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18 de julio de 2018
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De letras

No. 233 ¡Más café, por favor!

En un centro comercial por el que pasé el otro día se atravesó ante mi vista una pared inmensa compuesta de pantallas. En un despliegue tecnológico apareció primero en cada pantalla una imagen diferente, luego una misma imagen en todas las pantallas y después una composición: la imagen anterior amplificada y dividida entre todas las pantallas. Aunque curiosa por observar el conjunto, me alejé tan pronto como pude para evitar un ataque de migraña. Si la migraña que me aqueja con frecuencia no fuera tan molesta, me parecería cómica: veo con cada ojo cosas diferentes aunque se trate de la misma cosa, como en algunas manifestaciones de esa pared gigante.

Con pretextos profilácticos me tomé un café cargado, aunque seguí pensando en la pedacería de imágenes. Entonces me acordé de Rashomón (1950), la aclamada película de Akira Kurosawa. Un crimen es narrado por cuatro personajes: un monje peregrino, el criminal, la esposa ultrajada y el esposo muerto. Sus versiones coinciden en el escenario físico (un bosque y el árbol al que el criminal ata a la víctima), pero difieren completamente en los detalles del hecho (por ejemplo, el difunto afirma que su mujer coqueteó con el criminal). Cada narración está sesgada porque la subjetividad ha alterado la memoria y las percepciones de cada participante.

Recordé también la original y divertida novela La vida, modo de empleo (1978) de Georges Perec. El autor intenta narrar simultáneamente la vida de los habitantes de un viejo edificio de departamentos parisino, no solo en el presente sino también hacia el pasado; por ejemplo, en el piso X vive la familia Y, heredera del señor Z del piso X+1, cuya historia se relaciona con un crimen que ocurrió hace muchos años y donde participó la señora M, habitante de B (la buhardilla), etcétera. La compleja organización de la novela (a modo de una matriz de muchas dimensiones) plantea el problema del observadornarrador frente a la imposibilidad, aun ficticia, de reproducir relatos paralelos mediante un impreso plano y un cerebro que apenas admite tres dimensiones.

Luego vino a mi memoria la fascinante novela de Jorge Semprún Veinte años y un día (2003). Una familia pudiente de la provincia de Toledo ha celebrado durante 20 años, después de la guerra civil, una ceremonia extraña que pocos del entorno entienden: la reproducción ritual de la ejecución de uno de sus miembros, el hijo más joven de la familia, a manos de los campesinos sublevados. La historia es narrada por varias voces (entre otras, el policía anticomunista don Roberto, la criada Saturnina, el historiador Leidson, el narrador-autor) que pueden hablar en el presente o ¡Más café, por favor! Por Ana María Sánchez desde el pasado y sus puntos de vista intervienen y se superponen para reconstruir en una sola versión los hechos terribles que se cuentan. La interpretación final puede no coincidir exactamente con las expectativas del lector.

Cualquiera sin amenaza de disociación visual habría recordado muchas otras novelas en las que, como dice la admirada narratóloga Luz Aurora Pimentel, ”el lector está siempre obligado a reconstruir un orden temporal”. Quizá la más conocida por los jóvenes mexicanos sea Pedro Páramo (1955) de Juan Rulfo, una mezcla de muertos vivos y vivos muertos, de hijos y padres confundibles, mediante cuyas amargas historias que entremezclan presente y pasado se reconstruye la historia de Comala y su cacique.

Conjurada la que parecía inminente migraña, seguí caminando arropada por mi enorme admiración por la ciencia; pero no pensé en el problema de la simultaneidad en la física relativista, en la existencia de universos paralelos, en el cálculo matricial o en la tecnología que unifica las 100 pantallas, sino, ya lo habrán adivinado, en todo lo que éstas y muchas obras más exhiben sobre los procesos mentales. Me emociona el acercamiento que de un tiempo acá han tenido la narratología y la ciencia cognitiva.

Con razón me gusta tanto la literatura, pensé. Y decididamente volví al puesto por otra taza de café.

 

Ana María Sánchez

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