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21 de octubre de 2018
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De letras

No. 239 Morirse de verdad

Como es de esperarse, la muerte humana ocupa un lugar predominante en la literatura de todos los tiempos y culturas. Nadie escapa a ella, así que uno de los temas favoritos de la ficción es la posibilidad de violar este precepto biológico. Esto significa que los muertos no se mueran de verdad, o no como se espera, o no cuando debieran. Alguien ha dicho que la religión es una agencia de viajes al más allá sin clientes insatisfechos que regresen a reclamar. Muchas creencias prometen la vida después de la muerte, pero solamente la literatura puede lograr que suceda. La suspensión de la credibilidad, una de las marcas de la creación literaria, se pone entonces a prueba, sea el tono misterioso, truculento o poético.

Uno de los cuentos más terroríficos que he leído es “La pata de mono”, de W. W. Jacobs. En una escena familiar cotidiana en medio de la campiña inglesa, irrumpe, con una rapidez que nos abruma, la posibilidad de que se cumplan por arte de magia tres deseos comunes y corrientes. La incredulidad, incluso la sorna, frente al amuleto traído de India, junto con la incapacidad de prever que la realización de un deseo tan prosaico y directo como “quiero doscientas libras”, puede dar lugar mediante unos cuantos pasos lógicos a una catástrofe que implica que alguien muera y que luego regrese de ese reino sombrío, en una especie de efecto mariposa fatal. La historia está tan magistralmente narrada que llegamos a sentir en carne propia el horror desquiciante que tortura a los personajes. Incluso nos quedamos fantaseando en torno a la respuesta que daríamos si tal ofrecimiento de cumplírsenos tres deseos llegara a nuestra existencia; porque una vez leído el desenlace del cuento de Jacobs, tendremos mucho cuidado de no caer en una trampa semejante.

Y si se trata de sentir horror en carne propia, en una tonalidad más materialista e incluso orgánica, aunque no por ello menos crispante, Edgar Allan Poe describe en el relato “La verdad sobre el caso del señor Valdemar” la posibilidad de que mediante la hipnosis un hombre en articulo mortis pueda describir sus sensaciones conforme va muriendo. El pobre Valdemar es el sujeto de tan espeluznante experimento (mediante consentimiento informado, como diríamos hoy): un hombre nervioso, excesivamente delgado, propenso a ser hipnotizado. De niña el relato me causó repulsión y noches de insomnio cuando volvía a oír la voz que parecía “llegar desde una gran distancia: ahora... estoy muerto”. Lo he vuelto a leer muchísimos años después: la repulsión queda, pero con un dejo de impaciencia porque el pobre Valdemar, el muerto mesmerizado para indecente exposición pública, no revela nada sustancioso sobre su lento viaje al inframundo.

El regreso de la muerte más poético que conozco ocurre en el cuento “Cita en el día del crisantemo” de Ueda Akinari, sobre la constancia de la amistad. Un erudito que vive contento en el pueblo de Kako dedicado a los libros vela por la salud de un desconocido que ha llegado de Izumo huyendo de la guerra. Entablan una relación de franca camaradería, al grado de llamarse hermanos, externada en cultas conversaciones que a ambos satisfacen. Cuando Akana se recupera de su enfermedad decide regresar a Izumo a enterarse de la situación que guarda su pueblo. Promete a Samon estar de vuelta en otoño y fijan una fecha: el día del crisantemo. Pasado el tiempo establecido, Samon comienza los preparativos para recibir a su amigo, pero transcurre el día designado y este no llega. Por la noche, decepcionado, reflexionando sobre la constancia y la sinceridad con una sensación de vacío, Samon sale a mirar la luna y en la silueta de un hombre reconoce a su amigo. Akana, ante la imposibilidad de cumplir su juramento en vida, ha regresado a cumplirlo como espíritu.

Siento una gran emoción al comprobar que separados de 2018 en el tiempo por 116 años el cuento inglés, 173 el estadounidense y 242 el japonés, la piel se me vuelve a poner de gallina al leerlos.

 

Ana María Sánchez

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