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12 de diciembre de 2017
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De letras

No. 229 Agujas y partículas

Caminando por Coyoacán me topé con el acupunturista de la familia. Yo lo abandoné hace dos años sin siquiera avisarle, por lo que me sorprendió su sonrisa de felicidad y que pegara una carrerita para saludarme abriendo los brazos. “¡Doctor Z!”, le dije, cortada, “qué coincidencia”. Luego pensé: “Qué tonta eres, si sabes que vive por aquí”. Él dijo muy emocionado: “Estaba por llamarte, hay algo muy importante que quiero comunicarte. Va a cambiar tu perspectiva. Sé que, por ser científica, ves por encima del hombro la milenaria disciplina del Yung y el Yong (¿o dijo Yang? Siempre habló un poco pastoso). Lo que encontré va a despejar todas tus dudas sobre la teoría”.

La teoría me tiene sin cuidado. Me conformaba, hace dos años, con que tuviera a raya mis dolores articulares. Y lo hacía. No necesitaba saber nada más. Si era un doloroso placebo o un refinado concepto filosófico-médico, me era irrelevante. Nunca quise oír sus explicaciones de los canales pues, a semejanza de los marcianos, me parecían nebulosos e imaginativos. Si dejé de ser su paciente fue porque desarrollé con el tiempo el síndrome del alfiletero humano: una extrema hipersensibilidad a los piquetes que suele comenzar en las uñas de los pies. Es muy desagradable, se los aseguro. La horrible sensación me recordaba una novela de los años 60, El coleccionista de John Fowles, una de cuyas portadas presentaba a la joven secuestrada como una especie de mariposa atravesada por un alfiler gigante. Recordaba también con mucha pena a los toros de lidia atravesados por lanzas pero que, gracias a su categoría no circense, no entran en el programa “no maltratar animales” sino en el de “arte ancestral”. Por cierto, Fowles es también autor de La amante del teniente francés, cuyo protagonista es un aficionado paleontólogo pro-Darwin. Ambas novelas fueron llevadas a la pantalla con gran éxito.

El doctor Z creía, por lo que supe, que me había distanciado de la noble terapéutica oriental debido a mi cientificismo recalcitrante. “No”, le dije en este encuentro reciente, “no le busco explicación científica a lo que no la tiene. No soy de los que tratan de empatar el Big Bang con la religión. Son temas independientes, aunque parezca que la idea de Dios ya viene integrada en nuestro aparato mental, como intenta demostrar el filósofo Daniel Dennett en su libro Romper el hechizo”. “Me estoy desviando del tema”, pensé, “se ve que necesito reforzar mi concentración”. “No”, repetí, “no intento empatar cosas que no se tocan”. Pero él había escuchado perfectamente la palabra Dios.

“Justamente de eso quería hablarte”. “No, por favor”, pensé sin querer. Pero ya estaba sujeta por su aguja discursiva. “Todo quedó en su lugar gracias al bosón de Dios”. Oh, no. Y luego tendré que explicarle… Me obligará a discutir con él, tan necio. No soporto su pronunciación del chino, idioma que desconozco pero me incomoda. Él continuó: “Era lo que todos estábamos esperando: físicos, filósofos y acupunturistas. Con razón lo buscaban tan obsesivamente: con el hallazgo de la divina partícula todo se explica, todo queda en su lugar”.

Empecé a sudar frío, a marearme. Temía que supiera que Bose, a quien deben su nombre los bosones, era hindú, y entonces se fuera directito a Vishnú. Pero lo que más miedo me daba era desmayarme; me secuestraría como en la novela y me aplicaría una de sus agujas podálicas. Entonces de seguro me reviviría, y él tendría oportunidad de comprobar por qué el bosón de Higgs era divino. No estaba dispuesta a tanto, así que, cobardemente, sonreí asintiendo mientras miraba en otra dirección para no delatar mi pensamiento: “Qué pena, entre los físicos hay dudas sobre el hallazgo”.

 

Ana María Sánchez

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