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18 de octubre de 2017
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De letras

No. 225 La escoba neumática

Muchos jóvenes sanos y conscientes esperan con ansia que terminen sus labores o sus clases para irse al gimnasio, ya sea de la escuela o de su comunidad. Ir al gimnasio obedece al deseo de conservar la salud, la talla y la forma. Al mismo tiempo, les permite dar cauce al único vicio que puede imputárseles: la búsqueda del placer endorfínico.

De manera concomitante, hay una población un poco mayor de edad que ha hecho de la falta de vicios su vicio. Sus integrantes conciben la vida sana como un conjunto esotérico de jugos verde y naranja fosforescentes, pan artesanal sin gluten, platillos vegetarianos donde predominan las ensaladas verdes y las semillas que antes eran pasto de pericos y otras aves. Los evidencia la ingesta diaria de tres litros de agua, que siempre traen a la mano, y la asistencia a gimnasios especializados donde corren kilómetros y levantan toneladas utilizando aparatos mecánicos. Ir más temprano seguramente reporta beneficios adicionales porque mientras sudan ven las noticias en la televisión y envían un mensaje casi yógico: no tengo prisa.

Lo anterior es más obvio en gimnasios privados de comunidades pudientes, donde clasifico uno que paso diariamente en mi camino al Metro y que es parte de un club exclusivo que abarca casi una cuadra completa. La enorme sala de máquinas puede verse a través de impecables ventanales de piso a techo. Unas pantallas gigantes transmiten los noticiarios de rigor. Los asistentes sudan la gota gorda enfundados en extraños trajes injerto de ciclista de montaña y buzo de profundidades que ostentan marcas famosas por todos lados. Los tenis tienen suela antiderrapante, interiores acolchados y exteriores aerodinámicos. El mensaje es, adicionalmente: “no tengo prisa porque no me urge llegar a trabajar... soy mi propio jefe”. Si lo emite una mujer joven, puede tener valor social añadido: “no tengo que trabajar”.

Pero el beneficio más evidente de la tempraneada es que pueden estacionar sus coches, bastante nuevos por cierto, en la misma acera que rodea al gimnasio. Esto implica que su contacto con el aire contaminado de la ciudad es mínimo, lo cual realza la medida de su atención a la salud. Si ya están ocupados todos los lugares, el usuario debe estacionarse en el sótano de las instalaciones, atendidas por personal uniformado y con guoquitoqui.

Y entonces llama la atención que como parte del cuadro saludable incluyan el ecologismo, esa mezcla moderna de búsqueda de alimentos llamados orgánicos, es decir, nada de antibióticos y hormonas (animales certificadamente felices); cero sustancias químicas sospechosas de ser artificiales (ropa estrictamente de algodón, odio a los plásticos exceptuando los que conforman sus tenis y la botella de agua); reciclaje de la basura (mientras más diversidad de colores en los botes, más conciencia); y preocupación visceral por las especies en peligro (búsqueda de crema para arrugas y champú que se hayan probado solo en humanos).

Paso diariamente por el gimnasio y los observo unos minutos: sus caras tienen el halo del cumplimiento del deber, del sacrificio agradable, de la conciencia tranquila. Se quedan, me imagino, a desayunar en el propio club: el menú hace énfasis no sólo en la organicidad de los alimentos sino también en las calorías que se van a ingerir.

Uno de los asistentes a las sesiones tempranas, administrador del gimnasio, ha dado un paso más allá: al saber que la quincha utilizada para fabricar escobas está en peligro de extinción, tomó una medida draconiana. Compró tres escobas neumáticas para barrer las tres aceras que rodean el gimnasio: compresoras de aire con motor de gasolina que empujan las hojas y la basura hacia lugares donde, una vez acumuladas, se recogen. El ruido es insoportable, el humo irrespirable y el aspecto repulsivo.

Ya protesté: el pobre empleado alzó los hombros, como diciendo “qué quiere, son órdenes”. Espero un día tener el valor de decirle al administrador que la quincha no es una planta sino un sistema de entramado tradicional a base de ramas.

 

Ana María Sánchez

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