creyó que su amiga pensaba en los huérfanos y las viudas, en las hambrunas, el derramamiento de sangre... incluso en la potencial desaparición de la ópera china. Nada de eso.

—Es difícil encontrar medias de nailon... sólo hay en el mercado negro.

Este diálogo podría haber tenido lugar en los años 40, tras las atrocidades de la segunda guerra chino-japonesa y la Segunda Guerra Mundial. La seda, originaria de China, había sido suplantada por un material más asequible y moderno: el nailon, creado por el químico estadounidense W. H. Carothers de la compañía Du Pont. Emulando a los emperadores chinos, que trataron de mantener secreto el cultivo de la seda para no perder el monopolio, Carothers y la Du Pont patentaron el proceso.

La hipotética señora Wu Li podría preguntarse a qué se debe el desabastecimiento de tan anhelada prenda, y tal vez el enterado señor Wang Ying le explique, para empezar, que el nailon se sintetiza a partir de un derivado del petróleo.

—¿En qué consiste tal síntesis?— pronunció Wu Li con un dejo de previsto aburrimiento. La ciencia no era lo suyo, pero quería impresionarlo.

—La polimerización es una reacción química muy compleja que permite fabricar grandes moléculas. Voy a simplificarla al máximo. Para lograr el nailon se parte de una molécula con forma de anillo, como los hidrocarburos que hay en el petróleo, y se somete a la acción de ácidos y bases. Como resultado, se genera una estructura aplanada y alargada también de forma anillada. Si a estas moléculas se les aplica calor, forman cadenas que dan lugar a un líquido que puede moldearse, o formar un hilo muy delgado y fuerte para usarse como si fuera algodón, seda o lana.

Pero la dama china solo pensaba en las medias que le hacían falta. Su amigo le explicó que con el nailon, la primera fibra sintética, se transformó definitivamente el mercado: en 1940 las mujeres estadounidenses hacían colas en los almacenes para hacerse de un par de medias modernas, transparentes, símbolo de seducción. La seda cayó en desuso. Sin embargo, al comenzar su participación en la Segunda Guerra Mundial, el gobierno estadounidense se asignó la exclusividad del uso del nailon para fabricar material bélico: uniformes, paracaídas, llantas, cuerdas... y las medias desaparecieron del mercado.

La señora Wu Li hizo un mohín.

—A pesar de la tradición milenaria de la seda, las medias de nailon tienen ventajas: son más elásticas y resistentes, no las ataca la polilla y no hay que plancharlas. Pero, sobre todo, es mucho más fácil atajar un punto ido.

—En efecto —contestó el señor Wang Ying, sorprendido de que su amiga tuviera que preocuparse por cuestiones tan ordinarias. —El nailon es más fuerte y flexible que la seda y más económico finalmente... Lástima, en tiempos de Conan Doyle no había manera de utilizar el nailon para cometer ciertos delitos, como el que narra en El caso de la media de seda, protagonizada por Sherlock Holmes... Ya se imaginará el uso... un estrangulamiento. ¿Ya la leyó?

La señora Wu Li negó con la cabeza y se estremeció al imaginar semejante empleo de prenda tan seductora.

—No deja de extrañarme... ¿Cómo puede salir del líquido negro y viscoso una fibra tenue, transparente, que puede imitar el ala de una libélula, y al mismo tiempo conformar una cuerda que acabe con la vida de una persona?

—Pero ¿qué le extraña? Pura química.

Wang Ying se quedó pensando en la verdadera función de las medias. La piel de las piernas contiene pocas terminales nerviosas susceptibles al frío, de modo que, al menos en climas templados, no se trata de una prenda de abrigo; tampoco tiene que ver con la necesidad de cubrirse por modestia femenina. Mera presunción, concluyó.

 

Ana María Sánchez

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